martes, septiembre 19, 2006

Mujeres .... (I Parte)



*********************************************************************************** Es hora de ponerle un toque de humor a mi blog. ¿Tienen idea de lo complicada que puede ser la mente de una mujer por una cosa sin importancia? ¿No? Se los voy a demostrar con algo de humor.

Danielys H
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Una mosca de mediano tamaño se metió en la nariz del consejero suplente
Gaguin. Aunque se hubiera metido allí por curiosidad, por atolondramiento o a causa de la oscuridad, lo cierto es que la nariz no toleró la presencia de un cuerpo extraño y dio muestras de estornudar. Gaguin estornudó tan ruidosamente y tan fuerte que la cama se estremeció y los resortes, alarmados, gimieron. La esposa de Gaguin, María Michailovna, una rubia regordeta y robusta, se estremeció también y se despertó. Miró en la oscuridad, suspiró y se volvió del otro lado. A los cinco minutos se dio otra vuelta, apretó los párpados, pero no concilió el sueño. Después de varias vueltas y suspiros se incorporó, pasó por encima de su marido, se calzó las zapatillas y se fue a la ventana.

Fuera de la casa, la oscuridad era completa. No se distinguían más que las siluetas de los árboles y los tejados negros de las granjas. Hacia oriente había una leve palidez, pero unas masas de nubes se aprestaban a cubrir esta zona pálida. En el ambiente, tranquilo y envuelto en la bruma, reinaba el silencio. Y hasta permanecía silencioso el sereno, a quien se paga para que rompa con el ruido de su chuzo el silencio de la noche, y el estertor de la negreta, único volátil silvestre que no rehuye la vecindad de los veraneantes de la capital.

Fue María Michailovna quien rompió el silencio. De pie, junto a la ventana, mirando hacia fuera, lanzó de pronto un grito. Le había parecido que una sombra, que procedía del arriate, en el que se destaca un álamo deshojado, se dirigía hacia la casa. Al principio creyó que era una vaca o un caballo, pero, después de restregarse los ojos, distinguió claramente los contornos de un ser humano. Luego le pareció que la sombra se aproximaba a la ventana de la cocina y, después de detenerse unos instantes, al parecer por indecisión, ponía el pie sobre la cornisa y... desaparecía en el hueco negro de la ventana. "¡Un ladrón!", se dijo como en un relámpago, y una palidez mortal se extiende por su rostro. En un instante su imaginación le reprodujo el cuadro que tanto temen los veraneantes: un ladrón se desliza en la cocina, de la cocina al comedor..., en el aparador está la vajilla de plata..., más allá el dormitorio..., un hacha..., los rostros de unos bandidos..., las joyas... Le flaquearon las piernas y sintió un escalofrío en la espalda.

-¡Vasia!-exclamó zarandeando a su marido-. -¡Vasili Pracovich! ¡Dios mío, está roque! ¡Despierta, Vasili, te lo suplico!

-¿Qué ocurre?-balbucea el consejero suplente, aspirando aire profundamente y emitiendo un ruido con las mandíbulas.

-¡Despiértate, en el nombre del cielo! ¡Un ladrón ha entrado en la cocina! Yo estaba junto a la vidriera y he visto que alguien saltaba por la ventana. De la cocina irá al comedor..., ¡las cucharas están en el aparador! ¡Vasili! Lo mismo sucedió el año pasado en casa de Mavra.
-¿Qué pasa? ¿Quién... es?

-¡Dios mío! No oye... Pero, comprende, pedazo de tronco... Acabo de ver a un hombre entrar en nuestra cocina. Pelagia tendrá miedo y...¡la vasija de plata está en el aparador!

-¡Majaderías!

-¡Vasili, eres insoportable! Te digo que hay un ladrón en casa y tú duermes y roncas. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué nos roben y nos degüellen?

El consejero suplente se incorporó lentamente y se sentó en la cama bostezando ruidosamente.

-¡Dios mío, qué seres!-gruñó-. ¿Es que ni de noche me puedes dejar en paz? ¡No se despierta a uno por estas tonterías!

-Te lo juro, Vasili; he visto a un hombre entrar por la ventana.

-¿Y qué? Que entre... Será, seguramente, el bombero de Pelagia que viene a verla.

-¿Cómo? ¿Qué dices?

-Digo que es el bombero de Pelagia que viene a verla.

-¡Eso es peor aún!-gritó María Michailovna-. ¡Eso es peor que si fuera un ladrón!
Nunca toleraré en mi casa semejante cinismo.

-¡Vaya una virtud!... No permitir ese cinismo... Pero ¿qué es el cinismo? ¿Por qué emplear a tontas y a locas palabras extranjeras? Es una costumbre inmemorial, querida mía, consagrada por la tradición, que el bombero vaya a visitar a las cocineras.

-¡No, Vasili! ¡Tú no me conoces! No puedo admitir la idea de que, en mi casa, una cosa semejante..., semejante... ¡Vete en seguida a la cocina a decirle que se vaya! ¡Pero ahora mismo! Y mañana yo diré a Pelagia que no tenga el descaro de comportarse así. Cuando me muera puedes tolerar en tu casa el cinismo, pero ahora no lo permito. ¡Vete allá!

-¡Dios mío!...-gruñó Gaguin con fastidio-. Veamos, reflexiona en tu cerebro de mujer, tu cerebro microscópico: ¿por qué voy a ir allí?

-¡Vasili, que me desmayo!
Gaguin escupió con desdén, se calzó sus zapatillas, escupió otra vez y se dirigió
a la cocina. Estaba tan oscuro como en un barril tapado, y tuvo que andar a
tientas. De paso buscó a ciegas la puerta de la alcoba de los niños y despertó a la
niñera.

-Vasilia-le dijo-, cogiste ayer mi bata para limpiarla. ¿Dónde está?

-Se la he dado a Pelagia para que la limpie, señor.

-¡Qué desorden! Cogéis las cosas y no las volvéis a poner en su sitio. Ahora tengo que andar por la casa sin bata.

Al entrar en la cocina se dirigió al rincón donde dormía la cocinera sobre el arca, debajo de las cacerolas...

-¡Pelagia!-gritó, buscando a tientas sus hombros para sacudirla-. ¡Eh, Pelagia!
¡Deja de representar esta comedia! ¡Si no duermes! ¿Quién acaba de entrar por la ventana?

-¿Eh? ¡Por la ventana! ¿Y quién va a entrar por la ventana?

-Mira, no me andes con cuentos. Dile a tu bribón que se vaya a otra parte. ¿Me oyes? No se le ha perdido nada por aquí.

-Pero ¿me quiere hacer perder la cabeza, señor? ¡Vamos!... ¿Me cree tonta? Me paso todo el santo día trabajando, corro de un lado para otro, sin parar ni un momento, y ahora me sale con esas historias. Gano cuatro rublos al mes..., tiene una que pagarse su azúcar y su té, y con la única cosa con que se me honra es con palabras como ésas...¡He trabajado en casa de comerciantes y nunca me trataron de una manera tan baja!

-Bueno, bueno... No hay por qué gritar tanto... ¡Qué se largue tu enamorado inmediatamente! ¿Me oyes?

-Es vergonzoso, señor-dice Pelagia, con voz llorosa-. Unos señores cultos... y nobles, y no comprendan que tal vez unos desgraciados y miserables como nosotros...-se echó a llorar-. No tienen por qué decirnos cosas ofensivas. No hay nadie que nos defienda.

-¡Bueno, basta!... ¡A mí déjame en paz! Es la señora quien me manda aquí. Por mí puede entrar el mismo diablo por la ventana, si te gusta. ¡me tiene sin cuidado!

Por este interrogatorio ya no le quedaba al consejero más que reconocer que se había equivocado y volver junto a su esposa. Pero tiene frío y se acuerda de su bata.

-Escucha, Pelagia-le dice-. Cogiste mi bata para limpiarla. ¿Dónde está?

-¡Ay, señor, perdóneme! Me olvidé de ponerla de nuevo en la silla. Está colgada aquí en un clavo, junto a la estufa.

Gaguin, a tientas, busca la bata alrededor de la estufa, se la pone y se dirigió sin hacer ruido al dormitorio.

María Michailovna se había acostado después de irse su marido y se puso a esperarle. Estuvo tranquila durante dos o tres minutos, pero en seguida comenzó a torturarla la inquietud.

"¡Cuánto tarda en volver!-piensa-. Menos mal si es ese... cínico, pero ¿y si es un ladrón?"

Y en su imaginación se pinta una nueva escena: su marido entra en la cocina oscura..., un golpe de maza..., muere sin proferir un grito..., un charco de sangre... Transcurrieron cinco minutos, cinco y medio, seis... Un sudor frío perló su frente.

-¡Vasili!-gritó con voz estridente-. ¡Vasili!

-¿Qué sucede? ¿Por qué gritas? Estoy aquí...-le contestó la voz de su marido, al tiempo que oía sus pasos-. ¿Te están matando acaso?

Se acercó y se sentó en el borde de la cama.

-No había nadie-dice-. Estabas ofuscada... Puedes estar tranquila, la estúpida de
Pelagia es tan virtuosa como su ama. ¡Lo que eres tú es una miedosa..., una!...
Y el consejero se puso a provocar a su mujer. Estaba desvelado y ya no tenía sueño.

-¡Lo que tú eres es una miedosa!-se burla de ella-. Mañana vete a ver al doctor para que te cure esas alucinaciones. ¡Eres una psicópata!

-Huele a brea-dice su mujer-. A brea o... a algo así como a cebolla..., a sopa de coles.

-Sí... Hay algo que huele mal... ¡No tengo sueño! Voy a encender la bujía...
¿Dónde están las cerillas? Te voy a enseñar la fotografía del procurador de la audiencia. Ayer se despidió de nosotros y nos regaló una foto a cada uno, con su autógrafo.

Raspó un fósforo en la pared y encendió la bujía. Pero antes de que hubiese dado un solo paso para buscar la fotografía, detrás de él resonó un grito estridente, desgarrador. Se volvió y se encontró con que su mujer le mira con gran asombro, espanto y cólera...

-¿Has cogido la bata en la cocina?-le preguntó palideciendo.

-¿Por qué?

-¡Mírate al espejo!

El consejero suplente se miró en el espejo y lanzó un grito fenomenal. Sobre sus hombros pendía, en vez de su bata, un capote de bombero. ¿Cómo ha podido ser? Mientras intenta resolver este problema, su mujer veía en su imaginación una nueva escena, espantosa, imposible: la oscuridad, el silencio, susurro de palabras, etc. ¿Qué pasa entre Gaguin y la cocinera? María Michailovna da rienda suelta a su imaginación.

viernes, agosto 25, 2006

Marcha Fúnebre de Chopin



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Siempre he gitado a los 4 vientos como me siento... hoy no es la excepción
Danielys H.
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- No soy tan supersticioso como algunos de tus doctores de ciencia, como tú te complaces en decir - dijo Hawver, replicando una acusación que no había sido hecha - Algunos de ustedes, solo algunos, confieso, creen en la inmortalidad del alma, y en apariciones que tú no tienes la honestidad de llamar fantasmas. No voy decir más que tengo la convicción que los vivos algunas veces son vistos donde no están, en lugares donde han estado, donde ellos vivieron tanto tiempo, quizás tan intensamente, como para dejar sus impresiones en todo lo que los rodea. Lo sé, en efecto, puede ser que un ambiente pueda ser tan afectado por la personalidad de alguien como para impresionar, mucho después, una imagen de uno mismo a los ojos de otro. Indudablemente la personalidad impresa tiene que ser el tipo justo de personalidad y los ojos perceptores tienen que ser el tipo justo de ojos, los míos por ejemplo.

- Si, el tipo justo de ojos, sensaciones convincentes del lugar erróneo del cerebro - dijo el Dr. Frayley, sonriendo.

- Gracias; uno gusta tener sus expectativas gratificadas; esto es en réplica de lo que yo supongo que haría alguien civilizado.

- Perdón, pero tú dices que lo sabes. Es algo fácil de decir, ¿no crees? Quizás tú no pensarás en el problema de decirme como lo supiste.

- Tú lo llamarás una alucinación - dijo Hawver, - pero no es tal cosa - y le contó la historia.

El último verano, como sabes, fui a pasar la temporada de calor a la ciudad de Meridian. Los parientes cuya casa intentaba habitar estaban enfermos, así que busqué otros cuartos. Luego de algunas dificultades renté una de las habitaciones vacantes que había sido ocupada por un excéntrico doctor llamado Mannering, quien se había ido varios años atrás, no se sabía a donde, ni siquiera su agente. Él había construido una casa y había vivido allí durante diez años, acompañado por un viejo sirviente. Su práctica, no muy extensa, lo tuvo ocupado durante algunos años. Él también se vio abstraído de la vida social y se convirtió en un recluso. Me lo contó un doctor del pueblo, que fue la única persona que tuvo alguna relación con él, que durante su retiro, se hizo devoto de una única línea de estudio, el resultado de lo que él expuso en un libro que no fue recomendado a la aprobación de sus colegas médicos, quienes, sin embargo le consideraron no enteramente sano.

No he visto el libro y no puedo recordar su título, pero me dijo que exponía una extraña teoría. Él decía que era posible que una persona de buena salud pudiera pronosticar su propia muerte con precisión, varios meses antes del evento. El límite, creo, eran dieciocho meses. Hubo cuentos locales sobre que había ejercido sus poderes de pronóstico, que quizás tú, llames diagnóstico; y que las personas a las que advirtió el deceso, murieron súbitamente en el plazo fijado, sin causa conocida. Todo esto, por cierto, no tiene nada que ver con lo que te dije; pienso que puede divertir a un médico.

La casa estaba amueblada, como él había vivido ahí. Era una oscura morada para alguien que había sido un recluso más que un estudiante, y creo que me dio algo de su carácter, quizás algo del carácter de su anterior ocupante; siempre sentí una cierta melancolía que no estaba en mi disposición natural, según creo, debido a la soledad. Cualquiera que fuera la causa, el efecto fue un rechazo y un sentido de mal inminente; esto fue especialmente en el estudio del Dr. Mannering, a pesar de que esta habitación era una de las más luminosas y aireadas de la casa. El retrato de tamaño real del doctor parecía dominarlo completamente. No había nada inusual en la foto; el hombre evidentemente lucía bien, unos cincuenta años de edad, con un cabello gris metalizado, una cara recién afeitada y unos ojos oscuros y serios. Algo en la imagen siempre acaparaba mi atención. La apariencia del hombre se convirtió en familiar para mí, hasta me 'hechizó'.

Una tarde estaba paseando a través de esta habitación para ir a mi dormitorio, con una lámpara (no había gas en Meridian). Me paré, como era usual, frente al retrato, que parecía a la luz de la lámpara cobrar una nueva expresión, no fácilmente descriptible, pero realmente escalofriante. Me interesé pero no me inquieté. Moví la lámpara de un lado a otro y observé los efectos de alterar el punto de iluminación. Mientras estaba tan absorto sentí un impulso en voltearme. Y cuando lo hice ¡vi a un hombre que se movía a través de la habitación y se dirigía hacia donde yo estaba! Tan pronto como él se acercaba a la lámpara su rostro se iluminó, y vi que era el Dr. Mannering en persona; ¡era como si el retrato estuviera caminando!

'Le pido disculpas', dije, algo fríamente, 'pero si usted golpeó no lo escuché'.

Él me pasó, dentro de una braza, extendió su dedo índice como en advertencia, y sin una palabra, se marchó de la estancia, a pesar de que observé su ida no más que lo que vi su entrada.

Por supuesto, no necesito decirte que esto puede ser lo que tú llamarías una alucinación y lo que yo llamo una aparición. Esta habitación tiene solo dos puertas, una de las cuales estaba cerrada; la otra llevaba al dormitorio, desde donde no había otra salida. Mi sentimiento sobre esto es que no es una parte importante del incidente.

Indudablemente esto te parecerá un lugar común "el cuento de fantasmas" algo que uno construye sobre las líneas dejadas por los viejos maestros del arte. Si así fuera, no te lo habría contado, aún si hubiera sido verdad. Pero el hombre no está muerto; lo conocí hoy mismo en la Calle Unión. Me cruzó entre una multitud.

Hawver finalizó su historia y ambos hombres se quedaron callados. El Dr. Frayley distraídamente golpeó la mesa con sus dedos.

- ¿Te dijo algo hoy, - preguntó - alguna cosa que te haya hecho inferir que no estaba muerto?

Hawver lo miró fijamente y no replicó.

- Quizás - continuó Frayley - él hizo alguna señal, un gesto, alzó un dedo. Es un truco que él tenía, un hábito cuando decía algo serio, anunciando el resultado de un diagnóstico, por ejemplo.

- Si, lo hizo, su aparición lo hizo. Pero, ¡por Dios! ¿Lo conocías?

Hawver estaba poniéndose aparentemente nervioso.

- Lo conocí. Leí su libro, como todo médico de hoy en día. Es una de las más importantes contribuciones del siglo a la ciencia de la Medicina. Si, lo conocí; lo traté en su enfermedad durante los últimos tres años. Él murió.

Hawver buscó una silla, visiblemente incómodo. Dio un par de zancadas y se sentó. Luego se dirigió a su amigo, y en una voz no muy clara, dijo:

- Doctor, ¿tiene usted algo para decirme como médico?

- No, Hawver; tu eres el hombre más saludable que conocí. Como amigo te recomiendo que vayas a tu habitación. Tocas el violín como un ángel. Tócalo, toca algo alegre y jovial. Ten este maldito asunto fuera de tu mente.

Al siguiente día Hawver fue hallado muerto en su habitación, el violín en su cuello, el arco sobre las cuerdas, su música se escuchó antes de la Marcha Fúnebre de Chopin.

domingo, julio 30, 2006

(Des)confianza



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Veci, gracias... sencillamente gracias <3<3<3
Danielys "Sirena2903" H.
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La esposa del señor Moggi volvió de Haití.

Había ido sola. Habían decidido pasar un tiempo separados para arreglar luego amistosamente el divorcio. Pero eso nada había cambiado. Se detestaban todavía un poco más que antes.

- Divide en dos partes - Exigió firmemente la señora Moggi -. La mitad de tu dinero y de tus bienes.

- Es ridículo - Replicó con aspereza el señor Moggi.

- ¿Ridículo, eh? Si quisiera lo tendría todo. En Haití, he estudiado vudú.

- ¿Y qué?

- Que si no fuera una mujer honrada morirías por paralización del corazón. El vudú no deja huellas.

- ¡Tonterias! - Exclamó con superioridad el señor Moggi.

- Bien, permíteme hacer la prueba. ¡Un trozo de uña o de cabello y verás! ¡Patrañas! - Afirmó el buen señor Moggi.

- Te hago una proposición, probamos. Si no da resultado, nos divorciamos y no pido nada. Si sale bien, heredo y me voy muy agradecida.

- De acuerdo - Dijo el señor Moggi

- Trae cera y un alfiler.

El marido se miró las uñas.

- Demasiado cortas. Te daré un cabello.

Fue al cuarto de baño y volvió con un cabello en un tubo de aspirina. La señora Decaer había ablandado ya la cera. Hundió en ella el cabello y la modeló groseramente en forma de ser humano.

- Lo lamentarás - Aseguró, mientras hundía la aguja en el pecho de la estatuilla. El señor Moggi se sorprendió, pero de manera agradable. No creía en el vudú, pero era prudente. Además, siempre le había irritado que su mujer no limpiase nunca el peine.

viernes, julio 28, 2006

La Máquina del Tiempo




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Leyendo tanta lógica difusa me hizo filosofar en el tiempo. Vean lo que resultó

Danielys "Sirena2903"
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- La primera máquina del tiempo, caballeros - Informó orgullosamente el profesor Johnson a sus dos colegas -. Es cierto que sólo se trata de un modelo experimental a escala reducida. Únicamente funcionará con objetos que pesen menos de un kilo y medio y en distancia hacia el pasado o el futuro de veinte minutos o menos. Pero funciona.

El modelo a escala reducida parecía una pequeña maqueta, a excepción de dos esferas visibles debajo de la plataforma.

El profesor Johnson exhibió un pequeño cubo metálico.

- Nuestro objeto experimental - dijo - es un cubo de latón que pesa quinientos cuarenta y siete gramos (547). Primero, lo enviaré cinco minutos hacia el futuro.

Se inclinó hacia delante y movió una de las esferas de la máquina del tiempo.

- Consulten su reloj - advirtió.

Todos consultaron su reloj. El profesor Johnson colocó suavemente el cubo en la plataforma de la máquina. Se desvaneció.

Al cabo de cinco minutos justos, ni un segundo más ni un segundo menos, reapareció.

El profesor Johnson lo cogió.

- Ahora, cinco minutos hacia el pasado. - Movió otra esfera. Mientras aguantaba el cubo en una mano, consultó su reloj -. Faltan seis minutos para las tres. Ahora activaré el mecanismo - poniendo el cubo sobre la plataforma - a las tres en punto. Por lo tanto, a las 2.59, el cubo debería desvanecerse de mi mano y aparecer en la plataforma, cinco minutos antes de que yo lo coloque sobre ella.

- En este caso, ¿cómo puede colocarlo? - preguntó uno de sus colegas.

- Cuando yo aproxime la mano, se desvanecerá de la plataforma y aparecerá en mi mano para que yo lo coloque sobre ella. Las tres. Presten atención, por favor.

El cubo desapareció de su mano.

Apareció en la plataforma de la máquina de tiempo.

- ¿Lo ven? ¡Está allí, cinco minutos antes de que yo lo coloque!

Su otro colega miró el cubo con el ceño fruncido.

- Pero - dijo - ¿y si ahora que ya ha sucedido cinco minutos antes de colocarlo ahí, usted cambiara de idea y no lo colocase en ese lugar? ¿No implicaría eso una paradoja de alguna clase?

- Una idea interesante - repuso el profesor Johnson -. No se me había ocurrido, y resultará interesante comprobarlo. Muy bien, no pondré...

No hubo ninguna paradoja. El cubo permaneció allí.

Pero el resto del universo, profesores y todo, se desvaneció.

lunes, julio 10, 2006

El Diario



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Debo confesar que jugar con la mente del lector es lo que me lleva a escribir.
Danielys H (Sirena2903)

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Lunes, 25 de mayo de 1988, Londres

Miro a la luna llena, por última vez en mi vida. Era el espectáculo de la naturaleza que más me apasionaba, más que ningún amanecer o atardecer, nevada o roció. Observar la luna llena me llenaba de ilusión y esperanzas, y me animaba en cualquiera de mis propósitos. Incluido el suicidio. Escribo estas líneas sentado a un metro del lugar de mi muerte, para despedirme de todos aquellos que lean este diario, y de paso, aunque no de corazón, para pedir perdón a las familias y afectados de todo el mal que hice en los últimos meses. Debería sentirme mal, pero no es así. Me siento orgulloso y triunfador. He vencido. He apartado de este mundo todo lo que no me servia o molestaba, y ahora que me molesto a mí mismo, me quito de en medio yo también. Pronto nada me molestara. Adiós.


Articulo de prensa del periódico News Lives de Inglaterra.
“Aparecen los cadáveres de Amanda York (desaparecida hace seis meses), su hermano Robin York (desaparecido hace cuatro), Anthony McPeiks (desaparecido hace 2 meses) y de Marc Linell y Clark Sonelly (desaparecidos hace dos semanas), en el piso de un estudiante de universidad que residía solo, y esta mañana apareció ahorcado en la terraza, junto a una mesa y una silla. Ninguno de los asesinados mantenía relación con él. Junto al cadáver, encima de la mesa, a aparecido su diario, según la policía un relato espeluznante en el que cuenta con pelos y señales como planeaba y forjaba sus crímenes, sin ningún remordimiento y sintiéndose orgulloso de ello. De esta triste manera quedan resueltas las misteriosas desapariciones que han mantenido en vilo a todo Londres durante los últimos meses.”

Mira Telescópica

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Dedicado a mi manito Morocho. Vic besos para ti
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Las luces del paseo se encendieron creando alguna tenue sombra en la arena de la playa.

Un niño con la cabeza rapada pasó en bicicleta delante de Jeremías. Cuando se alejaba, giró la cabeza y le sacó la lengua. Jeremías sintió el irrefrenable impulso de lanzarse hacia él, agarrarlo y tumbarlo de la bicicleta, pero tras pensarlo mejor eligió seguir su camino.

Las baldosas ascendieron en la rampa hasta el paseo del puerto, donde las gaviotas habían ido desapareciendo a medida que los pescadores regresaban a sus hogares. Se apoyó en una baranda y así permaneció, mirando el horizonte. Abajo, en la orilla, un hombre chapoteaba con el agua hasta los tobillos mientras encendía un cigarrillo. Tuvo ganas de saltar hacia abajo y hacerle tragar ese maldito cigarro; pero prefirió contemplar la caída de la tarde por encima del apacible mar.

El individuo del cigarro se acercó a un bolso de acampar y de ella extrajo una escopeta con mira telescópica. Jeremías se agarró con fuerza a la barra que le servía de apoyo y vio que el individuo tiraba la colilla sobre la arena y a pisaba con el pie al desnudo. Entonces giró y apuntó hacia el mar como si supiera desde un principio hacia donde debía dirigir la mira.

Era un tipo mayor, de unos cincuenta años. Estaba envuelto en un traje de buzo de color violeta, medio calvo y cargado de kilos hasta en las cejas. Jeremías olvidó la discusión con su mujer y volvió a sacar el anillo de su bolsillo. Al diablo, pensó. Bebió un par de tragos y decidió bajar a curiosear cerca de aquel extraño individuo.

Se acercó sigilosamente y miró a través de su escopeta en la dirección del cañón, donde sólo se movían las olas. En el bolso entreabierto, había un par de cargadores y un paquete de cigarrillos.

- Disculpe

El gordo se dio la vuelta con la escopeta alzada, como si supiera que la policía estuviera detrás de él i quisiera quitarle el arma

- No voy a hacer daño a nadie, estoy calibrando la mira. El rifle está descargado, puede comprobarlo. – el hombre estaba sudando, aunque era difícil saber cuando había empezado
- No, no se preocupe. Solo tenía curiosidad, lo dejo solo… tranquilo

Jeremías caminó de nuevo hacia la escalera, pero el hombre, con un tono más calmado, volvió a hablar

- ¿Quiere verlo de cerca? Es un buen rifle - el tipo se lo extendió y el lo tomó sin vacilar

Le enseñó a llevarlo al hombro y en una de las ocasiones pudo sentir su aliento cerca. Olía a dientes podridos, un olor dulzón, como si llevara la vida alimentándose a base de almendras acarameladas.

- Apunte allí, al faro

Jeremías tardó un instante en enfocar el faro, y cuando lo hizo, pudo ver al operador del mismo en lo alto, limpiando los cristales. Tenía puesto un mono azul y llevaba un periódico enrollado en el bolsillo de atrás.

- Esta mira es magnífica.
- Apunte al mar, verá algo más interesante
- ¿Hacia dónde?

El hombre dirigió el rifle que apuntaba Jeremías. Al principio se veía solo agua. Estuvo a punto de apartar el arma y descansar el hombro cuando vio algo que lo dejó congelado. El horizonte, las olas, habían desaparecido, y en su lugar había una lámpara vista desde el suelo. La lámpara de techo era verde con una pantalla blanca. Era la lámpara del baño, la que apuntaba al lavamanos. Intentó apartar el rifle, pero el tipo le sujetó un momento la cabeza con ambas manos.

- Espere. Siga mirando. Apriete cuando lo vea oportuno. Es un juego…

Aquello debía ser un sueño o el alcohol se le estaba subiendo a pasos agigantados. De repente una sombra apareció debajo de la lámpara y lo tapó todo. Pudo oír el girar de una llave y el agua gotear cerca de él. El ojo que veía el mar, el que no estaba en la mira, no daba crédito a nada de lo que estaba pasando. Su ojo izquierdo parecía estar dentro del agujero del lavamanos de su casa, mirando a través de él.

- ¿Ve la sombra? Su mujer se está lavando la cara.

Al escuchar aquello volvió a sentir esa rabia repentina que había intentado olvidar tras salir de su apartamento.

- Dispare, no se preocupe, el arma está descargada.

Jeremías apretó el gatillo para dar por terminada la pesadilla. El estruendo y la sacudida le obligaron a retirar el ojo de la mira. El tipo obeso le sonrió.

- Bueno, le dije que estaba descargada, pero ya sabe, las carga el diablo
- ¿Qué es lo que he visto?
- ¿Qué cosa?
- El lavamanos de mi casa: ¿cómo podía estar viéndolo?
- Déme el rifle por favor, no sé de qué me habla

Jeremías volvió a observar por la mira. Esperó un minuto, dos, pero solo vio el horizonte. Rendido, le dio la escopeta a su dueño

- Ud me ha dicho que dispara, hace un momento; y también dijo que era mi esposa, o su sombra, quiero decir, sabía que estaba mirando el baño de mi casa – pero a él, sus palabras le parecían débiles y le sonaban vacías e incoherentes.

- Váyase, creo que me equivoqué al prestarle el arma. Está completamente borracho.

Jeremías apenas escuchó esto último. Avanzó hasta el paseo y zigzagueando volvió hasta su casa.

Mientras, la mira regresó al infinito y ancho mar, donde el atardecer descargaba sus tonalidades y las estrellas empezaban a hacer acto de presencia. El tipo obeso, no obstante, no estaba pendiente de la hermosa puesta de sol. Porque aunque apuntase al mar, su ojo izquierdo veía otra cosa….

Desde el velocímetro de una bicicleta, se veía un rostro azotado por el viento. Era el rostro de un niño. Con la cabeza… rapada.

domingo, junio 25, 2006

Al Silencio (Edgar Allan Poe)



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Está de más que aclare que no es una obra mía. Disfruten a una de mis inspiraciones
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Hay cualidades, incorpóreos seres que tienen doble vida y son espejo de esa entidad gemela que dimana de materia y de luz, sólido y sombra.

Hay un doble silencio -mar y costa- cuerpo y alma. Uno mora en sitios solos con nuevas hierbas; una grave gracia, algún recuerdo humano, algunas lágrimas, Quítanle horror, su nombre es "ya no más" es el silencio corporal: ¡No temas! Carece del poder de hacer el mal.

Mas, si el hado veloz (¡suerte imprevista!) te presenta su sombra (elfo su nombre que vaga en soledades, que no ha hollado el pie del hombre), encomiéndate a Dios

jueves, junio 15, 2006

Mi amada Vera


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Gracias Victor (morocho) por tus palabras
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El amor es más fuerte que la muerte, ha dicho Salomón: su misterioso poder no tiene límites.

Concluía una tarde otoñal en París. Cerca del sombrío «faubourg de Saint–Germain», algunos carruajes, ya alumbrados, rodaban retrasados después de concluido el horario de cierre del bosque. Uno de ellos se detuvo delante del portalón de una gran casa señorial, rodeada de jardines antiguos. Encima del arco destacaba un escudo de piedra con las armas de la vieja familia de los condes D'Athol: una estrella de plata sobre fondo de azur, con la divisa «Pallida Victrix», bajo la corona principesca forrada de armiño.

Las pesadas hojas de la puerta se abrieron. Un hombre de treinta y cinco años, enlutado, con el rostro mortalmente pálido, descendió. En la escalinata, los sirvientes taciturnos tenían alzadas las antorchas. Sin mirarle, él subió los peldaños y entró. Era el conde D'Athol.

Vacilante, ascendió las blancas escaleras que conducían a aquella habitación donde, en la misma mañana, había acostado en un féretro de terciopelo, cubierto de violetas, entre lienzos de batista, a su amor voluptuoso y desesperado, a su pálida esposa, Vera.

En lo alto, la puerta giró suavemente sobre la alfombra. El levantó las cortinas. Todos los objetos permanecían en el mismo lugar en donde la condesa los había dejado la víspera. La muerte, súbita, la había fulminado. La noche anterior, su bien amada se desvaneció entre placeres tan profundos, se perdió en tan exquisitos abrazos, que su corazón, quebrado por tantas delicias sensuales, había desfallecido. Sus labios se mojaron bruscamente con un rojo mortal.

Apenas tuvo tiempo de darle a su esposo un beso de adiós, sonriendo, sin pronunciar una sola palabra. Luego, sus largas pestañas, como cendales de luto, se cerraron para siempre. Aquella jornada sin nombre ya había transcurrido.

Hacia el mediodía, después de la espantosa ceremonia en el panteón familiar, el conde D'Athol despidió a la fúnebre escolta. Después solo, se encerró con la muerta, entre los cuatro muros de mármol, cerrando la puerta de hierro del mausoleo.

El incienso se quemaba en un trípode, frente al ataúd. Una corona luminosa de lámparas, en la cabecera de la joven difunta, la aureolaba como estrellas.

Él, en pie, ensimismado, con el solo sentimiento de una ternura sin esperanza, se había quedado allí durante todo el día. Alrededor de las seis, en el crepúsculo, salió del lugar sagrado. Al cerrar el sepulcro, quitó la llave de plata de la cerradura y, empinándose en el último peldaño de la escalinata, la arrojó al interior del panteón. Cayeron sobre las losas interiores a través del trébol que adornaba la parte superior del portal. ¿Por qué todo esto...? Con certeza, esto, obedecía a la secreta decisión de no volver allí nunca más. Y ahora, él revisó la solitaria habitación.

La ventana, detrás de los amplios cortinajes de cachemira malva, recamados en oro, estaba abierta. Un último y pálido rayo de luz del atardecer iluminaba un cuadro envejecido de madera. Era el retrato de la muerta. El conde miró a su alrededor.

La ropa estaba tirada sobre un sillón, como la víspera. Sobre la chimenea estaban las joyas, el collar de perlas, el abanico a medio cerrar, y los pesados frascos de perfume que «su» amada no aspiraría nunca más. Sobre el techo deshecho, construido de ébano, con columnas retorcidas, junto a la almohada, en el lugar donde la cabeza adorada había dejado su huella, en medio de los encajes, vio el pañuelo enrojecido, por gotas de su sangre cuando su joven alma aleteó un instante.

El piano permanecía abierto, a la espera de una melodía inconclusa. Las flores de indiana, recogidas por ella en el invernadero, se marchitaban dentro del vaso de Sajonia. A los pies del lecho, sobre una piel negra, estaban las pequeñas chinelas orientales, de terciopelo, sobre las que un emblema gracioso resaltaba bordado en perlas: «Quien vea a Vera la amará».

Los pies desnudos de la bien amada jugaban aún la mañana del día anterior, moviendo a cada paso el edredón de plumas de cisne. Y allá, en la sombra, estaba el reloj de péndulo al que él había roto el resorte para que no sonasen más las horas.

Así, pues, ella había partido... ¿Adónde? Vivir ahora, ¿para hacer qué? Era imposible, absurdo... Y el conde se abismó en aquellos pensamientos extraños y sobrecogedores, rememorando toda la existencia pasada.

Seis meses habían transcurrido desde su matrimonio. ¿No fue en el extranjero, en el baile de una embajada, donde la vio por primera vez...? Sí, ese instante se recreaba ante sus ojos, pero de forma muy distinta. Ella se le apareció allí, radiante, deslumbrante. Aquella tarde sus miradas se habían encontrado. Ellos se habían reconocido íntimamente, sabiéndose de naturaleza igual, y en adelante se amaron para siempre.

Los propósitos engañosos, las sonrisas que observaban, las insinuaciones, todas las dificultades y problemas que opone el mundo para retrasar la inevitable felicidad de aquellos que se pertenecen, se desvanecía ante la certeza que ellos tuvieron, en aquel fugaz instante, de saberse el uno para el otro.

Vera, cansada de la insípida ceremoniosidad, de las personas de su entorno, había ido hacia él desde el primer instante, dejando de lado las banalidades donde se pierde el tiempo precioso de la vida.

¡Oh! Cómo, a las primeras palabras, las tontas ideas de quienes les eran indiferentes, les parecían como el vuelo de los pájaros nocturnos adentrándose en la oscuridad. ¡Qué sonrisas intercambiaban y qué inefables abrazos!

Sin embargo, su naturaleza era de lo más extraña. Eran dos seres dotados de sentidos maravillosos, pero exclusivamente terrestres. Las sensaciones se prolongaban en ellos con una intensidad inquietante, tanto es así que se olvidaban de sí mismos a fuerza de experimentarlas. Y por el contrario, ciertas ideas, aquellas del alma por ejemplo, del Infinito, de «Dios mismo», estaban como veladas a su entendimiento. La fe de la mayoría de las personas en las cosas sobrenaturales no era para ellos más que algo sorprendente y extraño, una cuestión de la cual no se preocupaban, no considerándose con capacidad para criticar o aprobar.

En razón de eso, puesto que reconocían que el mundo les era extraño, se habían aislado, inmediatamente después de haberse unido, en esa vieja y sombría mansión, donde la extensión de los jardines alejaba los ruidos del exterior.

Allí, ambos amantes se sumergieron en ese océano de alegrías lánguidas y perversas donde el espíritu se mezcla con los misterios de la carne. Ellos agotaron las violencias de los deseos, los estremecimientos de la ternura más apasionada, y se convirtieron en el palpitante latido de ser el uno del otro. En ellos, el espíritu se adentraba tan bien en el cuerpo que sus formas parecían compenetrarse, y los besos ardientes les encadenaban en una fusión ideal. ¡Prolongado deslumbramiento!

La muerte había destruido el encanto. El terrible accidente los desunía, y sus brazos se desenlazaban. ¿Qué sombra había atrapado a su querida muerta? ¡Muerta no! ¿Es que el alma de los violoncelos puede ser arrastrada con el gemido de una cuerda que se quiebra?..... Transcurrieron las horas.

A través de la ventana, él contemplaba cómo la noche se insinuaba en los cielos. Y la noche se le apareció como algo «personal». Tuvo la impresión de que era una reina marchando con melancolía en el exilio, y el broche de diamantes de su túnica de luto, Venus, sola, brillaba por encima de los árboles, perdida en el fondo oscuro.
–Es Vera –pensó él.

En la habitación, los objetos estaban iluminados ahora por una luz tenue, hasta entonces imprecisa, la de una lamparilla que azulaba las tinieblas, y que la noche, ya alzada en el cielo, hacía aparecer como si fuese otra estrella.

Era esa lamparilla, con perfumes de incienso, un icono, relicario de la familia de Vera. El relicario, de una madera preciosa y vieja, colgaba de una cuerda de esparto ruso entre el espejo y el cuadro. Un reflejo de los dorados del interior caía sobre el collar encima de la chimenea. La compacta aureola de la Madona brillaba con hálito de cielo; la cruz bizantina con finos y rojos alineamientos, fundidos en el reflejo, sombreaban con un tinte de sangre las perlas encendidas.

Desde la infancia, Vera admiraba, con sus grandes ojos, el rostro puro y maternal de la Madona hereditaria. Pero su naturaleza, por desdicha, no podía consagrarle más que un «supersticioso» amor, ofrecido a veces, ingenua y pensativamente, cuando pasaba por delante de la lámpara.

Al verla, el conde, herido de recuerdos dolorosos hasta lo más recóndito de su alma, se enderezó y sopló en la luz santa, para luego, a tientas, extendiendo la mano hacia un cordón hacerlo sonar.

Apareció un servidor. Era un anciano vestido de negro. Llevaba un candelabro que colocó delante del retrato de la condesa. Cuando se volvió, el hombre sintió un escalofrío de terror supersticioso al ver a su amo de pie y tan sonriente como si nada hubiera sucedido.

–Raymond –dijo tranquilamente el conde–, esta tarde, la condesa y yo nos sentimos abrumados de cansancio. Servirás la cena hacia las diez de la noche. Y a propósito, hemos resuelto aislarnos aquí durante algún tiempo. Desde mañana, ninguno de mis sirvientes, excepto tú, debe pasar la noche en la casa. Les entregarás el sueldo de tres años y les dirás que se vayan. Atrancarás después el portal, encenderás los candelabros de abajo, en el comedor. Tú nos bastarás puesto que en lo sucesivo no recibiremos a nadie. El mayordomo temblaba y le miraba con atención. El conde encendió un cigarro y descendió a los jardines.

El sirviente pensó primeramente que el dolor, demasiado agudo y desesperado, había perturbado el espíritu de su amo. Él le conocía desde la infancia y comprendió al instante que el choque de un despertar demasiado súbito podía serle fatal a ese sonámbulo. Su primer deber consistía en respetar aquel secreto. Inclinó la cabeza.

¿Una abnegada complicidad a ese sueño religioso? ¿Obedecer...? ¿Continuar sirviéndoles sin tener en cuenta a la muerte? ¡Qué idea tan extraña! ¿Podría además sostenerse por más tiempo que una noche?

–Mañana, mañana... ¡Ay de mí! Pero, ¿quién sabe...? ¡Quizá! Después de todo es un proyecto sagrado... ¿Con qué derecho me dedico a reflexionar sobre ello?

Salió del cuarto. Ejecutó las órdenes al pie de la letra y aquella misma tarde comenzó la insólita experiencia. Se trataba de crear un terrible espejismo. El embarazo de los primeros días se borró súbitamente. Al principio con estupor, pero luego por una especie de deferente ternura, Raymond se las ingenió tan bien para parecer natural que aún no habían transcurrido tres semanas cuando por momentos él mismo se sentía engañado por su buena voluntad. No había lugar para segundas interpretaciones. A veces, experimentando una especie de vértigo, tenía la necesidad de decirse a sí mismo que la condesa estaba realmente muerta.

El se dejó arrastrar a ese juego fúnebre olvidándose a cada instante de la realidad. Y muy pronto tuvo necesidad en más de una ocasión de reflexionar para convencerse y rehacerse. Comprendió pronto que de seguir así no tardaría en abandonarse por completo al espantoso magnetismo a través del cual el conde iba impregnando paulatinamente la atmósfera que les rodeaba. Tenía miedo, un miedo indeciso, suave...

D'Athol, en efecto, vivía sumido en la inconsciencia de la muerte de su bien amada. No podía más que tenerla siempre presente, a tal punto la memoria viva de la joven dama estaba mezclada con la suya. En ocasiones se sentaba en un banco del jardín, los días de sol, leyendo en voz alta las poesías que ella prefería, o bien, en la tarde, delante del fuego, las dos tazas de té sobre una mesita, conversaba con la «Ilusión» sonriente, sentada, a sus ojos, en el otro sillón.

Las noches, los días, las semanas, transcurrieron en un soplo. Ni el uno ni el otro sabían lo que estaban haciendo. Y se producían unos fenómenos singulares que hacían que resultase cada vez más difícil distinguir cuándo lo imaginario y lo real se hacían idénticos.

Una presencia flotaba en el aire: una forma se esforzaba por manifestarse, por hacerse ver, plasmándose en el espacio indefinible. D'Athol vivía doblemente iluminado.

Un semblante suave y pálido, entrevisto como un relámpago, en un abrir y cerrar de ojos; un débil acorde que hería de repente el piano; un beso que le cerraba la boca en el momento en que se disponía a hablar, pensamientos «femeninos» que aparecían en él como respuesta a lo que decía, un desdoblamiento de sí mismo que le llevaba a percibir como en una niebla fluida, el perfume vertiginosamente dulce de su bien amada muy próximo a él. Y por la noche, entre la vigilia y el sueño, las palabras oídas muy quedas le conmovían.

¡Era una negación de la muerte elevada, por fin, a un poder desconocido!
Una vez, D'Athol la vio y sintió tan cerca de él que la tomó en sus brazos, pero ese movimiento hizo que desapareciera.

–¡Chiquilla! –murmuró él sonriente. Y se adormecía como un amante ofendido por su amada risueña y adormilada.

El día de su «cumpleaños» colocó, como una broma, una flor de siemprevivas en el ramillete que depositó encima de la almohada de Vera.

–Puesto que ella se cree muerta... –murmuró él.

Gracias a la profunda y todopoderosa voluntad del señor D'Athol que, a fuerza de amor, forjaba la vida y la presencia de su mujer en la solitaria mansión, esta existencia había acabado por llegar a ser de un encanto sombrío y seductor. El mismo Raymond ya no experimentaba temor y se acostumbraba a todas aquellas circunstancias.

Un vestido de terciopelo negro entrevisto al girar un corredor, una voz risueña que le llamaba en el salón; el sonido de la campanilla despertándole por la mañana, como antes, todo esto llegaba a hacérsele familiar. Se hubiera dicho que la muerta jugaba en lo invisible, como una chiquilla. ¡Se sentía amada de tal modo que resultaba todo de lo más «natural»!.... Había transcurrido un año.

En la tarde del aniversario, sentado junto al fuego en la habitación de Vera, el conde terminaba de leerle un cuento florentino, «Callimaque» cuando, cerrando el libro y sirviéndose el té, dijo:

–«Douschka», ¿te acuerdas del Valle de las Rosas, en las orillas del Lahn, del castillo de Cuatro Torres...? Estas historias te lo han recordado, ¿no es verdad? Se levantó y en el espejo azulado se vio más pálido que de ordinario. Introdujo un brazalete de perlas en una copa y miró atentamente las perlas. Las perlas conservaban todavía su tibieza y su oriente se veía muy suave, influido por el calor de su carne.

Y el ópalo de aquel collar siberiano, que amaba también el bello seno de Vera solía palidecer enfermizamente en su engarce de oro, cuando la joven dama lo olvidaba durante algún tiempo. Por ello la condesa había apreciado tanto aquella piedra fiel.
Esta tarde el ópalo brillaba como si acabara de quitárselo y como si el exquisito magnetismo de la hermosa muerta aún lo penetrase. Dejando a un lado el collar y las piedras preciosas, el conde tocó por casualidad el pañuelo de batista en el que las gotas de sangre aparecían todavía húmedas y rojas como claveles sobre la nieve.

Allá, sobre el piano, ¿quién había vuelto la página final de la melodía de otros tiempos? ¿Es que la sagrada lamparilla se había vuelto a encender en el relicario...? Sí, su llama dorada iluminaba místicamente el semblante de ojos cerrados de la Madona. Y esas flores orientales, nuevamente recogidas, que se abrían en los vasos de Sajonia, ¿qué mano acababa de colocarlas? La habitación parecía alegre y dotada de vida, de una manera más significativa e intensa que de costumbre.

Pero ya nada podía sorprender al conde. Todo esto le parecía tan normal que ni siquiera se dio cuenta de que la hora sonaba en aquel reloj de péndulo, parado desde hacía un año. Sin embargo, esa tarde se había dicho que, desde el fondo de las tinieblas, la condesa Vera se esforzaba por volver a aquella habitación, impregnada de ella por completo. ¡Había dejado allí tanto de sí misma! Todo cuanto había constituido su existencia le atraía. Su hechizo flotaba en el ambiente. La desesperada llamada y la apasionada voluntad de su esposo debían haber desatado las ligaduras de lo invisible en su derredor. Su presencia era reclamada y todo lo que ella amaba estaba allí.

Ella debía desear volver a sonreír aún en aquel espejo misterioso en el que admiró su rostro. La dulce muerta, allá, se había estremecido ciertamente entre sus violetas, bajo las lámparas apagadas. La divina muerta había temblado en la tumba, completamente sola, mirando la llave de plata arrojada sobre las losas. ¡Ella también deseaba volver con él!

Y su voluntad se perdía en las fantasías, el incienso y el aislamiento, porque la muerte no es más que una circunstancia definitiva para quienes esperan el cielo; pero la muerte y los cielos, y la vida, ¿es que no eran para ella algo más que su abrazo? El beso solitario de su esposo debía atraer sus labios en la penumbra. Y el sonido de melodías, las embriagadoras palabras de antaño, los vestidos que cubrían su cuerpo y conservaban aún su perfume, las mágicas pedrerías que la «amaban» en su oscura simpatía, la inmensa y absoluta «necesidad» de su presencia, ansia compartida finalmente por las mismas cosas, tan insensiblemente que, curada al fin de la adormecedora muerte, ya no le faltaba más que regresar. ¡REGRESAR! ¡Ah! ¡La ideas son iguales que seres vivos...!

El conde había esculpido en el aire la forma de su amor y era preciso que aquel vacío fuese colmado por el único ser que era su igual o de otro modo el universo se hundiría. En ese momento la impresión se concretó en una idea definitiva, simple, absoluta: ¡«Ella debía estar allí, en la habitación»!

El estaba tan seguro de eso como de su propia existencia y todas las cosas a su alrededor estaban saturadas de la misma convicción. Eso era algo patente. «Y como no faltaba más que la misma Vera», tangible, exterior, «era preciso que ella se encontrase allí» y que el gran sueño de la vida y de la muerte entreabriese por un momento sus puertas infinitas. El camino de resurrección estaba abierto por la fe hacia ella.

Un fresco estallido de risa iluminó con su alegría el lecho nupcial. El conde se volvió, y allí, delante de sus ojos, hecha de voluntad y de recuerdos, apoyada sobre la almohada de encajes, sosteniendo con sus manos los largos cabellos, deliciosamente abierta su boca en una sonrisa paradisíaca y plena de voluptuosidad, bella hasta morir, al fin ella, la condesa Vera le estaba contemplando, un poco adormecida aún.

–¡Roger...! –exclamó con voz lejana.

El se le acercó. Sus labios se unieron en una alegría divina, extasiada, inmortal… entonces se dieron cuenta de que ellos no formaban más que un «solo ser» Las horas volaron en un viaje extraño, un éxtasis en el que se mezclaban, por primera vez, la tierra y el cielo. De repente, el conde D'Athol se estremeció como golpeado por una fatal reminiscencia.

–¡Ah! Ahora recuerdo... ¿Qué es lo que me sucede...? ¡Pero si tú estás muerta!

En ese mismo instante, al oírse estas palabras, la mística lamparilla del icono se extinguió. El pálido amanecer de una mañana insignificante, gris y lluviosa, se filtró en la habitación por los intersticios de las cortinas. Las velas vacilaron y se apagaron, dejando humear acremente sus mechas rojizas. El fuego desapareció bajo una capa de tibias cenizas. Las flores se marchitaron y secaron en un instante. El balanceo del péndulo fue recobrando paulatinamente su anterior inmovilidad.

La «certeza» de todos los objetos se esfumó de golpe. El ópalo, muerto ya, no brillaba más. Las manchas de sangre se habían secado también, sobre la batista. Y esfumándose entre los brazos desesperados, que en vano querían retenerla, la ardiente y blanca visión entró en el aire y se perdió. El conde se puso en pie. Acababa de darse cuenta de que estaba solo. Su maravilloso sueño acababa de disiparse en un momento. Había roto el hilo magnético de su trama radiante con una sola palabra. La atmósfera que reinaba allí era ya la de los difuntos.

Como esas lágrimas de cristal, ensambladas ilógicamente pero tan sólidas que un solo golpe de martillo, asestado en su parte más gruesa, no llegaría a romperlas, pero que caen en súbito e impalpable polvo si se rompe la extremidad más fina que la punta de una aguja, todo se había desvanecido.

–¡Oh! –gimió él–. ¡Todo ha terminado! ¡La he perdido...! ¡Otra vez vuelve a estar sola...! ¿Cuál es ahora la ruta para llegar hasta ti..? ¡Indícame el camino que puede conducirme hasta ti!

De pronto, como una respuesta, un objeto brillante cayó del lecho nupcial sobre la negra piel con un ruido metálico. Un rayo del tétrico día lo iluminó...

El abandonado se inclinó. Lo cogió y una sonrisa sublime iluminó su rostro al reconocer aquel objeto.

¡Era la llave de la tumba!

sábado, mayo 20, 2006

Roberto Benigni - Discurso contra Dios

Nota: Claro que esta no es una de mis historias. Espero la disfruten tanto como yo.

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Quiero hacer un breve paréntesis en relación a la economía divina. Nuestro Señor, creo, podía habernos ayudado desde el principio. Yo creo en él, porque nunca se sabe. Total si existe, existe, y si no existe, no jode. Pero si existe, digo: somos cinco mil millones de personas ¡con todos los planetas que hay tenía que meternos a todos en éste! Es como si un padre tuviera veinte hijos y un edificio de cincuenta pisos y decidiera encerrarlos a todos en el garage. ¿De qué estamos hablando? Nos tendría que haber ubicado un poco mejor.

Pero no, Nuestro Señor es un capitalista, y todos estos planetas son un abuso. Pura especulación planetaria. De hecho, cuando Galileo los descubrió, el Papa lo hizo arrestar enseguida. Lo hizo pasar por idiota y le dijo:¿Cómo es ése asunto de que la Tierra gira?". Galileo dijo: "Es la Tierra la que gira alrededor del Sol, y no como dicen ustedes". Entonces el Papa dijo: "¿Pero éste es idiota? ¿Vieron alguna vez una casa girar alrededor de la estufa?".

Naturalmente, además de crear a los hombres, Dios ha construido a los animales, los vegetales y los minerales: un quilombo tan grande que ya no se entiende nada. Pero cuando los hombres se enojan, viene el diluvio universal. Después, Noé tiene tres hijos: Sem, Cam y Jafet. Los tres son hombres y dan lugar a las distintas razas. Al rato, Dios lo llama a Moisés y le dice cuáles son las cosas que se pueden hacer y cuáles las no.

Las cosas que se deben hacer son los diez mandamientos; las que no se deben hacer son los siete pecados capitales. Ahora bien, yo estudie bien esos siete pecados capitales y son las cosas más abominables del mundo. Y Dios las hace todas. La soberbia, por ejemplo: si hay alguien soberbio, ése es Él, el ser perfectísimo, poderosísimo, presentísimo. "Comparado conmigo", dice, "Nembo Kid es un imbécil y a Buda lo saco de taquito".

Hace falta un poco más de humildad. El mismo nombre Dios. Hubiese elegido un nombre más humilde. Hubiese dicho: "Soy Guido, no habrá otro Guido más que yo". O si no: "Ayúdense entre ustedes, que Guido los ayuda a todos". O "Llueve porque Guido quiere". Si fuese más humilde sería más simpático. La ira: no hay nadie que se enoje más que él. ¿Adán y Eva arrancaron una manzana? Madre mía, se enojó como un loco. "¡Fuera! ¡Tú trabajarás con el sudor de tu frente! ¡Tú parirás con dolor! ¡Fuera!". Una manzana yo me la pago, no hay porque enojarse de esa manera. Está bien, incluso admito que uno se puede enojar por una manzana, pero después se le pasa. ¡Ah! No, a Él no se le pasó. Van dos millones de años y nos seguimos bautizando por culpa de esa manzana.

La lujuria: no quiero entrar en asuntos privados, pero somos todos hijos suyos, ¿o no? Somos cinco mil millones de personas, ¿o no? La avaricia: no hay nadie más avaro que Él. Al pueblo elegido -los judíos- les prometió un pedazo de tierra hace dos millones de años. "Si, aquella tierra se las prometí, pero nunca dije que se las iba a dar". ¿O sí? Los diez mandamientos. Ésa si era una buena idea. Sólo que los hizo a favor del rico.

Convengamos que es más fácil ir al infierno para los pobres que para los ricos. Por ejemplo, a Agnelli, el dueño de la Fiat, con todo el dinero que le han dejado, le dicen: "Honra al padre y a la madre" ¿Y que va a decir? "Gracias madre, gracias padre. Cuando mueran agarro todo yo".

O no desear las cosas de los demás. También es algo muy fácil para Agnelli, porque si todo es suyo ¿qué va a desear? En suma: Nuestro Señor debería ocuparse un poco más de los problemas del proletariado. Porque nuestro creador consiguió que nos insertáramos en el mundo moderno de manera homogénea. Él podría conseguir enseguida que estuviéramos mejor. Tomemos los inventos, por ejemplo. ¿Por qué no nos hizo descubrir enseguida la calefacción, evitando que mil millones de personas murieran de frío en el pasado? ¿No podía? Creó a Adán, tomó una costilla suya e hizo a Eva. O sea, que bien podía agarrar, no sé, una oreja de Eva y hacer una estufa. Así quedaban los hombres con una costilla menos y las mujeres sin una oreja, y aunque hubiese hecho falta gritar un poco, habríamos estado un poco mejor, ¿no?

Durante siglos se comió carne cruda y hubo miles de virus. ¿No podía ayudarnos a descubrir antes la penicilina y los antibióticos? No, prefirió esconderlos en los hongos. Y eso es tener una mentalidad de revista de crucigramas.

¿A quién se le ocurre ir a buscar los antibióticos en los hongos? Hay gente que los buscó durante toda su vida y no los pudo encontrar. Es como si yo les escondiera el jabón a mis hijos: van a lavarse, no lo encuentran, entonces se agarran tifus y cólera, y se mueren. Al final, para divertirme, les digo: "¿Saben a dónde había metido el jabón? Debajo de la toalla, ja, ja, ja". Pero ellos ya están muertos. Entonces, ¿qué nos quiere decir con eso? Nos quiere decir: "Soy Dios y me cago en ustedes".

miércoles, mayo 10, 2006

La Ira del Discípulo



El nombre de la historia es por Santi; nene una vez más... gracias :*****************
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JUDAS. Allí está, en el centro del Infierno, punto que es asimismo la base de toda la morada. Sobre el recinto que lo aloja se alza el misterioso edificio, vastísima y en apariencia caótica construcción de la que nadie sabe dónde se inicia ni hasta dónde se extiende, pero en algunas de cuyas habitaciones penetramos, junto a algunos de cuyos muros marchamos, los no muertos, en esta Tierra, sin saberlo, acaso sintiéndolo, porque es aquí donde empieza ese reino que podemos franquearnos con un gesto: se los reconoce —a tales cuartos, a tales paredes—, pese a su aspecto natural y humano, por un latido singular, seco y afiebrado, que percibiríamos con perturbadora claridad si apoyásemos una mano sobre ellos; se dice que los latidos son los del corazón del condenado que está en el centro, y que resultan más notables en los límites exteriores del edificio que sobre el pecho mismo del que surgen, que parecería yerto; pero sólo uno ha tocado ese pecho.

Está echado boca arriba, cubierto con una túnica de color rosa muy tenue, está inmóvil, el vientre desmesuradamente hinchado, sin duda a causa de la larga permanencia en la misma posición; mantiene los ojos casi siempre cerrados, pero al anochecer los abre, negros, con una chispa en el medio, de fijeza irreal increíble: un largo aprendizaje debe haber tras esa cautela que hace que no los desvíe hacia lado alguno. Porque el recinto en que yace se halla invadido por una bruma blanquecina y húmeda, a causa de la cual mana de toda cosa un abundante sudor frío y resulta imposible distinguir los confines del lugar; pero, no obstante, la bruma permite ver sombras que se mueven en torno al condenado, formas negras, más grandes que un hombre, a veces quietas, velludas, arañas, ta¬rántulas gigantescas, se cree.

Con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, bajo la escolta de sus negras compañeras, sueña, esto es, en su presente infinito —en esa condición desde la que por fin advierte que tanto tarda en caer a tierra el pétalo de una rosa como una existencia humana en transcurrir o una estrella en apagarse, en ese estado en el que comprende que todos los siglos pasados, presentes y futuros son una sola, efímera chispa—, vuelve a vivir, fantasiosa, terroríficamente, algunos de los instantes que ahora se agolpan en tropel contra él, pero que en este mundo, convertidos en actos o peligrosas larvas de actos, guardando una sucesión que parecía un orden, compusieron el fuego para su eternidad.

Llega a la casa del monte, donde los otros están reunidos, tan lejos, tan alto para un mediodía ardiente, aunque no por capricho, sino por precaución, prudencia en la que también se mezcla una veta de desafío, pues la ciudad está demasiado cerca. Del agua tibia, de los pescados descompuestos, de los eucaliptos color coral bajo la corteza rota, de las porquerizas, de los limoneros en flor, cunde sobre el país entero un olor a felicidad putrefacta, que a él lo oprime, lo fatiga más que la marcha hasta el vómito.

En tres oportunidades le habló ya, cada vez que le oyó anunciar sus proyectos insensatos. ¿Qué es la humanidad, qué es el reino de otro mundo?, le dijo. Fantasías, fantasmas, vacías generalidades. La humanidad soy yo, y aquél y aquel otro que te siguen, aquellos a quienes piensas abandonar a mano de los verdugos; el otro mundo más valdría que se hiciese sentir un poco aquí abajo. En cada oportunidad le lanzó una mirada excesivamente dura, acaso excesivamente tierna, le contestó con el silencio. ¿Será el Dios? Nunca lo creyó ni dejó de creerlo. Por lo demás, ¡tanto importa! Mientras esté en la Tierra como hombre, ese relámpago debe servir al hombre.

Ahora llora, de pie, erguido en su elevada estatura, hermoso, con una pelusa apenas visible sobre sus mejillas de niño consentido, llora, y los otros, tirados en la habitación, lo contemplan sin saber qué hacer, excepto Juan, por supuesto, que se abraza a sus piernas y también llora. No lo esperaron para comer, ahítos ya de un pan ácimo devorado más por miedo que por hambre; pero él no quiere comer. Habla. En seguida de llegar, aunque es de noche cerrada, aunque el habitáculo se llena de escorpiones, cincuenta, cien, que los demás matan como pueden. Lo enfrenta. ¿Has visto el dolor de los que te siguen, la miseria de nuestro pueblo esclavizado, los leprosos, los famélicos, el abandono en que viven?, le dice.

¿Qué derecho tienes a buscarte el suicidio cuando los que te amamos confiamos en que no nos dejarás solos con nuestras llagas? ¿En qué Dios te convertirás cuando la muerte te haya cerrado los ojos al sufrimiento? Lava primero el mal que tienes a tu alcance, y piensa, habla luego, si te queda tiempo, del otro mundo: eso le dice. Lo hace llorar, para impedirle que termine con una mísera muerte de delincuente su vida de taumaturgo capaz tal vez de sacrificarlo todo por el brillo. Gracias a esa dura sabiduría suya se ha tornado posible esta mansa, triunfal entrada en Tesalónica: aunque deba viajar en litera cubierta, pues la luz demasiado intensa le hace daño, El puede ver —levantando un poco los visillos— no sólo a los pobladores, arrodillados en reverencial silencio ante su paso, sino también a los soldados, los romanos, abandonados por sus jefes, que huyeron, ligeramente despavoridos, ante el éxtasis en que cayeron sus inferiores a la noticia de que llegaba quien llegaba.

Y este paso por Nicópolis, donde el mismísimo cónsul los honra con su untuosa cordialidad burocrática, les ofrece su mansión; y este feliz arribo a Nápoles, donde sus preceptos se cumplen antes de verlo siquiera, todo esto se lo deben a él, a él, capaz de presumirlo desde el día en que descubrió al entonces joven hipnotizador desperdiciando sus actos mágicos en curaciones arbitrarias, que beneficiaban a uno y dejaban a la multitud seducida, pero tan enferma como si no hubiese ocurrido nada, lo comprendió cuando abandonó sus importantes posesiones, su situación social, las tradiciones: el jovenzuelo, guiado, podía llevarlos muy lejos por el camino de la salvación de su escarnecida raza.

Hasta Roma, como lo dijo con sincero, fervoroso regocijo Caifás, la noche que él logró que se abrazaran en el monte de los Olivos, la Roma bañada por la luz lunar que contemplan desde lo que fuera recinto del Senado, silla ahora del dulce poder, del verdadero Dios, pastor de los pueblos satisfechos, libres y pacíficos. Pues eso esperan las naciones, a los discípulos, a los misioneros que, tras un sumario curso de adiestramiento, llegan, multiplican y multiplican los panes, sin dificultad, incluso de modo un poco mecánico, curan los males con panaceas asombrosas, que se les entregan a granel, persuaden a los ricos —quizá con cierto esfuerzo, pero siempre eficazmente— para que cedan sus bienes a los pobres, en el tiempo en que tarda una mano en abrirse erigen altos palacios donde sólo había tugurios, pantanos, alargan la dicha a todos.

Henchidos de agradecimientos, peregrinos y legados de cada comarca del orbe avanzan con unción hacia este sitial del bien, avanzan, interminablemente, en bello orden, bajo la mirada paternal de los fornidos, minuciosos guardias (pues la felicidad común enfurece tanto a los que fueran explotadores, poderosos, que es menester durante esta generación —nada más que durante esta generación, claro está— reforzar con prudencia la vigilancia para que cuatro insensatos no logren desbaratar lo construido). El príncipe los recibe, a la distancia considerable que la santidad exige, los mira llorando, porque le ha quedado esa costumbre, que recrudece sobre todo en las oportunidades en que se cruza con Pedro, quien ha engordado tanto, llora, sin causa, teniendo en cuenta que incluso en los milagros especiales, a los que ahora se limita, alcanza cumbres no imaginadas, como esta resurrección del tal Lázaro, al que arrancó de la tumba hediendo, rígido, en forma quizá un poco espectacular para estos tiempos, pero de cualquier modo edificante, si se deja de lado a la parienta del resucitado, a la que ya no es posible sacarse de encima, siempre con su frasco de ungüento.

La verdad, él siente de pronto miedo ante milagros semejantes, debe confesárselo, se pregunta si será el Dios, pero piensa en seguida que está ya viejo, algo chocho, con sus arrebatos de patética grandeza, y que aunque ahora se le ocurriera hacerse crucificar no conseguiría que le diesen el gusto, entre gentes tan satisfechas, nadie que aspire ya a nada, en la perfecta organización que se extiende a toda la superficie habitable, nadie que quiera cosa alguna fuera de lo que tiene, hasta tal punto que muchos, en el hartazgo de felicidad, ceden a la censurable moda que busca un último goce en el suicidio.

Salvo la insignificancia de los escorpiones, que extrañamente se multiplican en las ciudades, irrumpen aquí, en el mismo recinto del bien, a decenas, a centenares, pero a los que los discípulos, gracias a una larga práctica, ultiman con gran destreza, la situación alcanzada merece un solo calificativo: perfecta. Y resulta grato ser el lugarteniente del príncipe (habiéndose al fin establecido las imprescindibles jerarquías), recibir los reflejos más directos de su nimbo, ser un segundo acaso más importante que el primero, pues la acción está en su mano, y las masas agradecen más las acciones que las promesas, vivan su nombre a la par que el del príncipe, ahora que han salido a los balcones, lo vivarán más cuando, con los treinta dineros que cada fiel debe donar a la entrada del templo, el bienestar crezca y crezca y crezca.

Sueña. Pero sus velludas compañeras velan, marchan en círculo en torno a él, se detienen, adelantan sus negras cabezas, hunden los picos en los pómulos, bajo la túnica rosa, en el pecho, en el vientre, en los que han sido, son o serán sus genitales, muerden, tiran. El condenado sale de su ensueño, ve dónde está, la morada cuyo horror se torna más nítido a luz evanescente de su quimera, ve, y lanza un alarido, no por dolor, sino por ver, pues las heridas, como en este mundo, no están destinadas a hacerlo sufrir, tienen por fin llamarlo a la realidad, a juicio ante ella, pero su alejamiento es tal que aproximarse se confunde con lo doloroso. Clama, calla, vuelve a clamar, con una fuerza que haría estremecer las paredes, si esas paredes pudieran estremecerse. Después se reanuda el silencio. Que parecería no haber sido interrumpido jamás.

Es que, otra vez, sueña, mientras las oscuras formas retoman su ronda, cede nuevamente a las llamas de su éxtasis.

Por fin, por fin entiende, estalla en su cerebro la luz prodigiosa, se multiplica en otros estallidos igualmente esclarecedores, después de tanta penuria de vida crasamente material, después de obedecer a ciegas en la noche de lo que no era fe sino credulidad, entiende. Los torpes, los bastos, los medrosos se apartan temblando hasta los confines más remotos del cuartucho, vuelven la cara contra las paredes, querrían desaparecer en ellas, habiendo oído decir al Maestro que aquel a quien dé el bocado será el que lo entregará, habiendo visto estirarse hacia todos, con el gesto del más pobre de los pobres, la mano que ofrece el bocado.

Qué ascenso entonces, no sólo por arriba de los otros, sino también hasta la altura del Maestro, cuando se adelanta, en apariencia sereno, pero lo cierto que estremecido de gloria, y toma el bocado, come, único dispuesto al sacrificio, único dispuesto a darlo todo, igual que el Maestro, come. Pues, ¿de qué modo, si no? Descubre, más penetrante que cualquiera, qué les exige, qué les suplica El: que lo entreguen, uno con amor más fuerte que el amor, decidido a descender al pozo en cuyo fondo yace el puñal reservado a su pecho, que lo arrastren al patíbulo, para que lo que está escrito sea consumado.

¿Quién lo hará? ¿Acaso los tibios regentes de la sinagoga, con imaginación a lo sumo para mandar una banda de sicarios a fin de que ejecuten una tropelía inútil entre las sombras? ¿Acaso los tiernos discípulos, hijos de la confusión y la pasividad, que no saben más que lamentarse, asombrarse, llorar? Nadie fuera de él con fuerzas para contemplar al Maestro con las manos atadas atrás, tan evidentemente diminuto entre los gordos doctores que, envalentonados por la superioridad numérica, lo interrogan, lo vejan; sólo quien tenga la religiosidad de él puede ver el rostro simple y maduro, de ojos chispeantes de dignidad, el rostro enmarcado por el cabello azulino y ardiente, por la barba de noble abundancia, el rostro amado y temido, padeciendo las bofetadas de esa crápula, los escupitajos, y saber que todo lo que acontece es obra suya.

Y aún lo peor, a tanta distancia de la cruz gloriosa e infamante, oír el gemido de la hora nona como si lo gritasen junto a sus orejas, sobrellevar de pie, inmóvil, en medio del campo, las tres horas de oscuridad diurna, sintiendo cómo tira de él hacia el centro de la Tierra el peso prodigioso, mágico de los treinta irrisorios dineros por los que había simulado venderse. Cuánto más fácil ser uno de los once, llegar a la casa del supuesto traidor después de los días iniciales de confusión, arrodillarse ante él y reverenciarlo, habiendo empezado a descubrir su grandeza, que aunque el Maestro entregó el cuerpo, la sangre, él dio algo más preciado, el alma, el amor, ese amor que ellos graciosa, cómodamente pudieron demostrar en forma invariable hacia el Maestro antes, hacia él ahora, al terminar por filtrarse en sus espesas cabezas la luz, besándolo, abrazándolo, pese al inconveniente que significan las pequeñas serpientes verdes que han penetrado en la casa, se echan sobre los adoradores, intentan introducirse en las partes más molestas, hay que arrancarle una a Pedro, entre los chillidos del infeliz.

Por otro lado, ¿quién de ellos hubiera podido acertar con el camino entre la maraña de señales legadas por el Maestro, que, si se quiere, había hablado a veces un poquito demás? Hubiesen cedido a la primaria, sentimental propensión a imitarlo, se hubiesen buscado el sacrificio, llámeselo cárcel, leones, crucifixión u hoguera, borrado en unos meses cualquier rastro de ellos, incluso de la doctrina, el curioso poder de ser los administradores del otro mundo derrochado en un tris. Imposible que llegaran a comprender que en materia de gestos desesperados bastaba con lo del Maestro, que era necesario ceder paso a la razón va, al cálculo, para obligar a la fuerza romana a un pacto, colocándose bajo la tibia ala del imperio, pero siendo su mismo corazón, desalojados de allí los idolatras, y avanzar a la sombra de sus picas y espadas en la conversión de los pueblos aún renitentes.

No, no estarían hoy en el Capitolio, guardianes de la fe oficial, amparados y, sin embargo, independientes, por no escatimar apoyo a nadie, ni a gobernantes ni a opositores, estar sabiamente con los oprimidos y con los que los oprimen, pues, ¿qué es el mundo sino ciudadela del Demonio, sitio de prueba? Así hay que dejarlo, en toda su iniquidad. Merced a esta iluminada, piadosa diplomacia, la iglesia es finalmente ecuménica, incluso al disperso pueblo asesino se le brinda auxilio, estando cada uno de sus integrantes registrado, fichado, a la espera del turno para el potro de tortura que lo conducirá a la salvación que su enferma voluntad no te permite desear. Una, infalible, el pecho se les llena de gloria cuando contemplan en los mapas la extensión de la iglesia, el cumplimiento del mandato del Maestro de difundir su evangelio, aunque haya sido preciso actuar con rigor contra algunos desequilibrados que, invocando la enseñanza, pretendieron cometer irregularidades, curaciones milagrosas, sacrificios de amor, manumisión de esclavos, toda la gama de lo subversivo.

Bien estaba eso en el pasado, cuando el Maestro moraba con ellos, pero ahora Dios regresó al cielo, y en la Tierra han quedado los hombres: cada cual en su sitio. Porque es sabido lo que acontecería si se insis¬tiera en traer a este mundo el Reino de Dios: abominación, ayuntamiento con la bajeza, matrimonio con el pecado. ¿Quién querría ir entonces hacia Dios? Hasta tal punto que si el mismo Dios pusiera su mano en la balanza en favor de la repetición de sus extremismos, por su propia causa sería preferible cortar esa mano. Las gentes son toscas, brutales, entienden blanco sobre negro, hay que inculcarles odio a la Tierra, quedando sólo para los sacerdotes la mesurada apreciación de lo escasamente positivo que el mundo alberga.

Aunque sea penoso, desgarre el alma verlo, las gentes deben sufrir, sólo así acuden al santuario, aumenta el número de los prosélitos de comunión diaria, o sea lo primordial, la asiduidad disciplinada, la fe, la cotidiana búsqueda del beso que todo lo lava (suprimida la costumbre de la comunión mediante el pan, peligrosa por sus reminiscencias), acuden, no obstante la rara plaga de serpientes verdes que llenan los santuarios en los momentos menos indicados, buscan introducirse en las partes más molestas de los devotos.

Acuden, y conforta oírlos, apiñados en la plaza del Capitolio sin que les importe la violenta lluvia, el frío, mientras él, vestido de blanco, esperará aún largo rato antes de salir, por estricta piedad, escuchando que lo llaman padre incomparable, maestro sapientísimo, hermano infinito, sabiendo que, más allá de los nubarrones, la sonrisa de Dios se extiende como el arco iris en el cielo.

Sueña, con los ojos abiertos, con los ojos cerrados. Pero sus compañeras se mueven otra vez, clavan sus filosas, sanguinolentas bocas en esa carne, destrozan un cuerpo desdichadamente indestruíble. El condenado grita, calla, grita, en instantes eternos, hasta que vuelve el silencio. Porque de nuevo sueña.

Imposible seguir prestándose a ese juego: ¿quién echa agua sobre las brasas para ir a soplar las llamas? Es un hombre común, y lo sabe; como todos los hombres comunes ha aceptado y practicado una religión en la que no cree, un dios por supuesto inexistente, ritos ridículos a los que se asiste sólo por no llamar la atención en vano. Pero cuando apareció este otro, cuando la luz de sus promesas descubrió sin atenuantes la putrefacción, el oscurantismo, la senectud reaccionaria del Sanedrín, ni siquiera fue necesario un chistido pura que lo siguiera, dejándolo todo, y como un perro. Resultaba tan claro que había en éste un soplo liberal, renovación, un impulso progresista que ayudaría a desembarazarse de las antiguallas, prejuicios caducos, cualquier cosa que se opusiera al juego franco del sentido común.

¡Qué gozo verlo desafiar las leyes del sábado, arrancar al templo el monopolio del comercio expulsando de allí a los mercaderes, alternar con prostitutas y esclavos, viva prueba del cual debe ser el comportamiento de un verdadero demócrata, el criterio ajustado sólo al valor, no a la castas! Porque, ¿cómo se puede insistir en la patraña de que existe un Dios que contempla las desigualdades, la miseria, la injusticia, los sufrimientos, todo el mal del mundo, y permanece con los brazos cruzados, amando al hombre? Dicen que se trata de un misterio, que haya mal, que se debe amar a Dios a través de ese misterio, aunque claro que lo dicen los que engordan no obstante tal misterio, casi gracias a él, los caballeros de la sinagoga. Y éste los había calado desde el principio, los tenía sin duda entre ceja y ceja, quisiéralo o no descargaba golpes mortales sobre la patraña.

Verdad que de entrada tal oro había aparecido envuelto en mucha ganga, como los milagros, trucos ya practicados por tantos magos, que eran una insistencia en lo nebuloso, en el oscurantismo que se atacaba. Estaban además las insinuaciones de que era una encamación de Dios, Dios mismo, aunque las enunciaba en forma suficientemente sibilina para que resultaran tolerables, y lo resultaron, marcaron en realidad el límite de su tolerancia. Pues cuando ve que aquella mujer le derrama encima el perfume de más alto precio en el mercado, las monedas de la subsistencia común, el despilfarro que no suscita reprensión sino la sonrisa complacida del preludio a una recaída de imprevisto furor en las pretensiones principescas, reconoce, cómo no, que éste es igual a los demás, ambicioso de coronar la pirámide de un nuevo Sanhedrín, partidario de las esclavizadoras diferencias sociales, torrente de reacción, que acaba de salpicarlo con lo que para su paciencia es la última gota. Y en cuanto a demagogia, especular con el fondo oscuro de los hombres, mistificarlos con la nube de la sangre y la ridícula creencia en un más allá, ha resultado al fin peor que los fariseos, si se atiende a los anuncios de la melodramática muerte que proyecta, más peligroso.

¿Qué no puede desatarse en esa ciudad hirviente de peregrinos llegados de los cuatro rincones del mundo, crispado magma de fanatismo y expectación, la mínima chispa hasta dónde es capaz de arrastrar a las masas ebrias de augurios, qué imágenes fatales, perniciosas pueden grabar el esbozo de una nueva quimera, un gesto de este extraviado? No: No será él quien proporcione zancos a otro déspota. Y si ese rostro de mirada inhumana (ligeramente oblicua, la del rey que no quiere fulminar aún a sus vasallos), si ese cráneo cubierto por el cabello aplastado, ondulado con minuciosa simetría de la que sólo se burla en la frente un mechón recalcitrante que refleja todo lo antipático de su carácter, si esa boca entreabierta y temblona, con la exasperación quejosa de los niños, reclaman un traidor, sea: él está dispuesto.

Mente fría, corazón sereno, servidor de la razón, no permitirá el encumbramiento, que progrese el espectáculo preparado, hará que lo encarcelen, sí, traicionará, si es que la fidelidad a lo sensato, limpio, merece llamarse traición. Creer que exista un dios perfecto que permite que su creación esté corrompida por el mal puede ser un capricho, veleidad de mentes débiles; aceptar que ese dios, además de existir, está encarnado en un hombre que necesita una falsa muerte para arreglar su situación, es ya una demencia que exige remedio a la carrera. A paso rápido, como avanza hacia la ciudad, entre las zarzas y las rosas silvestres que le hacen sangrar levemente las piernas sin que lo sienta, urgido ante estos seres decrépitos, animales embalsamados a los cuales la estopa que es su carne les vibra únicamente por la cólera o la desconfianza, a pesar de las negociaciones previas, desconfianza sin embargo, pues lo hacen esperar en el recinto exterior, mientras discuten la hora, magnitud, estilo de la patrulla.

Aparte, siempre aparte el que defiende la verdad, marcha con los policías en la noche, trepa por el monte a la luz de los hachones, llegan, avanza hacia el otro, el primero, nada que ocultar, obrando en nombre del bien. Y es extraño entonces cómo todo se detiene, se acalla, se esfuma, quedan solos, uno ante el otro, horas, mirándose, mientras aclara, con lentitud terrible, pese a la ausencia del sol, amanece, surge el resplandor desde el círculo íntegro del horizonte, aunque los sirvientes inmóviles no se decidan a apagar los hachones, el candente fulgor del mediodía lo traspasa todo, y sabe que él está cometiendo un insondable daño, porque la luz no lo atraviesa, resbala, rebota, se afana sobre los límites de su cuerpo, único núcleo maligno, listo a expandirse cuando la luz ceda. Grandes ratas trepan por sus piernas, se introducen bajo su vestimenta, lo habitan desde siempre, aunque acabe de advertirlo, pero no le repugnan ni lo avergüenzan, bajo la mirada de El, tan distinta de lo que había imaginado cuando no se atrevía a afrontarla, más infinita que el amor, más piadosa que la sombra, más profunda que la muerte.

Lo besa ahora, Dios, lo ha abrazado y lo besa, no para impedir la traición, sino convirtiéndose casi en el brazo que la ejecuta, mientras él, como si se desangrara, siente que es Dios, sin dejar de ser una hirviente cueva de ratas, se transforma en ese terrible misterio, gracias al beso, se ha transformado en Dios, tan lejos de sí, habiendo llegado al centro de sí, donde estaba Dios, más cerca de él que él mismo.

Sueña, pero las tarántulas del dolor llegan junto a él, tiran de sus músculos, su piel, sus vísceras, hasta que se despierta, y clama. Porque, hombre, hombre común, mente sensata, corazón pequeño, no tolera el misterio, no se comprende, tiembla ante la posibilidad de amar, sufre por perderla, y grita, sufre, y grita, para callar sólo cuando vuelven a poseerlo los sueños.

Sueña, tendido boca arriba, hinchado, cubierto por su túnica rosa, sueña de nuevo en este instante, porque esos tres sueños deben acosarlo incesantemente hasta el fin de lo creado.

Se dice que a cada uno de sus alaridos una partícula de redención desciende sobre los dementes, los tristes que son sus hermanos, la cofradía de casi todos los no muertos.

Y se dice también que por gracia al dolor que padece cada vez que despierta (inimaginable para los hombres, presumible quizá sólo por los santos) el resto del Infierno está deshabitado, para siempre, vacío, abolido.

Sueños de una Pesadilla



La pazguatería fabulosa y preternatural que absorbí con fruición durante los últimos años de mi infancia y los primeros de mi adolescencia, tanto por vía libresca como por incidencia directa de los rayos catódicos sobre mis pupilas, y me niego a citar títulos que sin duda estarán en la mente de todos, dejó algunos estigmas de naturaleza fóbica en mi talante impresionable y asustadizo.

Escribo estas notas con la esperanza de que sirvan para algo más que para dar solaz a aquellos que disfrutan con el horror ajeno. Me gustaría que este relato fuera tomado como un sincero mensaje de advertencia, que haciendo un ejercicio de concreción sería algo así: tengan cuidado con las cosas a las que temen pues puede hacerse realidad.

Dadas estas consignas, aventurémonos en los horripilantes detalles de este relato que trato de narrarles mientras aún me quede un soplo de aliento y no se agote la batería de mi portátil:

Un terror que me ha acompañado siempre y que si bien lograba vencerlo por temporadas, en otras renacía con vigoroso encono en el afán de turbarme, es el del ascensor que en lugar de detenerse en la planta baja, tal y como lo solicitase en el momento de manifestarse la pesadilla, continuase descendiendo por tiempo indefinido, llevándome hasta los abismos de la locura.

Me llevaba esta neurosis en su momento álgido a contar los pisos por los que iba descendiendo en el armatoste de hierro, y cuando llegaba al cero, un instante antes de su parada, se me agarrotaban todos los músculos del cuerpo y se me crispaba la expresión facial de manera admirable, pues en este estúpido gesto parecían sintonizarse los músculos, nervios y tendones de mi cuerpo con los engranajes de la maquinaria, y de alguna manera, no sé cual iba a ser, querían contribuir al frenado de la cabina metálica. ¡Con qué alivio salía de allí!, ¡qué fresca me parecía la brisa de la mañana!, ¡cómo disfrutaba del rugido del tráfico!

Con frecuencia olvidaba la existencia en el inmueble dos sótanos que tenían las funciones de estacionamiento y a las que se accedía a través de una llave especial, de la cual carezco. Digo esto para que puedan imaginarse mi rostro y el erizamiento de mi piel cuando el ascensor seguía descendiendo más allá de la planta baja, pues algún vecino se me anticipaba desde los subsuelos en la llamada del artilugio elevador. ¡Qué alivio cuando entraba la del quinto con la bolsa del supermercado, envuelta en una aureola de perfume!, ¡qué bella era su sonrisa, otrora bruja y hostil!

Pero un día, quizás haya ocurrido tan solo hace unos minutos, no sé, el tiempo es una dimensión con la cual tengo la impresión de haber roto cualquier tipo de relación, un día, digo, al entrar en la cabina vi, insertada en el cuadro de mandos, una llave de color plata, como lo son la mayoría, una llave, por tanto, normal y corriente.

Como estaba atravesando por una etapa de aletargamiento de mis aprensiones, en concreto la del ascensor infernal, giré la dicha llave por ver de descender hasta la planta del estacionamiento que se correspondía con la clavija en la que estaba insertada, a ver si estaba a tiempo de encontrar al propietario de la misma y devolvérsela, y también con objetivo de superar de una vez por todas mis ridículos miedos.

Pues resultó que llegada la cabina a la primera planta subterránea no se detuvo, ni tampoco en la segunda, por más que se crisparon los músculos faciales y por más que aporreé con todo mi ser los portones metálicos, a través de cuyos pequeños espacios ovalados continuaba manando con intermitencia la luz de los espacios entre piso y piso, ¿cuáles espacios?, ¿qué luz era aquella?, por más que gritara, que pulsara el timbre para detenerlo, aquello seguía bajando, ¿a dónde?

Víctima de un arrebato de histeria y estupor caí desmayado, y, comoquiera que fuese, al recobrar el conocimiento comprobé que el ascensor seguía hundiéndose en las entrañas de la tierra, pues así lo delataba una suave sensación de caída y un leve temblequear, ya que, por otra parte, había cesado de anunciarse el intermitente fulgor de los espacios luminosos y ahora, a través de las rendijas se podía vislumbrar la más absoluta oscuridad.

Como ustedes comprenderán, volví de inmediato al histerismo…. más desesperado, y se fueron sucediendo etapas de desmayo y de crisis alternativamente, hasta que, intuyo que pasado mucho tiempo, no sé si por agotamiento, o por colapso del sistema nervioso, o por algún oculto mecanismo de defensa de la mente humana, recobré mi presencia de ánimo habitual y traté de hallar una respuesta lógica, lo cual fue del todo imposible.

Dado esto, y ante la perspectiva de lo absurdo de mi situación, comencé a reírme como jamás lo había hecho en la vida; pero noté una nueva vicisitud: me resultaba imposible escuchar mis carcajadas, ni oír el estruendo al golpear las láminas de metal del ascensor, en definitiva, era incapaz de registrar sonido alguno, lo cual no hizo sino acrecentar mi ataque de hilaridad, sobre todo al observarme en el espejo de la pared, que devolvía mi figura de cintura para arriba, agitándose compulsiva y silenciosamente, como en una pantomima de la mejor escena cómica de Buster Keaton, ¡casi vomito de la risa!

No he indicado aún que mi reloj se había detenido, y pasaba el día y la noche, o lo que yo creía que eran días y noches, calculando el tiempo que podía haber pasado desde que me metí en el maldito ascensor, y así seguía sin distinguir las horas del día.

Me miraba en el espejo y lo que veía me producía más terror aún, pues si bien el reflejo era perfectamente fiel a mi imagen, había algo en él que resultaba diabólico, sin saber con certeza qué cosa era, tal vez un brillo malicioso en la mirada, un rictus en los extremos de la boca con cierto empaque satánico, no sé..., así que por fin decidí destruir el maldito espejo. Lo golpeé con los puños hasta sangrar, después destrocé el maletín contra él, incluso la emprendí a cabezazos; pero la superficie lisa que devolvía una imagen satánica de mí mismo continuaba imperturbable, por lo que en un acceso de locura fui a golpear con todas mis fuerzas con mi maletín contra el fluorescente, consiguiendo así quedarme totalmente a oscuras.

Supongo que aún me cabía la esperanza, de encontrarme en un sueño, y de que en cualquier momento despertaría, bañado por el sudor frío que provocan las pesadillas. Por ello saqué mi portátil, también del maletín, cuya luz me ha acompañado hasta ahora.

La batería de la computadora está a punto de acabarse y mis ojos se tornan pesados, no tengo la certeza de si voy a despertar o voy a caer en un sueño que va a repetir una y otra vez… de lo que sí estoy seguro es que no he despertado de mi pesadilla….

viernes, abril 21, 2006

Historia de un lexicógrafo



No debería decirlo, pero acaso sirva para que se comprenda un poco mejor lo que voy a contar: soy lexicógrafo, aficionado a los libros y apasionado de las letras (de las letras, no tanto de la literatura). Me gusta seguirle la pista a una palabra a través de otras mil, a las cuales sigo por la huella con verdadera aplicación hasta que pierdo el rumbo. Tengo la puntual manía del absoluto, que suele dejar a los hombres en la penumbra polvosa de la indefinición.

De mis antepasados --duques, condes, gente del común-- heredé la costumbre infinita de contar hasta el último los pelos de cada gato que encuentro en el umbral de una casa. Me he esforzado en sacar algún provecho de ese entusiasmo vicioso y egoísta y he logrado transformar la fascinación de rnis ancestros en un oficio filantrópico: la lexicografía. Sin embargo, he alterado la neutralidad del orden antiguo: ninguno de mis mayores conoció siquiera el significado de la palabra destino; yo, en cambio, he aprendido a leerlo hasta en las más pequeñas nimiedades y ahora me ocupa el corazón y el pensamiento con su impertinencia inacabable.

Los teólogos, eruditos, maestros, carniceros, barrenderos y demás personas de hoy en día están de acuerdo en una cosa: ya no hay oráculos. A mí --un bicho raro por la profesión y las inclinaciones que en mí repite una familia muy antigua-- me hace todavía más extraño el opinar lo contrario. He dicho que la tonante voz del cosmos aún puede escucharse entre las calles de las grandes ciudades y que los oráculos no han callado, que el infinito tiene la lengua desatada y que ahora habla más y mejor que antaño. Esto me ha granjeado la extrañeza de mis semejantes, cuando no la incomprensión o la franca desconfianza.

Diré brevemente cómo ha sido. Hace unos años tuve una novia de mejillas encendidas y muy hermosa. Fue la primera cuyo codiciado cuello aprendí a respetar, aun soportando los rigores que me imponía la dieta casta y fiel de las gallinas. Pero tanto corazón leal y acomedido fue insuficiente: ella no supo comprender mi paciente labor de abstinencia ni contener la urgencia de su primer reproche. La inercia, con su avidez de eternidad, hizo el resto, insaciablemente. Por no responder a la sangre con sangre, me fui volviendo hacia el silencio y la oscuridad.

Al fondo de esa íntima humildad de bruma encontré a mi novia, abstracta y pura, menos provocadora en los intencionados chisporroteos de la carne pero más llena de calor y de vida. Mi seguridad y la de mi novia exterior estaban allí, en el fondo de mi exangüe corazón. Pero hacia afuera, en el poblado mundo de los mortales, yo era sólo timidez y miedo. Así que comencé a detestar esa figura hecha de fingimiento y me detesté en el aire, en el mundo donde escuché decir a mi novia: "¿Qué ha sucedido contigo? Antes eras un hombre muy seguro de sí mismo..."

Yo manejo para olvidar. Como el alcohol y las drogas me son funestos --y aun podría ser que mortales--, he aprendido a desentenderme de cualesquiera ofensas sumergiéndome en esa actividad ambigua --mezcla de concentración y acto mecánico-- que es conducir un automóvil. Me dirán que esto es "escapismo" y que poca honra se puede obtener de ello. De acuerdo. Pero he visto a las gallinas sufrir menos frente a la muerte si han aceptado beber antes un poco de cogñac. Con los pavos navideños ocurre lo mismo: su escapismo tiene mejor sazón que la dureza abnegada de los realistas. Reconozco que este argumento culinario en favor de una actitud moral conviene más a quien come que a quien es comido --por eso lo doy yo, y no la gallina--, pero cualquier hombre sensato aceptará que no conviene por igual a los escapistas y a los realistas.

La tarde en que mi novia pronunció su cruel acusación de inseguridad, yo conducía el automóvil en que viajábamos, así que pude hundir la cabeza y hacerme el desentendido.

Fijé la mirada en la placa del automóvil de adelante. Era del estado de Puebla --o tal vez de Oaxaca-- y tenía las siguientes letras: TMM (te-eme-eme). De pronto escuché mi voz, fuera de mí, diciendo: "Témeme. Témeme, amor." No sé si ella escuchó la advertencia, pero al llegar a mi casa y cerrar la puerta detrás de mí todavía me zumbaban los oídos. Y me le eché encima. Recuerdo que gemía, gritaba, lloraba, agitaba el delicioso cuello. Se desmayó.

Pero, ¿deveras le ocurrió a ella algo como lo que describo? No, todo aquello me sucedía a mí, era en mi cuerpo donde se saciaba el furor, en mi cuerpo y no en el de ella: nada se alteró en el mundo natural. Debo agregar que no la amé para fundirla a mi familia y que no bebió de mi sangre ni recibió de mí "el bautizo del vampiro". Mi pasión no tuvo el apego ritual que hubiera podido iniciarla en mi vida y en mis costumbres. La inició, en cambio, en algo mucho más vasto y secreto, en una indiferencia que yo desconozco y en la cual no puedo iniciarme porque me rechaza.

Cuando hube saciado la ancestral avidez de mis mayores, me aparté de ella besando sus labios fríos. Subí al automóvil y anduve por la ciudad sin rumbo fijo. Pero el negro entusiasmo de la carne no se había apaciguado y alcancé a escuchar mi voz, nuevamente fuera de mí: "Está bien, amada mía, sea como tú quieres: conoce el mundo que me está vedado; toma de mí lo que yo no puedo recibir de ti.

Está bien, amada mía: sécate." Y la recordé, helada, sobre la cama, mientras leía una nueva placa: CKT. Detuve el automóvil mientras duraba el eco bárbaro de la palabra terrible. Alcé los ojos al cielo y pregunté: "Dioses de la Hélade, ¿es esto el destino?" Y desfilaron ante mis ojos TCO (Teseo), CLN (Selene) y la osada EKT (Hécate).

"¿Es posible? ¿Es posible?" Me hundí en la rala espesura de un parque para no aturdirme y permanecí alejado de las voces durante unas horas. Muy entrada la noche salí de mi escondrijo dispuesto a enfrentarme al vocerío. Cien mil pequeños demonios se unieron en un escándalo confuso. Alcancé a comprender, sin embargo, que --entre mensajes perdidos, acusaciones, insultos y consejos impertinentes-- se burlaban de mí a sus anchas: VGC (véjese), CPK (se peca), EKT TMA ATO (Hécate te mea, ateo), CKT DCO (sécate deseo), AJT (ajótate), CLN FAY (Selene e' fea y griega). Leyendo el último cero de una placa como la letra "o" se podía entender: OBDC (obedece)... Tanto escándalo, sin embargo, no me fue inútil. Ejercité y perfeccioné mi lectura hasta comprender que las primeras letras que el oráculo me había destinado (TMM) no tenían la simpleza que yo suponía y que no sólo podían leerse "témeme" sino --¡oh dioses del hado!-- Te-emes: "temes".

Hacia el amanecer pude invocar a mi novia muerta. Como quería evitar que otras voces se mezclaran a nuestra intimidad, elegí una calle solitaria y triste para aguardar su respuesta. Las fuerzas se me esfumaban con la espesura de la noche y me asaltaron unas ligeras náuseas cuando comenzaba a clarear. Un automóvil se detuvo junto a mí y el conductor me pidió fuego para encender un cigarrillo. Se lo di atropelladamente, esperando ver la placa milagrosa: un extraño mensaje, compuesto por una rara combinación de letras y, en medio, la aborrecida cruz en que me han crucificado mis amores: TXE (te quise). El mismo conductor pudo ver, al alejarse, cómo me desvanecía. Me recogió y me llevó a casa. Desde entonces no salgo. Me he dedicado a una recóndita lexicografía y he vuelto a la piadosa dieta de las gallinas. Desde entonces lo leo todo, aunque con temor, con temblor.

Pócima de Amor



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He tenido tiempo para darle rienda suelta a la imaginación
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Las narraciones de los consortes demoníacos también traen a la mente aquellos ejemplos en que los satanistas descarriados han buscado crear pócimas de amor que les dieran un poder ilimitado sobre el sexo opuesto. Un acontecimiento que tuvo lugar en New Jersey hace unos años es un clásico ejemplo de cómo la combinación de sexo, vudú y oscuros deseos puede provocar un motivo espeluznante para el asesinato y el sacrificio humano.

Juan Rivera Aponte había nacido en Puerto Rico y había sido educado en una mezcla de cristianismo, magia negra y vudú. Siempre desde su infancia había oído a los hechiceros hablar de una legendaria fórmula que podía darle a un hombre control sexual completo sobre las mujeres.

Cuando vino a los Estados Unidos, consiguió un trabajo en una granja de pollos en las afueras de Vineland, New Jersey. Se encargó de traer consigo algunos de los antiguos libros de magia negra de su familia en su vieja maleta, y una vez que finalizaba sus tareas en la granja se pasaba las noches indagando en los viejos volúmenes en busca de la pócima mágica de amor. Aunque esas noches eran más bien solitarias y deprimentes, en su corazón sabía que pasaría las noches futuras haciendo el amor con mujeres hermosas.

Su mente enfebrecida se había centrado en una muchacha en particular. Una hermosa estudiante de instituto de ojos oscuros, cabello negro y un cuerpo que empezaba a florecer había llegado a obsesionarle. Juan sabía que ella era demasiado joven para casarse, pero la magia la obligaría a entregarse a él.

CONTROL COMPLETO SOBRE LAS MUJERES, QUE LAS CONVIERTE EN ESCLAVAS DE AMOR

Finalmente, en un viejo libro de vudú, encontró la fórmula para una legendaria pócima esclava de amor. Había vuelto las amarillentas y frágiles páginas del antiguo tomo hasta que sus ojos se clavaron en el texto español bajo el título que prometía Pócimas de Amor.

Le temblaba todo el cuerpo de ansiedad mientras leía las instrucciones y los ingredientes. Las alas de murciélago desecadas serían fáciles de conseguir. Las entrañas de lagarto presentaban pocos problemas.

Confiado, siguió leyendo. Mezclaría y prepararía la pócima de inmediato. Todas las mujeres que deseaba serían sus esclavas de amor.

POLVO TRITURADO DEL CRÁNEO DE UN NIÑO INOCENTE. Entonces leyó el último ingrediente, y la respiración se le entrecortó ásperamente en la garganta.
Rocía la pócima con harina de huesos reseca y triturada de un cráneo humano. El polvo ha de prepararse del cráneo de un niño inocente.

Juan soltó el libro y se levantó de la silla de un salto. Aunque quedó momentáneamente asqueado de horror ante esa cosa sórdida que debía hacer, sabía que ningún precio sería demasiado alto por su derecho a tener a cualquier mujer que quisiera.

La noche del 13 de octubre, Roger Carletto, un estudiante de instituto de trece años, planeaba ir al cine en Vineland con su hermana. Un tío me debe un dólar le dijo a su hermana. Espérame mientras voy a pedírselo. Montó en su bicicleta y pedaleó a toda velocidad por North Mill Road en dirección a las afueras de la ciudad.

Cuando Roger no regresó en un tiempo razonable, su hermana se lo contó a sus padres, y después de un intervalo más largo, la familia se lo notificó a la policía. A Roger Carletto nunca más se lo volvió a ver vivo.

Pasó el invierno, y cuando llegó el deshielo de la primavera, se repitió el dragado de los ríos y estanques de los alrededores de Vineland en busca del cuerpo del chico desaparecido.

En el verano todo el mundo se preguntaba qué le había sucedido a Roger Carletto. La policía aún carecía de pistas sobre su desaparición. Era como si el chico, sencillamente, hubiera entrado en otra dimensión. EL CUERPO DESMEMBRADO EN EL GALLINERO

Entonces, en la noche del 1 de julio, las autoridades recibieron por fin su primera pista en el caso. Los patrulleros Joseph Cassissi y Albert Genetti respondieron a una llamada nocturna realizada por un granjero de North Mill Road que dijo que su mozo de campo se había vuelto completamente loco. Según el joven granjero, su esposa se había despertado durante la noche y había descubierto a su mozo, Juan Rivera Aponte, paralizado en su cuarto de baño, de pie, como si fuera una estatua de piedra. Tenía un palo en la mano, que comenzó a blandir ante la pareja, hasta que el granjero se lo arrebató.

Los dos agentes de policía fueron conducidos hasta el cuarto de Aponte, situado encima del gallinero. Era un hombre delgado, de cabello y ojos oscuros, casi hipnóticos. Dormía en un camastro rodeado de varias botellas de cerveza vacías. Las paredes del cuarto estaban cubiertas de fotografías de chicas desnudas y estrellas de cine.

Durante el interrogatorio inicial de Aponte, afirmó que su jefe, el joven granjero, había matado al niño Carletto y lo había enterrado en el gallinero. Siguiendo las instrucciones del mozo de campo, la policía se puso a excavar en el suelo de tierra del gallinero y quedó sorprendida al encontrar el cadáver del muchacho. El cuerpo estaba vestido sólo con unos pantalones cortos, y le faltaba la parte superior del cráneo, la mano izquierda y un pie. Siguiendo con la excavación, los agentes desenterraron el pie y la mano, pero no pudieron encontrar rastro alguno de la parte que faltaba del cráneo.

Al horrorizado granjero, que estaba demasiado atontado para protestar por su inocencia, se le pidió que acompañara a los agentes a la comisaría. El detective Tom Jost no podía creer que el granjero fuera culpable, aduciendo que tenía fama de ser un hombre muy trabajador y de buen carácter. Aponte había afirmado que su jefe había matado a Roger Carletto debido a su ascendencia italiana, y que el granjero odiaba a todos los italianos porque en la Segunda Guerra Mundial habían sido fascistas. Jost no podía tragarse un prejuicio que se remontaba a la Segunda Guerra Mundial como un motivo convincente para matar y mutilar a un adolescente.

LIBROS EXTRAÑOS Y ANTIGUOS DE MAGIA NEGRA, VUDÚ Y HECHIZOS DE AMOR. El capitán John Bursuglia tampoco se creyó la historia. Ordenó un registro del cuarto de Aponte y contrató a un traductor para que le contara qué había en todos esos libros viejos escritos en español.

Entonces, a la mujer joven que había actuado como intérprete durante los interrogatorios de Aponte se le asignó la lectura de los libros del mozo de campo. No le hizo falta más que un vistazo para informarle al capitán Bursuglia que los volúmenes trataban de vudú, rituales de magia negra e instrucciones sobre cómo hechizar a la gente.

Varios días después consiguió la total atención del oficial de policía, cuando leyó en voz alta los ingredientes para una pócima de amor especial, una que requería el cráneo de un niño inocente. Después de cinco horas de ser interrogado por los detectives y de dar respuestas evasivas e insatisfactorias, el puertorriqueño finalmente se derrumbó y confesó el asesinato de Roger Carletto.

Aponte explicó cómo había necesitado esa pócima de amor con el fin de conseguir a la chica de sus sueños. Se había estado preguntando dónde podría dar con un joven inocente cuando Roger Carletto llamó a su puerta. Éste le había prestado un dólar a Aponte y quería que se lo devolviera.

HABRÍA MATADO A CUALQUIERA PARA CONSEGUIR ESE CRÁNEO. Necesitaba el hueso triturado del cráneo dijo Aponte con indiferencia. Habría matado a cualquiera para conseguir ese cráneo. Dio la casualidad de que Roger fue el primer niño que apareció.

Los horrorizados oficiales escucharon en silencio mientras Aponte describía cómo había golpeado al muchacho, cómo le había estrangulado con una cuerda y cómo había enterrado luego el cuerpo en el suelo de tierra del gallinero.
No dejé de regar la tumba para evitar que el cuerpo se hundiera explicó . No quería que mi jefe viera la depresión en la tierra y sospechara algo.

Pasados unos meses, desenterré el cuerpo y le saqué la parte superior del cráneo con un cuchillo de cocina. Luego volví a meterlo en la tumba, le pasé unos alambres al cráneo y lo colgué dentro del hornillo de mi cuarto. Quería que se secara rápidamente para poder terminar la pócima.

¿Por qué había irrumpido aquella noche en el hogar de su jefe? Aponte sólo pudo sugerir que había bebido mucha cerveza y que quizá quería que lo atraparan. Tal vez su conciencia le había vencido.

Creo que lo hice con el fin de que viniera la policía y me arrestara.
Las pruebas psiquiátricas indicaron que Juan Aponte conocía la diferencia entre el bien y el mal. Durante su juicio, el asesino del vudú presentó un alegato de no defensa y fue sentenciado a cadena perpetua.

Jamás llegué a completar mi pócima de amor de esclava se quejó Aponte a un compañero de celda antes de ser trasladado a una prisión estatal. Sé que habría funcionado. Podría haber obtenido el poder para tener a cualquier mujer que quisiera.