sábado, mayo 20, 2006

Roberto Benigni - Discurso contra Dios

Nota: Claro que esta no es una de mis historias. Espero la disfruten tanto como yo.

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Quiero hacer un breve paréntesis en relación a la economía divina. Nuestro Señor, creo, podía habernos ayudado desde el principio. Yo creo en él, porque nunca se sabe. Total si existe, existe, y si no existe, no jode. Pero si existe, digo: somos cinco mil millones de personas ¡con todos los planetas que hay tenía que meternos a todos en éste! Es como si un padre tuviera veinte hijos y un edificio de cincuenta pisos y decidiera encerrarlos a todos en el garage. ¿De qué estamos hablando? Nos tendría que haber ubicado un poco mejor.

Pero no, Nuestro Señor es un capitalista, y todos estos planetas son un abuso. Pura especulación planetaria. De hecho, cuando Galileo los descubrió, el Papa lo hizo arrestar enseguida. Lo hizo pasar por idiota y le dijo:¿Cómo es ése asunto de que la Tierra gira?". Galileo dijo: "Es la Tierra la que gira alrededor del Sol, y no como dicen ustedes". Entonces el Papa dijo: "¿Pero éste es idiota? ¿Vieron alguna vez una casa girar alrededor de la estufa?".

Naturalmente, además de crear a los hombres, Dios ha construido a los animales, los vegetales y los minerales: un quilombo tan grande que ya no se entiende nada. Pero cuando los hombres se enojan, viene el diluvio universal. Después, Noé tiene tres hijos: Sem, Cam y Jafet. Los tres son hombres y dan lugar a las distintas razas. Al rato, Dios lo llama a Moisés y le dice cuáles son las cosas que se pueden hacer y cuáles las no.

Las cosas que se deben hacer son los diez mandamientos; las que no se deben hacer son los siete pecados capitales. Ahora bien, yo estudie bien esos siete pecados capitales y son las cosas más abominables del mundo. Y Dios las hace todas. La soberbia, por ejemplo: si hay alguien soberbio, ése es Él, el ser perfectísimo, poderosísimo, presentísimo. "Comparado conmigo", dice, "Nembo Kid es un imbécil y a Buda lo saco de taquito".

Hace falta un poco más de humildad. El mismo nombre Dios. Hubiese elegido un nombre más humilde. Hubiese dicho: "Soy Guido, no habrá otro Guido más que yo". O si no: "Ayúdense entre ustedes, que Guido los ayuda a todos". O "Llueve porque Guido quiere". Si fuese más humilde sería más simpático. La ira: no hay nadie que se enoje más que él. ¿Adán y Eva arrancaron una manzana? Madre mía, se enojó como un loco. "¡Fuera! ¡Tú trabajarás con el sudor de tu frente! ¡Tú parirás con dolor! ¡Fuera!". Una manzana yo me la pago, no hay porque enojarse de esa manera. Está bien, incluso admito que uno se puede enojar por una manzana, pero después se le pasa. ¡Ah! No, a Él no se le pasó. Van dos millones de años y nos seguimos bautizando por culpa de esa manzana.

La lujuria: no quiero entrar en asuntos privados, pero somos todos hijos suyos, ¿o no? Somos cinco mil millones de personas, ¿o no? La avaricia: no hay nadie más avaro que Él. Al pueblo elegido -los judíos- les prometió un pedazo de tierra hace dos millones de años. "Si, aquella tierra se las prometí, pero nunca dije que se las iba a dar". ¿O sí? Los diez mandamientos. Ésa si era una buena idea. Sólo que los hizo a favor del rico.

Convengamos que es más fácil ir al infierno para los pobres que para los ricos. Por ejemplo, a Agnelli, el dueño de la Fiat, con todo el dinero que le han dejado, le dicen: "Honra al padre y a la madre" ¿Y que va a decir? "Gracias madre, gracias padre. Cuando mueran agarro todo yo".

O no desear las cosas de los demás. También es algo muy fácil para Agnelli, porque si todo es suyo ¿qué va a desear? En suma: Nuestro Señor debería ocuparse un poco más de los problemas del proletariado. Porque nuestro creador consiguió que nos insertáramos en el mundo moderno de manera homogénea. Él podría conseguir enseguida que estuviéramos mejor. Tomemos los inventos, por ejemplo. ¿Por qué no nos hizo descubrir enseguida la calefacción, evitando que mil millones de personas murieran de frío en el pasado? ¿No podía? Creó a Adán, tomó una costilla suya e hizo a Eva. O sea, que bien podía agarrar, no sé, una oreja de Eva y hacer una estufa. Así quedaban los hombres con una costilla menos y las mujeres sin una oreja, y aunque hubiese hecho falta gritar un poco, habríamos estado un poco mejor, ¿no?

Durante siglos se comió carne cruda y hubo miles de virus. ¿No podía ayudarnos a descubrir antes la penicilina y los antibióticos? No, prefirió esconderlos en los hongos. Y eso es tener una mentalidad de revista de crucigramas.

¿A quién se le ocurre ir a buscar los antibióticos en los hongos? Hay gente que los buscó durante toda su vida y no los pudo encontrar. Es como si yo les escondiera el jabón a mis hijos: van a lavarse, no lo encuentran, entonces se agarran tifus y cólera, y se mueren. Al final, para divertirme, les digo: "¿Saben a dónde había metido el jabón? Debajo de la toalla, ja, ja, ja". Pero ellos ya están muertos. Entonces, ¿qué nos quiere decir con eso? Nos quiere decir: "Soy Dios y me cago en ustedes".

miércoles, mayo 10, 2006

La Ira del Discípulo



El nombre de la historia es por Santi; nene una vez más... gracias :*****************
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JUDAS. Allí está, en el centro del Infierno, punto que es asimismo la base de toda la morada. Sobre el recinto que lo aloja se alza el misterioso edificio, vastísima y en apariencia caótica construcción de la que nadie sabe dónde se inicia ni hasta dónde se extiende, pero en algunas de cuyas habitaciones penetramos, junto a algunos de cuyos muros marchamos, los no muertos, en esta Tierra, sin saberlo, acaso sintiéndolo, porque es aquí donde empieza ese reino que podemos franquearnos con un gesto: se los reconoce —a tales cuartos, a tales paredes—, pese a su aspecto natural y humano, por un latido singular, seco y afiebrado, que percibiríamos con perturbadora claridad si apoyásemos una mano sobre ellos; se dice que los latidos son los del corazón del condenado que está en el centro, y que resultan más notables en los límites exteriores del edificio que sobre el pecho mismo del que surgen, que parecería yerto; pero sólo uno ha tocado ese pecho.

Está echado boca arriba, cubierto con una túnica de color rosa muy tenue, está inmóvil, el vientre desmesuradamente hinchado, sin duda a causa de la larga permanencia en la misma posición; mantiene los ojos casi siempre cerrados, pero al anochecer los abre, negros, con una chispa en el medio, de fijeza irreal increíble: un largo aprendizaje debe haber tras esa cautela que hace que no los desvíe hacia lado alguno. Porque el recinto en que yace se halla invadido por una bruma blanquecina y húmeda, a causa de la cual mana de toda cosa un abundante sudor frío y resulta imposible distinguir los confines del lugar; pero, no obstante, la bruma permite ver sombras que se mueven en torno al condenado, formas negras, más grandes que un hombre, a veces quietas, velludas, arañas, ta¬rántulas gigantescas, se cree.

Con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, bajo la escolta de sus negras compañeras, sueña, esto es, en su presente infinito —en esa condición desde la que por fin advierte que tanto tarda en caer a tierra el pétalo de una rosa como una existencia humana en transcurrir o una estrella en apagarse, en ese estado en el que comprende que todos los siglos pasados, presentes y futuros son una sola, efímera chispa—, vuelve a vivir, fantasiosa, terroríficamente, algunos de los instantes que ahora se agolpan en tropel contra él, pero que en este mundo, convertidos en actos o peligrosas larvas de actos, guardando una sucesión que parecía un orden, compusieron el fuego para su eternidad.

Llega a la casa del monte, donde los otros están reunidos, tan lejos, tan alto para un mediodía ardiente, aunque no por capricho, sino por precaución, prudencia en la que también se mezcla una veta de desafío, pues la ciudad está demasiado cerca. Del agua tibia, de los pescados descompuestos, de los eucaliptos color coral bajo la corteza rota, de las porquerizas, de los limoneros en flor, cunde sobre el país entero un olor a felicidad putrefacta, que a él lo oprime, lo fatiga más que la marcha hasta el vómito.

En tres oportunidades le habló ya, cada vez que le oyó anunciar sus proyectos insensatos. ¿Qué es la humanidad, qué es el reino de otro mundo?, le dijo. Fantasías, fantasmas, vacías generalidades. La humanidad soy yo, y aquél y aquel otro que te siguen, aquellos a quienes piensas abandonar a mano de los verdugos; el otro mundo más valdría que se hiciese sentir un poco aquí abajo. En cada oportunidad le lanzó una mirada excesivamente dura, acaso excesivamente tierna, le contestó con el silencio. ¿Será el Dios? Nunca lo creyó ni dejó de creerlo. Por lo demás, ¡tanto importa! Mientras esté en la Tierra como hombre, ese relámpago debe servir al hombre.

Ahora llora, de pie, erguido en su elevada estatura, hermoso, con una pelusa apenas visible sobre sus mejillas de niño consentido, llora, y los otros, tirados en la habitación, lo contemplan sin saber qué hacer, excepto Juan, por supuesto, que se abraza a sus piernas y también llora. No lo esperaron para comer, ahítos ya de un pan ácimo devorado más por miedo que por hambre; pero él no quiere comer. Habla. En seguida de llegar, aunque es de noche cerrada, aunque el habitáculo se llena de escorpiones, cincuenta, cien, que los demás matan como pueden. Lo enfrenta. ¿Has visto el dolor de los que te siguen, la miseria de nuestro pueblo esclavizado, los leprosos, los famélicos, el abandono en que viven?, le dice.

¿Qué derecho tienes a buscarte el suicidio cuando los que te amamos confiamos en que no nos dejarás solos con nuestras llagas? ¿En qué Dios te convertirás cuando la muerte te haya cerrado los ojos al sufrimiento? Lava primero el mal que tienes a tu alcance, y piensa, habla luego, si te queda tiempo, del otro mundo: eso le dice. Lo hace llorar, para impedirle que termine con una mísera muerte de delincuente su vida de taumaturgo capaz tal vez de sacrificarlo todo por el brillo. Gracias a esa dura sabiduría suya se ha tornado posible esta mansa, triunfal entrada en Tesalónica: aunque deba viajar en litera cubierta, pues la luz demasiado intensa le hace daño, El puede ver —levantando un poco los visillos— no sólo a los pobladores, arrodillados en reverencial silencio ante su paso, sino también a los soldados, los romanos, abandonados por sus jefes, que huyeron, ligeramente despavoridos, ante el éxtasis en que cayeron sus inferiores a la noticia de que llegaba quien llegaba.

Y este paso por Nicópolis, donde el mismísimo cónsul los honra con su untuosa cordialidad burocrática, les ofrece su mansión; y este feliz arribo a Nápoles, donde sus preceptos se cumplen antes de verlo siquiera, todo esto se lo deben a él, a él, capaz de presumirlo desde el día en que descubrió al entonces joven hipnotizador desperdiciando sus actos mágicos en curaciones arbitrarias, que beneficiaban a uno y dejaban a la multitud seducida, pero tan enferma como si no hubiese ocurrido nada, lo comprendió cuando abandonó sus importantes posesiones, su situación social, las tradiciones: el jovenzuelo, guiado, podía llevarlos muy lejos por el camino de la salvación de su escarnecida raza.

Hasta Roma, como lo dijo con sincero, fervoroso regocijo Caifás, la noche que él logró que se abrazaran en el monte de los Olivos, la Roma bañada por la luz lunar que contemplan desde lo que fuera recinto del Senado, silla ahora del dulce poder, del verdadero Dios, pastor de los pueblos satisfechos, libres y pacíficos. Pues eso esperan las naciones, a los discípulos, a los misioneros que, tras un sumario curso de adiestramiento, llegan, multiplican y multiplican los panes, sin dificultad, incluso de modo un poco mecánico, curan los males con panaceas asombrosas, que se les entregan a granel, persuaden a los ricos —quizá con cierto esfuerzo, pero siempre eficazmente— para que cedan sus bienes a los pobres, en el tiempo en que tarda una mano en abrirse erigen altos palacios donde sólo había tugurios, pantanos, alargan la dicha a todos.

Henchidos de agradecimientos, peregrinos y legados de cada comarca del orbe avanzan con unción hacia este sitial del bien, avanzan, interminablemente, en bello orden, bajo la mirada paternal de los fornidos, minuciosos guardias (pues la felicidad común enfurece tanto a los que fueran explotadores, poderosos, que es menester durante esta generación —nada más que durante esta generación, claro está— reforzar con prudencia la vigilancia para que cuatro insensatos no logren desbaratar lo construido). El príncipe los recibe, a la distancia considerable que la santidad exige, los mira llorando, porque le ha quedado esa costumbre, que recrudece sobre todo en las oportunidades en que se cruza con Pedro, quien ha engordado tanto, llora, sin causa, teniendo en cuenta que incluso en los milagros especiales, a los que ahora se limita, alcanza cumbres no imaginadas, como esta resurrección del tal Lázaro, al que arrancó de la tumba hediendo, rígido, en forma quizá un poco espectacular para estos tiempos, pero de cualquier modo edificante, si se deja de lado a la parienta del resucitado, a la que ya no es posible sacarse de encima, siempre con su frasco de ungüento.

La verdad, él siente de pronto miedo ante milagros semejantes, debe confesárselo, se pregunta si será el Dios, pero piensa en seguida que está ya viejo, algo chocho, con sus arrebatos de patética grandeza, y que aunque ahora se le ocurriera hacerse crucificar no conseguiría que le diesen el gusto, entre gentes tan satisfechas, nadie que aspire ya a nada, en la perfecta organización que se extiende a toda la superficie habitable, nadie que quiera cosa alguna fuera de lo que tiene, hasta tal punto que muchos, en el hartazgo de felicidad, ceden a la censurable moda que busca un último goce en el suicidio.

Salvo la insignificancia de los escorpiones, que extrañamente se multiplican en las ciudades, irrumpen aquí, en el mismo recinto del bien, a decenas, a centenares, pero a los que los discípulos, gracias a una larga práctica, ultiman con gran destreza, la situación alcanzada merece un solo calificativo: perfecta. Y resulta grato ser el lugarteniente del príncipe (habiéndose al fin establecido las imprescindibles jerarquías), recibir los reflejos más directos de su nimbo, ser un segundo acaso más importante que el primero, pues la acción está en su mano, y las masas agradecen más las acciones que las promesas, vivan su nombre a la par que el del príncipe, ahora que han salido a los balcones, lo vivarán más cuando, con los treinta dineros que cada fiel debe donar a la entrada del templo, el bienestar crezca y crezca y crezca.

Sueña. Pero sus velludas compañeras velan, marchan en círculo en torno a él, se detienen, adelantan sus negras cabezas, hunden los picos en los pómulos, bajo la túnica rosa, en el pecho, en el vientre, en los que han sido, son o serán sus genitales, muerden, tiran. El condenado sale de su ensueño, ve dónde está, la morada cuyo horror se torna más nítido a luz evanescente de su quimera, ve, y lanza un alarido, no por dolor, sino por ver, pues las heridas, como en este mundo, no están destinadas a hacerlo sufrir, tienen por fin llamarlo a la realidad, a juicio ante ella, pero su alejamiento es tal que aproximarse se confunde con lo doloroso. Clama, calla, vuelve a clamar, con una fuerza que haría estremecer las paredes, si esas paredes pudieran estremecerse. Después se reanuda el silencio. Que parecería no haber sido interrumpido jamás.

Es que, otra vez, sueña, mientras las oscuras formas retoman su ronda, cede nuevamente a las llamas de su éxtasis.

Por fin, por fin entiende, estalla en su cerebro la luz prodigiosa, se multiplica en otros estallidos igualmente esclarecedores, después de tanta penuria de vida crasamente material, después de obedecer a ciegas en la noche de lo que no era fe sino credulidad, entiende. Los torpes, los bastos, los medrosos se apartan temblando hasta los confines más remotos del cuartucho, vuelven la cara contra las paredes, querrían desaparecer en ellas, habiendo oído decir al Maestro que aquel a quien dé el bocado será el que lo entregará, habiendo visto estirarse hacia todos, con el gesto del más pobre de los pobres, la mano que ofrece el bocado.

Qué ascenso entonces, no sólo por arriba de los otros, sino también hasta la altura del Maestro, cuando se adelanta, en apariencia sereno, pero lo cierto que estremecido de gloria, y toma el bocado, come, único dispuesto al sacrificio, único dispuesto a darlo todo, igual que el Maestro, come. Pues, ¿de qué modo, si no? Descubre, más penetrante que cualquiera, qué les exige, qué les suplica El: que lo entreguen, uno con amor más fuerte que el amor, decidido a descender al pozo en cuyo fondo yace el puñal reservado a su pecho, que lo arrastren al patíbulo, para que lo que está escrito sea consumado.

¿Quién lo hará? ¿Acaso los tibios regentes de la sinagoga, con imaginación a lo sumo para mandar una banda de sicarios a fin de que ejecuten una tropelía inútil entre las sombras? ¿Acaso los tiernos discípulos, hijos de la confusión y la pasividad, que no saben más que lamentarse, asombrarse, llorar? Nadie fuera de él con fuerzas para contemplar al Maestro con las manos atadas atrás, tan evidentemente diminuto entre los gordos doctores que, envalentonados por la superioridad numérica, lo interrogan, lo vejan; sólo quien tenga la religiosidad de él puede ver el rostro simple y maduro, de ojos chispeantes de dignidad, el rostro enmarcado por el cabello azulino y ardiente, por la barba de noble abundancia, el rostro amado y temido, padeciendo las bofetadas de esa crápula, los escupitajos, y saber que todo lo que acontece es obra suya.

Y aún lo peor, a tanta distancia de la cruz gloriosa e infamante, oír el gemido de la hora nona como si lo gritasen junto a sus orejas, sobrellevar de pie, inmóvil, en medio del campo, las tres horas de oscuridad diurna, sintiendo cómo tira de él hacia el centro de la Tierra el peso prodigioso, mágico de los treinta irrisorios dineros por los que había simulado venderse. Cuánto más fácil ser uno de los once, llegar a la casa del supuesto traidor después de los días iniciales de confusión, arrodillarse ante él y reverenciarlo, habiendo empezado a descubrir su grandeza, que aunque el Maestro entregó el cuerpo, la sangre, él dio algo más preciado, el alma, el amor, ese amor que ellos graciosa, cómodamente pudieron demostrar en forma invariable hacia el Maestro antes, hacia él ahora, al terminar por filtrarse en sus espesas cabezas la luz, besándolo, abrazándolo, pese al inconveniente que significan las pequeñas serpientes verdes que han penetrado en la casa, se echan sobre los adoradores, intentan introducirse en las partes más molestas, hay que arrancarle una a Pedro, entre los chillidos del infeliz.

Por otro lado, ¿quién de ellos hubiera podido acertar con el camino entre la maraña de señales legadas por el Maestro, que, si se quiere, había hablado a veces un poquito demás? Hubiesen cedido a la primaria, sentimental propensión a imitarlo, se hubiesen buscado el sacrificio, llámeselo cárcel, leones, crucifixión u hoguera, borrado en unos meses cualquier rastro de ellos, incluso de la doctrina, el curioso poder de ser los administradores del otro mundo derrochado en un tris. Imposible que llegaran a comprender que en materia de gestos desesperados bastaba con lo del Maestro, que era necesario ceder paso a la razón va, al cálculo, para obligar a la fuerza romana a un pacto, colocándose bajo la tibia ala del imperio, pero siendo su mismo corazón, desalojados de allí los idolatras, y avanzar a la sombra de sus picas y espadas en la conversión de los pueblos aún renitentes.

No, no estarían hoy en el Capitolio, guardianes de la fe oficial, amparados y, sin embargo, independientes, por no escatimar apoyo a nadie, ni a gobernantes ni a opositores, estar sabiamente con los oprimidos y con los que los oprimen, pues, ¿qué es el mundo sino ciudadela del Demonio, sitio de prueba? Así hay que dejarlo, en toda su iniquidad. Merced a esta iluminada, piadosa diplomacia, la iglesia es finalmente ecuménica, incluso al disperso pueblo asesino se le brinda auxilio, estando cada uno de sus integrantes registrado, fichado, a la espera del turno para el potro de tortura que lo conducirá a la salvación que su enferma voluntad no te permite desear. Una, infalible, el pecho se les llena de gloria cuando contemplan en los mapas la extensión de la iglesia, el cumplimiento del mandato del Maestro de difundir su evangelio, aunque haya sido preciso actuar con rigor contra algunos desequilibrados que, invocando la enseñanza, pretendieron cometer irregularidades, curaciones milagrosas, sacrificios de amor, manumisión de esclavos, toda la gama de lo subversivo.

Bien estaba eso en el pasado, cuando el Maestro moraba con ellos, pero ahora Dios regresó al cielo, y en la Tierra han quedado los hombres: cada cual en su sitio. Porque es sabido lo que acontecería si se insis¬tiera en traer a este mundo el Reino de Dios: abominación, ayuntamiento con la bajeza, matrimonio con el pecado. ¿Quién querría ir entonces hacia Dios? Hasta tal punto que si el mismo Dios pusiera su mano en la balanza en favor de la repetición de sus extremismos, por su propia causa sería preferible cortar esa mano. Las gentes son toscas, brutales, entienden blanco sobre negro, hay que inculcarles odio a la Tierra, quedando sólo para los sacerdotes la mesurada apreciación de lo escasamente positivo que el mundo alberga.

Aunque sea penoso, desgarre el alma verlo, las gentes deben sufrir, sólo así acuden al santuario, aumenta el número de los prosélitos de comunión diaria, o sea lo primordial, la asiduidad disciplinada, la fe, la cotidiana búsqueda del beso que todo lo lava (suprimida la costumbre de la comunión mediante el pan, peligrosa por sus reminiscencias), acuden, no obstante la rara plaga de serpientes verdes que llenan los santuarios en los momentos menos indicados, buscan introducirse en las partes más molestas de los devotos.

Acuden, y conforta oírlos, apiñados en la plaza del Capitolio sin que les importe la violenta lluvia, el frío, mientras él, vestido de blanco, esperará aún largo rato antes de salir, por estricta piedad, escuchando que lo llaman padre incomparable, maestro sapientísimo, hermano infinito, sabiendo que, más allá de los nubarrones, la sonrisa de Dios se extiende como el arco iris en el cielo.

Sueña, con los ojos abiertos, con los ojos cerrados. Pero sus compañeras se mueven otra vez, clavan sus filosas, sanguinolentas bocas en esa carne, destrozan un cuerpo desdichadamente indestruíble. El condenado grita, calla, grita, en instantes eternos, hasta que vuelve el silencio. Porque de nuevo sueña.

Imposible seguir prestándose a ese juego: ¿quién echa agua sobre las brasas para ir a soplar las llamas? Es un hombre común, y lo sabe; como todos los hombres comunes ha aceptado y practicado una religión en la que no cree, un dios por supuesto inexistente, ritos ridículos a los que se asiste sólo por no llamar la atención en vano. Pero cuando apareció este otro, cuando la luz de sus promesas descubrió sin atenuantes la putrefacción, el oscurantismo, la senectud reaccionaria del Sanedrín, ni siquiera fue necesario un chistido pura que lo siguiera, dejándolo todo, y como un perro. Resultaba tan claro que había en éste un soplo liberal, renovación, un impulso progresista que ayudaría a desembarazarse de las antiguallas, prejuicios caducos, cualquier cosa que se opusiera al juego franco del sentido común.

¡Qué gozo verlo desafiar las leyes del sábado, arrancar al templo el monopolio del comercio expulsando de allí a los mercaderes, alternar con prostitutas y esclavos, viva prueba del cual debe ser el comportamiento de un verdadero demócrata, el criterio ajustado sólo al valor, no a la castas! Porque, ¿cómo se puede insistir en la patraña de que existe un Dios que contempla las desigualdades, la miseria, la injusticia, los sufrimientos, todo el mal del mundo, y permanece con los brazos cruzados, amando al hombre? Dicen que se trata de un misterio, que haya mal, que se debe amar a Dios a través de ese misterio, aunque claro que lo dicen los que engordan no obstante tal misterio, casi gracias a él, los caballeros de la sinagoga. Y éste los había calado desde el principio, los tenía sin duda entre ceja y ceja, quisiéralo o no descargaba golpes mortales sobre la patraña.

Verdad que de entrada tal oro había aparecido envuelto en mucha ganga, como los milagros, trucos ya practicados por tantos magos, que eran una insistencia en lo nebuloso, en el oscurantismo que se atacaba. Estaban además las insinuaciones de que era una encamación de Dios, Dios mismo, aunque las enunciaba en forma suficientemente sibilina para que resultaran tolerables, y lo resultaron, marcaron en realidad el límite de su tolerancia. Pues cuando ve que aquella mujer le derrama encima el perfume de más alto precio en el mercado, las monedas de la subsistencia común, el despilfarro que no suscita reprensión sino la sonrisa complacida del preludio a una recaída de imprevisto furor en las pretensiones principescas, reconoce, cómo no, que éste es igual a los demás, ambicioso de coronar la pirámide de un nuevo Sanhedrín, partidario de las esclavizadoras diferencias sociales, torrente de reacción, que acaba de salpicarlo con lo que para su paciencia es la última gota. Y en cuanto a demagogia, especular con el fondo oscuro de los hombres, mistificarlos con la nube de la sangre y la ridícula creencia en un más allá, ha resultado al fin peor que los fariseos, si se atiende a los anuncios de la melodramática muerte que proyecta, más peligroso.

¿Qué no puede desatarse en esa ciudad hirviente de peregrinos llegados de los cuatro rincones del mundo, crispado magma de fanatismo y expectación, la mínima chispa hasta dónde es capaz de arrastrar a las masas ebrias de augurios, qué imágenes fatales, perniciosas pueden grabar el esbozo de una nueva quimera, un gesto de este extraviado? No: No será él quien proporcione zancos a otro déspota. Y si ese rostro de mirada inhumana (ligeramente oblicua, la del rey que no quiere fulminar aún a sus vasallos), si ese cráneo cubierto por el cabello aplastado, ondulado con minuciosa simetría de la que sólo se burla en la frente un mechón recalcitrante que refleja todo lo antipático de su carácter, si esa boca entreabierta y temblona, con la exasperación quejosa de los niños, reclaman un traidor, sea: él está dispuesto.

Mente fría, corazón sereno, servidor de la razón, no permitirá el encumbramiento, que progrese el espectáculo preparado, hará que lo encarcelen, sí, traicionará, si es que la fidelidad a lo sensato, limpio, merece llamarse traición. Creer que exista un dios perfecto que permite que su creación esté corrompida por el mal puede ser un capricho, veleidad de mentes débiles; aceptar que ese dios, además de existir, está encarnado en un hombre que necesita una falsa muerte para arreglar su situación, es ya una demencia que exige remedio a la carrera. A paso rápido, como avanza hacia la ciudad, entre las zarzas y las rosas silvestres que le hacen sangrar levemente las piernas sin que lo sienta, urgido ante estos seres decrépitos, animales embalsamados a los cuales la estopa que es su carne les vibra únicamente por la cólera o la desconfianza, a pesar de las negociaciones previas, desconfianza sin embargo, pues lo hacen esperar en el recinto exterior, mientras discuten la hora, magnitud, estilo de la patrulla.

Aparte, siempre aparte el que defiende la verdad, marcha con los policías en la noche, trepa por el monte a la luz de los hachones, llegan, avanza hacia el otro, el primero, nada que ocultar, obrando en nombre del bien. Y es extraño entonces cómo todo se detiene, se acalla, se esfuma, quedan solos, uno ante el otro, horas, mirándose, mientras aclara, con lentitud terrible, pese a la ausencia del sol, amanece, surge el resplandor desde el círculo íntegro del horizonte, aunque los sirvientes inmóviles no se decidan a apagar los hachones, el candente fulgor del mediodía lo traspasa todo, y sabe que él está cometiendo un insondable daño, porque la luz no lo atraviesa, resbala, rebota, se afana sobre los límites de su cuerpo, único núcleo maligno, listo a expandirse cuando la luz ceda. Grandes ratas trepan por sus piernas, se introducen bajo su vestimenta, lo habitan desde siempre, aunque acabe de advertirlo, pero no le repugnan ni lo avergüenzan, bajo la mirada de El, tan distinta de lo que había imaginado cuando no se atrevía a afrontarla, más infinita que el amor, más piadosa que la sombra, más profunda que la muerte.

Lo besa ahora, Dios, lo ha abrazado y lo besa, no para impedir la traición, sino convirtiéndose casi en el brazo que la ejecuta, mientras él, como si se desangrara, siente que es Dios, sin dejar de ser una hirviente cueva de ratas, se transforma en ese terrible misterio, gracias al beso, se ha transformado en Dios, tan lejos de sí, habiendo llegado al centro de sí, donde estaba Dios, más cerca de él que él mismo.

Sueña, pero las tarántulas del dolor llegan junto a él, tiran de sus músculos, su piel, sus vísceras, hasta que se despierta, y clama. Porque, hombre, hombre común, mente sensata, corazón pequeño, no tolera el misterio, no se comprende, tiembla ante la posibilidad de amar, sufre por perderla, y grita, sufre, y grita, para callar sólo cuando vuelven a poseerlo los sueños.

Sueña, tendido boca arriba, hinchado, cubierto por su túnica rosa, sueña de nuevo en este instante, porque esos tres sueños deben acosarlo incesantemente hasta el fin de lo creado.

Se dice que a cada uno de sus alaridos una partícula de redención desciende sobre los dementes, los tristes que son sus hermanos, la cofradía de casi todos los no muertos.

Y se dice también que por gracia al dolor que padece cada vez que despierta (inimaginable para los hombres, presumible quizá sólo por los santos) el resto del Infierno está deshabitado, para siempre, vacío, abolido.

Sueños de una Pesadilla



La pazguatería fabulosa y preternatural que absorbí con fruición durante los últimos años de mi infancia y los primeros de mi adolescencia, tanto por vía libresca como por incidencia directa de los rayos catódicos sobre mis pupilas, y me niego a citar títulos que sin duda estarán en la mente de todos, dejó algunos estigmas de naturaleza fóbica en mi talante impresionable y asustadizo.

Escribo estas notas con la esperanza de que sirvan para algo más que para dar solaz a aquellos que disfrutan con el horror ajeno. Me gustaría que este relato fuera tomado como un sincero mensaje de advertencia, que haciendo un ejercicio de concreción sería algo así: tengan cuidado con las cosas a las que temen pues puede hacerse realidad.

Dadas estas consignas, aventurémonos en los horripilantes detalles de este relato que trato de narrarles mientras aún me quede un soplo de aliento y no se agote la batería de mi portátil:

Un terror que me ha acompañado siempre y que si bien lograba vencerlo por temporadas, en otras renacía con vigoroso encono en el afán de turbarme, es el del ascensor que en lugar de detenerse en la planta baja, tal y como lo solicitase en el momento de manifestarse la pesadilla, continuase descendiendo por tiempo indefinido, llevándome hasta los abismos de la locura.

Me llevaba esta neurosis en su momento álgido a contar los pisos por los que iba descendiendo en el armatoste de hierro, y cuando llegaba al cero, un instante antes de su parada, se me agarrotaban todos los músculos del cuerpo y se me crispaba la expresión facial de manera admirable, pues en este estúpido gesto parecían sintonizarse los músculos, nervios y tendones de mi cuerpo con los engranajes de la maquinaria, y de alguna manera, no sé cual iba a ser, querían contribuir al frenado de la cabina metálica. ¡Con qué alivio salía de allí!, ¡qué fresca me parecía la brisa de la mañana!, ¡cómo disfrutaba del rugido del tráfico!

Con frecuencia olvidaba la existencia en el inmueble dos sótanos que tenían las funciones de estacionamiento y a las que se accedía a través de una llave especial, de la cual carezco. Digo esto para que puedan imaginarse mi rostro y el erizamiento de mi piel cuando el ascensor seguía descendiendo más allá de la planta baja, pues algún vecino se me anticipaba desde los subsuelos en la llamada del artilugio elevador. ¡Qué alivio cuando entraba la del quinto con la bolsa del supermercado, envuelta en una aureola de perfume!, ¡qué bella era su sonrisa, otrora bruja y hostil!

Pero un día, quizás haya ocurrido tan solo hace unos minutos, no sé, el tiempo es una dimensión con la cual tengo la impresión de haber roto cualquier tipo de relación, un día, digo, al entrar en la cabina vi, insertada en el cuadro de mandos, una llave de color plata, como lo son la mayoría, una llave, por tanto, normal y corriente.

Como estaba atravesando por una etapa de aletargamiento de mis aprensiones, en concreto la del ascensor infernal, giré la dicha llave por ver de descender hasta la planta del estacionamiento que se correspondía con la clavija en la que estaba insertada, a ver si estaba a tiempo de encontrar al propietario de la misma y devolvérsela, y también con objetivo de superar de una vez por todas mis ridículos miedos.

Pues resultó que llegada la cabina a la primera planta subterránea no se detuvo, ni tampoco en la segunda, por más que se crisparon los músculos faciales y por más que aporreé con todo mi ser los portones metálicos, a través de cuyos pequeños espacios ovalados continuaba manando con intermitencia la luz de los espacios entre piso y piso, ¿cuáles espacios?, ¿qué luz era aquella?, por más que gritara, que pulsara el timbre para detenerlo, aquello seguía bajando, ¿a dónde?

Víctima de un arrebato de histeria y estupor caí desmayado, y, comoquiera que fuese, al recobrar el conocimiento comprobé que el ascensor seguía hundiéndose en las entrañas de la tierra, pues así lo delataba una suave sensación de caída y un leve temblequear, ya que, por otra parte, había cesado de anunciarse el intermitente fulgor de los espacios luminosos y ahora, a través de las rendijas se podía vislumbrar la más absoluta oscuridad.

Como ustedes comprenderán, volví de inmediato al histerismo…. más desesperado, y se fueron sucediendo etapas de desmayo y de crisis alternativamente, hasta que, intuyo que pasado mucho tiempo, no sé si por agotamiento, o por colapso del sistema nervioso, o por algún oculto mecanismo de defensa de la mente humana, recobré mi presencia de ánimo habitual y traté de hallar una respuesta lógica, lo cual fue del todo imposible.

Dado esto, y ante la perspectiva de lo absurdo de mi situación, comencé a reírme como jamás lo había hecho en la vida; pero noté una nueva vicisitud: me resultaba imposible escuchar mis carcajadas, ni oír el estruendo al golpear las láminas de metal del ascensor, en definitiva, era incapaz de registrar sonido alguno, lo cual no hizo sino acrecentar mi ataque de hilaridad, sobre todo al observarme en el espejo de la pared, que devolvía mi figura de cintura para arriba, agitándose compulsiva y silenciosamente, como en una pantomima de la mejor escena cómica de Buster Keaton, ¡casi vomito de la risa!

No he indicado aún que mi reloj se había detenido, y pasaba el día y la noche, o lo que yo creía que eran días y noches, calculando el tiempo que podía haber pasado desde que me metí en el maldito ascensor, y así seguía sin distinguir las horas del día.

Me miraba en el espejo y lo que veía me producía más terror aún, pues si bien el reflejo era perfectamente fiel a mi imagen, había algo en él que resultaba diabólico, sin saber con certeza qué cosa era, tal vez un brillo malicioso en la mirada, un rictus en los extremos de la boca con cierto empaque satánico, no sé..., así que por fin decidí destruir el maldito espejo. Lo golpeé con los puños hasta sangrar, después destrocé el maletín contra él, incluso la emprendí a cabezazos; pero la superficie lisa que devolvía una imagen satánica de mí mismo continuaba imperturbable, por lo que en un acceso de locura fui a golpear con todas mis fuerzas con mi maletín contra el fluorescente, consiguiendo así quedarme totalmente a oscuras.

Supongo que aún me cabía la esperanza, de encontrarme en un sueño, y de que en cualquier momento despertaría, bañado por el sudor frío que provocan las pesadillas. Por ello saqué mi portátil, también del maletín, cuya luz me ha acompañado hasta ahora.

La batería de la computadora está a punto de acabarse y mis ojos se tornan pesados, no tengo la certeza de si voy a despertar o voy a caer en un sueño que va a repetir una y otra vez… de lo que sí estoy seguro es que no he despertado de mi pesadilla….

viernes, abril 21, 2006

Historia de un lexicógrafo



No debería decirlo, pero acaso sirva para que se comprenda un poco mejor lo que voy a contar: soy lexicógrafo, aficionado a los libros y apasionado de las letras (de las letras, no tanto de la literatura). Me gusta seguirle la pista a una palabra a través de otras mil, a las cuales sigo por la huella con verdadera aplicación hasta que pierdo el rumbo. Tengo la puntual manía del absoluto, que suele dejar a los hombres en la penumbra polvosa de la indefinición.

De mis antepasados --duques, condes, gente del común-- heredé la costumbre infinita de contar hasta el último los pelos de cada gato que encuentro en el umbral de una casa. Me he esforzado en sacar algún provecho de ese entusiasmo vicioso y egoísta y he logrado transformar la fascinación de rnis ancestros en un oficio filantrópico: la lexicografía. Sin embargo, he alterado la neutralidad del orden antiguo: ninguno de mis mayores conoció siquiera el significado de la palabra destino; yo, en cambio, he aprendido a leerlo hasta en las más pequeñas nimiedades y ahora me ocupa el corazón y el pensamiento con su impertinencia inacabable.

Los teólogos, eruditos, maestros, carniceros, barrenderos y demás personas de hoy en día están de acuerdo en una cosa: ya no hay oráculos. A mí --un bicho raro por la profesión y las inclinaciones que en mí repite una familia muy antigua-- me hace todavía más extraño el opinar lo contrario. He dicho que la tonante voz del cosmos aún puede escucharse entre las calles de las grandes ciudades y que los oráculos no han callado, que el infinito tiene la lengua desatada y que ahora habla más y mejor que antaño. Esto me ha granjeado la extrañeza de mis semejantes, cuando no la incomprensión o la franca desconfianza.

Diré brevemente cómo ha sido. Hace unos años tuve una novia de mejillas encendidas y muy hermosa. Fue la primera cuyo codiciado cuello aprendí a respetar, aun soportando los rigores que me imponía la dieta casta y fiel de las gallinas. Pero tanto corazón leal y acomedido fue insuficiente: ella no supo comprender mi paciente labor de abstinencia ni contener la urgencia de su primer reproche. La inercia, con su avidez de eternidad, hizo el resto, insaciablemente. Por no responder a la sangre con sangre, me fui volviendo hacia el silencio y la oscuridad.

Al fondo de esa íntima humildad de bruma encontré a mi novia, abstracta y pura, menos provocadora en los intencionados chisporroteos de la carne pero más llena de calor y de vida. Mi seguridad y la de mi novia exterior estaban allí, en el fondo de mi exangüe corazón. Pero hacia afuera, en el poblado mundo de los mortales, yo era sólo timidez y miedo. Así que comencé a detestar esa figura hecha de fingimiento y me detesté en el aire, en el mundo donde escuché decir a mi novia: "¿Qué ha sucedido contigo? Antes eras un hombre muy seguro de sí mismo..."

Yo manejo para olvidar. Como el alcohol y las drogas me son funestos --y aun podría ser que mortales--, he aprendido a desentenderme de cualesquiera ofensas sumergiéndome en esa actividad ambigua --mezcla de concentración y acto mecánico-- que es conducir un automóvil. Me dirán que esto es "escapismo" y que poca honra se puede obtener de ello. De acuerdo. Pero he visto a las gallinas sufrir menos frente a la muerte si han aceptado beber antes un poco de cogñac. Con los pavos navideños ocurre lo mismo: su escapismo tiene mejor sazón que la dureza abnegada de los realistas. Reconozco que este argumento culinario en favor de una actitud moral conviene más a quien come que a quien es comido --por eso lo doy yo, y no la gallina--, pero cualquier hombre sensato aceptará que no conviene por igual a los escapistas y a los realistas.

La tarde en que mi novia pronunció su cruel acusación de inseguridad, yo conducía el automóvil en que viajábamos, así que pude hundir la cabeza y hacerme el desentendido.

Fijé la mirada en la placa del automóvil de adelante. Era del estado de Puebla --o tal vez de Oaxaca-- y tenía las siguientes letras: TMM (te-eme-eme). De pronto escuché mi voz, fuera de mí, diciendo: "Témeme. Témeme, amor." No sé si ella escuchó la advertencia, pero al llegar a mi casa y cerrar la puerta detrás de mí todavía me zumbaban los oídos. Y me le eché encima. Recuerdo que gemía, gritaba, lloraba, agitaba el delicioso cuello. Se desmayó.

Pero, ¿deveras le ocurrió a ella algo como lo que describo? No, todo aquello me sucedía a mí, era en mi cuerpo donde se saciaba el furor, en mi cuerpo y no en el de ella: nada se alteró en el mundo natural. Debo agregar que no la amé para fundirla a mi familia y que no bebió de mi sangre ni recibió de mí "el bautizo del vampiro". Mi pasión no tuvo el apego ritual que hubiera podido iniciarla en mi vida y en mis costumbres. La inició, en cambio, en algo mucho más vasto y secreto, en una indiferencia que yo desconozco y en la cual no puedo iniciarme porque me rechaza.

Cuando hube saciado la ancestral avidez de mis mayores, me aparté de ella besando sus labios fríos. Subí al automóvil y anduve por la ciudad sin rumbo fijo. Pero el negro entusiasmo de la carne no se había apaciguado y alcancé a escuchar mi voz, nuevamente fuera de mí: "Está bien, amada mía, sea como tú quieres: conoce el mundo que me está vedado; toma de mí lo que yo no puedo recibir de ti.

Está bien, amada mía: sécate." Y la recordé, helada, sobre la cama, mientras leía una nueva placa: CKT. Detuve el automóvil mientras duraba el eco bárbaro de la palabra terrible. Alcé los ojos al cielo y pregunté: "Dioses de la Hélade, ¿es esto el destino?" Y desfilaron ante mis ojos TCO (Teseo), CLN (Selene) y la osada EKT (Hécate).

"¿Es posible? ¿Es posible?" Me hundí en la rala espesura de un parque para no aturdirme y permanecí alejado de las voces durante unas horas. Muy entrada la noche salí de mi escondrijo dispuesto a enfrentarme al vocerío. Cien mil pequeños demonios se unieron en un escándalo confuso. Alcancé a comprender, sin embargo, que --entre mensajes perdidos, acusaciones, insultos y consejos impertinentes-- se burlaban de mí a sus anchas: VGC (véjese), CPK (se peca), EKT TMA ATO (Hécate te mea, ateo), CKT DCO (sécate deseo), AJT (ajótate), CLN FAY (Selene e' fea y griega). Leyendo el último cero de una placa como la letra "o" se podía entender: OBDC (obedece)... Tanto escándalo, sin embargo, no me fue inútil. Ejercité y perfeccioné mi lectura hasta comprender que las primeras letras que el oráculo me había destinado (TMM) no tenían la simpleza que yo suponía y que no sólo podían leerse "témeme" sino --¡oh dioses del hado!-- Te-emes: "temes".

Hacia el amanecer pude invocar a mi novia muerta. Como quería evitar que otras voces se mezclaran a nuestra intimidad, elegí una calle solitaria y triste para aguardar su respuesta. Las fuerzas se me esfumaban con la espesura de la noche y me asaltaron unas ligeras náuseas cuando comenzaba a clarear. Un automóvil se detuvo junto a mí y el conductor me pidió fuego para encender un cigarrillo. Se lo di atropelladamente, esperando ver la placa milagrosa: un extraño mensaje, compuesto por una rara combinación de letras y, en medio, la aborrecida cruz en que me han crucificado mis amores: TXE (te quise). El mismo conductor pudo ver, al alejarse, cómo me desvanecía. Me recogió y me llevó a casa. Desde entonces no salgo. Me he dedicado a una recóndita lexicografía y he vuelto a la piadosa dieta de las gallinas. Desde entonces lo leo todo, aunque con temor, con temblor.

Pócima de Amor



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He tenido tiempo para darle rienda suelta a la imaginación
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Las narraciones de los consortes demoníacos también traen a la mente aquellos ejemplos en que los satanistas descarriados han buscado crear pócimas de amor que les dieran un poder ilimitado sobre el sexo opuesto. Un acontecimiento que tuvo lugar en New Jersey hace unos años es un clásico ejemplo de cómo la combinación de sexo, vudú y oscuros deseos puede provocar un motivo espeluznante para el asesinato y el sacrificio humano.

Juan Rivera Aponte había nacido en Puerto Rico y había sido educado en una mezcla de cristianismo, magia negra y vudú. Siempre desde su infancia había oído a los hechiceros hablar de una legendaria fórmula que podía darle a un hombre control sexual completo sobre las mujeres.

Cuando vino a los Estados Unidos, consiguió un trabajo en una granja de pollos en las afueras de Vineland, New Jersey. Se encargó de traer consigo algunos de los antiguos libros de magia negra de su familia en su vieja maleta, y una vez que finalizaba sus tareas en la granja se pasaba las noches indagando en los viejos volúmenes en busca de la pócima mágica de amor. Aunque esas noches eran más bien solitarias y deprimentes, en su corazón sabía que pasaría las noches futuras haciendo el amor con mujeres hermosas.

Su mente enfebrecida se había centrado en una muchacha en particular. Una hermosa estudiante de instituto de ojos oscuros, cabello negro y un cuerpo que empezaba a florecer había llegado a obsesionarle. Juan sabía que ella era demasiado joven para casarse, pero la magia la obligaría a entregarse a él.

CONTROL COMPLETO SOBRE LAS MUJERES, QUE LAS CONVIERTE EN ESCLAVAS DE AMOR

Finalmente, en un viejo libro de vudú, encontró la fórmula para una legendaria pócima esclava de amor. Había vuelto las amarillentas y frágiles páginas del antiguo tomo hasta que sus ojos se clavaron en el texto español bajo el título que prometía Pócimas de Amor.

Le temblaba todo el cuerpo de ansiedad mientras leía las instrucciones y los ingredientes. Las alas de murciélago desecadas serían fáciles de conseguir. Las entrañas de lagarto presentaban pocos problemas.

Confiado, siguió leyendo. Mezclaría y prepararía la pócima de inmediato. Todas las mujeres que deseaba serían sus esclavas de amor.

POLVO TRITURADO DEL CRÁNEO DE UN NIÑO INOCENTE. Entonces leyó el último ingrediente, y la respiración se le entrecortó ásperamente en la garganta.
Rocía la pócima con harina de huesos reseca y triturada de un cráneo humano. El polvo ha de prepararse del cráneo de un niño inocente.

Juan soltó el libro y se levantó de la silla de un salto. Aunque quedó momentáneamente asqueado de horror ante esa cosa sórdida que debía hacer, sabía que ningún precio sería demasiado alto por su derecho a tener a cualquier mujer que quisiera.

La noche del 13 de octubre, Roger Carletto, un estudiante de instituto de trece años, planeaba ir al cine en Vineland con su hermana. Un tío me debe un dólar le dijo a su hermana. Espérame mientras voy a pedírselo. Montó en su bicicleta y pedaleó a toda velocidad por North Mill Road en dirección a las afueras de la ciudad.

Cuando Roger no regresó en un tiempo razonable, su hermana se lo contó a sus padres, y después de un intervalo más largo, la familia se lo notificó a la policía. A Roger Carletto nunca más se lo volvió a ver vivo.

Pasó el invierno, y cuando llegó el deshielo de la primavera, se repitió el dragado de los ríos y estanques de los alrededores de Vineland en busca del cuerpo del chico desaparecido.

En el verano todo el mundo se preguntaba qué le había sucedido a Roger Carletto. La policía aún carecía de pistas sobre su desaparición. Era como si el chico, sencillamente, hubiera entrado en otra dimensión. EL CUERPO DESMEMBRADO EN EL GALLINERO

Entonces, en la noche del 1 de julio, las autoridades recibieron por fin su primera pista en el caso. Los patrulleros Joseph Cassissi y Albert Genetti respondieron a una llamada nocturna realizada por un granjero de North Mill Road que dijo que su mozo de campo se había vuelto completamente loco. Según el joven granjero, su esposa se había despertado durante la noche y había descubierto a su mozo, Juan Rivera Aponte, paralizado en su cuarto de baño, de pie, como si fuera una estatua de piedra. Tenía un palo en la mano, que comenzó a blandir ante la pareja, hasta que el granjero se lo arrebató.

Los dos agentes de policía fueron conducidos hasta el cuarto de Aponte, situado encima del gallinero. Era un hombre delgado, de cabello y ojos oscuros, casi hipnóticos. Dormía en un camastro rodeado de varias botellas de cerveza vacías. Las paredes del cuarto estaban cubiertas de fotografías de chicas desnudas y estrellas de cine.

Durante el interrogatorio inicial de Aponte, afirmó que su jefe, el joven granjero, había matado al niño Carletto y lo había enterrado en el gallinero. Siguiendo las instrucciones del mozo de campo, la policía se puso a excavar en el suelo de tierra del gallinero y quedó sorprendida al encontrar el cadáver del muchacho. El cuerpo estaba vestido sólo con unos pantalones cortos, y le faltaba la parte superior del cráneo, la mano izquierda y un pie. Siguiendo con la excavación, los agentes desenterraron el pie y la mano, pero no pudieron encontrar rastro alguno de la parte que faltaba del cráneo.

Al horrorizado granjero, que estaba demasiado atontado para protestar por su inocencia, se le pidió que acompañara a los agentes a la comisaría. El detective Tom Jost no podía creer que el granjero fuera culpable, aduciendo que tenía fama de ser un hombre muy trabajador y de buen carácter. Aponte había afirmado que su jefe había matado a Roger Carletto debido a su ascendencia italiana, y que el granjero odiaba a todos los italianos porque en la Segunda Guerra Mundial habían sido fascistas. Jost no podía tragarse un prejuicio que se remontaba a la Segunda Guerra Mundial como un motivo convincente para matar y mutilar a un adolescente.

LIBROS EXTRAÑOS Y ANTIGUOS DE MAGIA NEGRA, VUDÚ Y HECHIZOS DE AMOR. El capitán John Bursuglia tampoco se creyó la historia. Ordenó un registro del cuarto de Aponte y contrató a un traductor para que le contara qué había en todos esos libros viejos escritos en español.

Entonces, a la mujer joven que había actuado como intérprete durante los interrogatorios de Aponte se le asignó la lectura de los libros del mozo de campo. No le hizo falta más que un vistazo para informarle al capitán Bursuglia que los volúmenes trataban de vudú, rituales de magia negra e instrucciones sobre cómo hechizar a la gente.

Varios días después consiguió la total atención del oficial de policía, cuando leyó en voz alta los ingredientes para una pócima de amor especial, una que requería el cráneo de un niño inocente. Después de cinco horas de ser interrogado por los detectives y de dar respuestas evasivas e insatisfactorias, el puertorriqueño finalmente se derrumbó y confesó el asesinato de Roger Carletto.

Aponte explicó cómo había necesitado esa pócima de amor con el fin de conseguir a la chica de sus sueños. Se había estado preguntando dónde podría dar con un joven inocente cuando Roger Carletto llamó a su puerta. Éste le había prestado un dólar a Aponte y quería que se lo devolviera.

HABRÍA MATADO A CUALQUIERA PARA CONSEGUIR ESE CRÁNEO. Necesitaba el hueso triturado del cráneo dijo Aponte con indiferencia. Habría matado a cualquiera para conseguir ese cráneo. Dio la casualidad de que Roger fue el primer niño que apareció.

Los horrorizados oficiales escucharon en silencio mientras Aponte describía cómo había golpeado al muchacho, cómo le había estrangulado con una cuerda y cómo había enterrado luego el cuerpo en el suelo de tierra del gallinero.
No dejé de regar la tumba para evitar que el cuerpo se hundiera explicó . No quería que mi jefe viera la depresión en la tierra y sospechara algo.

Pasados unos meses, desenterré el cuerpo y le saqué la parte superior del cráneo con un cuchillo de cocina. Luego volví a meterlo en la tumba, le pasé unos alambres al cráneo y lo colgué dentro del hornillo de mi cuarto. Quería que se secara rápidamente para poder terminar la pócima.

¿Por qué había irrumpido aquella noche en el hogar de su jefe? Aponte sólo pudo sugerir que había bebido mucha cerveza y que quizá quería que lo atraparan. Tal vez su conciencia le había vencido.

Creo que lo hice con el fin de que viniera la policía y me arrestara.
Las pruebas psiquiátricas indicaron que Juan Aponte conocía la diferencia entre el bien y el mal. Durante su juicio, el asesino del vudú presentó un alegato de no defensa y fue sentenciado a cadena perpetua.

Jamás llegué a completar mi pócima de amor de esclava se quejó Aponte a un compañero de celda antes de ser trasladado a una prisión estatal. Sé que habría funcionado. Podría haber obtenido el poder para tener a cualquier mujer que quisiera.

jueves, marzo 30, 2006

En Otoño....



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Las amigas especiales también tienen espacio en mi literatura. Mayra un beso
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El parque estaba desolado, Mayra estaba cansada, y el caer de las hojas le hizo pensar en su emigración…. Cada hoja era un recuerdo que se iba junto con el resto del otoño.

Elizabeth sacó su espejo y suspirando se dijo: No pisados umbrales, desconocidas puertas, ventanas que no he abierto sobre esos paisajes donde vive (sin mí) la gente que yo amo.

Puedo esperar que un día esos rostros ilusamente claros en la memoria, reaparezcan
(menos envejecidos que yo) y con vivas sonrisas se alegren (menos que yo también) de mi seguir viviendo con el menor olvido que he podido.

Ah, mis fantasmas vivos, si al retornar vacilan en reconocerme, no les reprocharé – yo misma con frecuencia tampoco me reconozco en esa extraña anciana que el espejo devuelve.

El tiempo es la más insondable distancia, un viaje engorrosamente desdichado; sin embargo, no importa, esta noche con saberlos vivos me basta: Todo me lo compensa esa alegría.

Epístolas perdidas que me buscan añorando respuestas, a los desconocidos umbrales que amo lleguen mis indefensas palabras. Las frases, conjeturadas ayer en el tren, (cerraste los ojos para imaginar las casas que extrañas en USA emocionada.)

Ahora, inconexas frases, ruinas pero ayer casi lloras de súbita alegría recordando con anhelos de porvenir a tanta gente querida, si muy perdidas de vista nunca dejadas de amar.

Tantas cartas que no envié, que a menudo ni siquiera escribí, cartas perdidas, o peor quemadas, convertidas en basura, tantos años desechados por tontas previsiones: ni súplicas ni consejos pedí después o antes de equivocarme. Desde mi corazón sólo para vivos y muertos queridos escribí como pude para aprender que la verdad – si la hay- es menos esencial que la ternura.

Contra las habituales cautelas, suprime el simultáneo discurso del censor. Intentemos aunque parezca disparatado ser reales, deja ya de llamar al miedo astucia y contra todo cálculo sal a mostrarte sincero con todos para que comience el no escuchado preludio que rompa por fin nuestro desencantado silencio resumen.

Las hojas dejaron de caer y con ellas las huellas de Mayra dieron la bienvenida al paso del invierno…

domingo, marzo 19, 2006

Obra Maestra



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Los nombres de mis Personajes son gracias a Santi :$. Besos nene
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Cruje como si gimiese con cada soplo de viento. Parece que nadie ha vivido ahí en siglos. El Sol se esconde, y la sombra de la casa se extiende por toda la calle vacía y silenciosa. Todas las ventanas y cortinas están cerradas menos una, la más pequeña y alta, que parece un ojo negro mirando a todas partes. No tiene cortina, pero tampoco la necesita.

Había poca luz en la habitación, pero era suficiente para que Gustaff Gupta deleitara su vista. Sus manos estaban entrelazadas y su cuerpo encorvado, a veces es más cómodo sentarse así que estar recordando posturas y protocolos estando a “solas”.

Después de haber observado detenidamente la estructura del suelo levanta la mirada y esboza una sonrisa a medias, nadie lo había visto sonreír así; desvía la mirada hacia la derecha, como recordando ese episodio televisivo que tanto le gusta. De la nada sale un cigarrillo, lo enciende y se pone de pie. Ese día llevaba una braga de mecánico puesta; era negra pero Gupta no recordaba si ese era el color original de la misma o si la mugre la había llevado a esa magnitud.

Toma aliento. Su voz era grave, no tenía acento, nunca perdió la compostura en sus palabras: ¿cuántas personas habrán trabajado para que yo pueda saborear este cigarrillo? ---- dijo. No había sonido alguno, ni siquiera el eco de su voz era partícipe de la oscuridad. Así empezó todo... con el sabor de un cigarrillo:

Despacio, las mejores cosas de la vida suceden despacio. ¿No me digas que no lo crees? Un postre delicioso, un hermoso atardecer, incluso el sexo se disfruta más cuando se demora un poco. De hecho escogerte, fue un proceso lento y delicado. Tuve que esperar bastante…

¿Ves este bisturí? Podría sólo enterrarlo en tu corazón y el espectáculo terminaría en un santiamén. Pero eso sería barbaridad. Yo soy un artista. Deslizarlo por tu cuello suavemente sería mucho más elegante, pero aún carecería totalmente de sentimiento y de originalidad. ¿No lo ves? Tonta, ¡Estúpida! ¡Tú y yo vamos a hacer verdadera poesía!

Ah, claro, te decía. Me llevó mucho tiempo que estuvieras lista para este momento. Yo estaba siempre allí, observándote, sabiendo que algún día serías parte de esto. Te recuerdo muy bien con tu uniforme del colegio. ¿Qué tenías? ¿Ocho o nueve años? Sí, lo supuse. Eras una niña hermosísima, tu cabello rubio en dos tonos y tus ojos color almendra.

Te veía subir las escaleras hasta el aula. Te ví como le sonreías a los profesores, subir a tu bicicleta y partir a casa donde estabas segura, pero aún allí, yo te observaba. Te vi tantas veces caminar desnuda hacia la ducha. Aborrezco este hábito de las personas de cubrir su belleza con tela. Pero…. tú no te cubrías, y me dejabas ver este hermoso cuerpo desarrollándose cada vez más, hasta llegar a ser el paisaje de Jardín del Edén que es ahora. Todos estos años yo he estado aquí, cultivándote, y hoy es hora de cosechar.

¡Qué bella eres! Mira este cuello de cisne. Casi pide a gritos ser acariciado por el frío acero. Pero debo ser cuidadoso, después de todo a nadie le gusta una obra maestra que dure sólo unos segundos. ¡Es la tragedia de mi arte! Un solo error al momento de usar mi delicada herramienta y todos los años de trabajo que he invertido en ti se irían en un segundo de rojo furor. Por eso he practicado bastante, he tenido toda clase de lienzos para hacerlo, los ha habido en los más frescos tonos pastel y en los más desagradables y mórbidos negros, pero tu piel color marfil no tendría igual en mil años. Déjame descubrir tu cuerpo, ¡cómo odio esta maldita tela que lo esconde! Así es mejor, mira tus senos, tus pezones bellos como botones de rosa, tu vientre color de leche, tus muslos, tu sexo. ¡Anda, continúa gimiendo! Dale al artista la inspiración que necesita…

Traigamos primero un poco de fuego. La llama azul que se acerca poco a poco hacia tu vientre. ¿Sientes dolor? Tonta ¡Claro que sientes dolor! Ese es el propósito del arte, el dolor, el amor, la pasión y el odio. Todo eso sentirás por mí. Observa tu piel rompiéndose al paso del bendito fuego como los mares ante la mano poderosa de Moisés.

Ahora las agujas ¿Dónde deben ir? Sólo debo colocar siete. Es un número ideal. Suficientes para ser notadas, pero no tantas que se vuelvan grotescas. Es una decisión difícil. Bueno, a trabajar, no debemos hacerte esperar demasiado. Una en cada pezón, atravesándolo. Eso es obvio, pero debo ser cuidadoso en la forma, debe ser estético. Sólo enterrarlas sería un trabajo que cualquier bruto realizaría. Tal vez si hallara el centro exacto, sí. Pero debe entrar en un ángulo recto, preciso. Tardaré un poco. Sientes la perfección del acero entrando por tu piel ¿verdad? Ninguna sensación es como esa. Así, despacio. ¡No te muevas!

La tibia sangre que corre por tu piel semeja pequeños arroyos. Eres mi obra maestra, ¡el pináculo del arte!

¿Sabes? A algunas de mis obras anteriores las trabajé usando algunos insectos y roedores. Su sufrimiento al sentir la carne mordisqueada por los pequeños y afilados dientecillos era supremo. No lo sé, tal vez podríamos intentarlo. Tiene un enorme dilema el trabajar de ese modo. Los animales son impredecibles y no tienen la menor idea de lo bello. ¿Qué hacer? ¿Sacrificar la belleza estética por la belleza del dolor? ¡Qué diablos, hay que encontrar belleza en el Caos! ¿Sabías que Miguel Ángel para esculpir el David tuvo que adaptar su escultura, porque el bloque de mármol que utilizó era imperfecto? Aún así el arte era perfecto. No importa si estos pequeñines causaran algún defecto poco estético a tu cuerpo, yo, el Gran Maestro sabré cómo remediarlo. ¿Te había dicho que tengo que dejarlos sin comer durante días para que tengan hambre y puedan roer tu delicada carne?

Sí, aquí va este pequeñín, justo sobre tus pequeños pies, ¿no te parece adorable? ¡Oh! ¡Parece que encontró un lindo dedito! Sí, ese dolor que experimentas ahora debe ser muy intenso, pero tú no sabes nada de lo que es sufrir, siempre has tenido todo en tus lindas manos. Yo en cambio, he tenido que luchar a muerte para obtener lo que quiero. Tú por ejemplo. Ah, recuerdo aquella tarde en que saliste para verte con el tal Ricardo. No podía soportar lo que mis ojos veían a través del cristal de su automóvil. Había tardado ya casi ocho años cuidando de ti para que de pronto apareciera ese estúpido y me robara de entre las manos tu dulce virginidad. Si supieras las noches que soñé desde que te vi por primera vez en poseerte en esta mesa… Pero ese niñito rico me la ha pagado muy caro. Sí, él no se escapó creyendo que estabas embarazada. ¿Te duele enterarte en esta forma? Él no fue un buen trabajo. Sentía demasiado odio. Ni siquiera se puede decir que disfruté mi venganza. Pero ya ves qué bueno soy. He sabido perdonarte y aunque ya no pueda ser el primero, serás siempre mi mejor trabajo, ¡mi Obra Maestra!

¿Ya estás satisfecho amiguito? Pero qué mal educado eres, ni siquiera has terminado tu plato, sólo lo has mordido un poco. No importa, acompáñame a tu jaulita, en tres o cuatro días tú y tus hermanitos estarán listos para acabar con el trabajo. Ahora mi dulce niña, ¿por qué no comenzamos con algo un poco más divertido? Sí, has adivinado, iré por mi juego de bisturís. Oh, cómo nos divertiremos. Mira, no sé lo que opines pero tengo planeados dos cortes justo aquí, sobre el pubis. Y otro justo aquí, sobre tus muslos. El miedo en tu cara me dice que estás de acuerdo. Tal vez unos cuántos cortes en tu linda cara de ángel. Sí, comencemos por aquí, en los pómulos. ¡Mira qué enorme sonrisa te he dejado! Está bien, vamos a quitarte la mordaza para que puedas gritar un poquitín y me dejes ver cómo quedaron estos cortes…

Ahora pasemos éste, que es más pequeñito por tu abdomen. Sí, así. Nena, ya sabes que blasfemar no solucionará nada. Será mejor que te ponga la mordaza de nuevo. No tendríamos que hacerlo si tu madre te hubiera educado mejor. Tal vez sería bueno seguir con tu lengua jovencita. ¡En verdad eres una malcriada! ¡Ahora mismo iré por las pinzas para sostenerla! Y más vale que seas una niña buena y no te ahogues con tu propia sangre. Espera, que ya traigo la gasa para detener la hemorragia.

Oh, puedes creerlo mi amor. No era mi intención privarte del habla todavía, pero no dejabas de maldecir, y para serte sincero, no me parecía justo privarme a mí de tus gritos. Seguramente ahora te preguntarás por qué no te he violado aún verdad. La verdad es que no me interesa ya putita. El tal Ricardo se llevó todo lo que en realidad me hacía vivir. Ahora tendré que entretenerme en otras cositas. ¿Cómo se verá esta linda carita salpicada por ácido? Más vale que lo averigüemos.

Diablos, ¿oyes aquella lejana campanita? Debe ser Jocelyn. Es una pequeñita adorable. No tanto como lo eras tú, pero aún así me parece que a ella podré cuidarla mejor que a ti. Viene porque le prometí una cajota llena de chocolates. También a ti te regalaba chocolates, ¿recuerdas? Oh Camila, por qué tenías que decepcionarme. ¡Tal vez sólo te mate y ya! ¡Tal vez no eres tú la indicada para ser mi obra maestra! Todas aquellas lecciones de virtud que te di. Y tus padres, ellos se esforzaron casi tanto como yo en alejarte del pecado. El internado, los servicios religiosos los domingos, la institutriz que te cuidaba celosamente ¡incluso de mí, que sólo buscaba tu protección! Sí, tal vez te mande de una buena vez a los infiernos a que visites a tu querido Ricardo pequeña golfa.

Tú no mereces el tiempo que he invertido en ti. Y allí está Jocelyn. Tal vez ella si sepa apreciar toda mi dedicación y guardarse para ser mi obra maestra. No lo sé. Tal vez tarde mucho en madurar… Pero tengo más tiempo que vida ¿no crees? Sí Camila, muere ahora. Desángrate poco a poco o muere de hambre. No me importa. Tal vez en un par de días suelte a las ratas. Y en cuanto a ti mi pequeña Jocelyn, crece. Disfruta de tu bella infancia comiendo de mis chocolates y aprendiendo de mis valiosos consejos sobre la virtud y la moral. Yo te estaré esperando aquí. No tengo ninguna prisa.

La espera ya era insoportable, el calor en el carro era infernal pero la espera valía la pena.

- Perdona la espera Gustaff
- No te preocupes Camila, ¿Nos vamos?, tengo una nueva obra maestra que enseñarte

miércoles, febrero 15, 2006

Anatomía de un Pensamiento Surrealista



El mundo físico todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye.

Pero algo sucedió de golpe.

Nació una frágil intolerancia, con reflejos de frente, gastados, y algo como un ombligo perfecto, pero vago y que tenía color de sangre aguada y por delante era una granada que derramaba también sangre mezclada con agua, cuyas líneas colgaban; y en esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro.

Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía el temblor general, en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frente, y sacudía su vegetación de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales, sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el aire en copos y los espejos de soles y las espiras nacientes, hacia la línea preciosa de los senos, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba.

Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos.

La montaña está muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado.

Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre desnudo, y ascienden soles dando vueltas y que se miran, lunas negras, fuegos terrestres.

La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de mi alma, que surge como un triángulo en llamas.

jueves, febrero 09, 2006

Diálogo entre un Sacerdote y un Moribundo (Marques de Sade)



Siempre me han preguntado que de dónde saco mis historias... bueno, son muchas las influencias.--- Aquí tienen una muy fuerte. Espero la disfruten tanto como yo.. no pretendo cambiar las creencias de nadie, solo pretendo que vean la otra cara de la moneda de la humanidad.

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SACERDOTE
Llegado a este instante fatal en que el velo de la ilusión se desgarra para enfrentar al hombre extraviado con el cruel espectáculo de sus errores y de sus vicios, ¿no te arrepientes, hijo mío, de los reiterados desórdenes a que te han conducido la debilidad y la fragilidad humana?

MORIBUNDO
Sí, amigo mío, me arrepiento.

SACERDOTE
Aprovecha entonces el poco tiempo que te queda para obtener del cielo, mediante esos venturosos remordimientos, la absolución general de tus pecados; y considera que sólo por intermedio del muy santo sacramento de la penitencia te será posible obtenerla del Eterno.

MORIBUNDO
No te entiendo más de lo que tú me has comprendido.

SACERDOTE¡Qué!

MORIBUNDO
Te dije que me arrepentía.

SACERDOTE
Lo he oído.

MORIBUNDO
Sí, pero sin comprenderlo.

SACERDOTE
¿Cuál es la interpretación entonces?

MORIBUNDO
Hela aquí... He sido creado por la naturaleza con inclinaciones muy vivas y pasiones muy fuertes; me hallo en este mundo sólo para entregarme a ellas y satisfacerlas. Como estas peculiaridades de mi ser obedecen a los designios primarios de la naturaleza o, si lo prefieres, son derivaciones esenciales de las intenciones que, en razón de sus leyes, ella proyecta sobre mí, sólo me arrepiento de no haber valorado suficientemente su omnipotencia.

Mis únicos remordimientos se fundan en el mezquino uso que hice de las facultades (criminales para ti, para mí las más simples) que la naturaleza me había otorgado para servirla. La he resistido a veces y me arrepiento. Cegado por la absurdidad de tus sistemas, en su nombre he combatido contra la violencia de los deseos, que había recibido por una inspiración mucho más divina, y me arrepiento. He recogido tan solo flores cuando pude hacer una vasta cosecha de frutos...
Tales son los precisos motivos de mi pesar; estímame lo bastante como para no atribuirme otros.

SACERDOTE
¡Dónde te arrastran tus errores, dónde te conducen tus sofismas! Das al objeto creado toda la potencia del creador; no ves que esta naturaleza corrupta, a la que atribuyes la omnipotencia, ha sido el origen de las desdichadas inclinaciones que te han extraviado.

MORIBUNDO
Amigo, me parece que tu dialéctica es tan falsa como tu espíritu. Me gustaría que razonases con mayor certeza, o que me dejaras morir en paz. ¿Qué entiendes tú por creador y qué por naturaleza corrupta?

SACERDOTE
El creador es el amo del Universo, quien todo lo ha hecho, quien todo lo ha creado, y el que conserva todo como resultado natural de su omnipotencia.

MORIBUNDO
He aquí un gran hombre, sin duda... Ahora bien, dime por qué este hombre tan poderoso ha creado, entonces, lo que tú llamas una naturaleza corrupta.

SACERDOTE
¿Qué mérito habrían tenido los hombres si Dios no les hubiera dejado su libre albedrío, y qué mérito habrían tenido en ejercerlo si no hubiera habido sobre la tierra la posibilidad de hacer el bien y la de evitar el mal?

MORIBUNDO
De modo que tu dios quiso hacer todo al revés únicamente para tentar, o para probar a su criatura. ¿No la conocía, entonces, no sospechaba, pues, el resultado?

SACERDOTE
La conocía, sin duda, pero quiso dejarle una vez más el mérito de la elección.

MORIBUNDO
¿Para qué? Si ya sabía el rumbo que el hombre tomaría, ¿por qué no lo indujo a seguir el buen camino, puesto que sólo dependía de él? ¿No dices acaso, que es todopoderoso?

SACERDOTE
¿Quién puede comprender los designios inmensos e infinitos de Dios sobre el hombre, y quién puede comprender todo lo que vemos?

MORIBUNDO
Aquél que simplifica las cosas, amigo, sobre todo aquél que no multiplica las causas para no oscurecer aún más los efectos. ¿Qué necesidad tienes de una segunda dificultad cuando no puedes comprender la primera? Y ya que es posible que la naturaleza por sí sola haya hecho lo que atribuyes a tu dios, ¿por qué quieres adjudicarle un amo? La causa de lo que no comprendes es, quizás, la cosa más simple del mundo. Perfecciona tu física y comprenderás mejor la naturaleza; depura tu razón, desecha tus prejuicios, y ya no tendrás necesidad de tu dios.

SACERDOTE
¡Desdichado!, confiaba en que sólo fueras sociniano. Tenía armas para combatirte, pero bien veo que eres ateo; y ya que tu corazón rechaza la inmensidad de las pruebas auténticas que cada día recibimos de la existencia del creador, no tengo nada más que decirte. No se devuelve la luz a un ciego.

MORIBUNDO
Amigo mío, convengamos en un hecho: que el más ciego de los dos debe ser, sin duda, el que se pone una venda antes que el que se la arranca. Tú edificas, tú inventas, tú multiplicas; yo destruyo, simplifico. Tú acumulas error sobre error, yo los combato a todos. ¿Quién de nosotros es el ciego?

SACERDOTE
Entonces, ¿no tienes la más mínima creencia en Dios?

MORIBUNDO
No. Y ello por una razón bien simple; que es perfectamente imposible creer lo que no se comprende. Entre la comprensión y la fe deben existir vínculos estrechos, la comprensión es el primer alimento de la fe; donde no hay comprensión, la fe está muerta. Y los que en ese caso pretendieran poseerla, se engañan. No te creo capaz de creer en el dios que predicas, porque no sabrías demostrármelo, porque no está en ti definírmelo, y en consecuencia no lo comprendes. Y como no lo comprendes no puedes proporcionarme ningún argumento razonable en su favor.

En una palabra, todo lo que está por encima de los límites del espíritu humano es o quimera o inutilidad; y no pudiendo ser tu dios sino una u otra de estas cosas, en el primero de los casos sería yo un loco de creer en él, un imbécil en el segundo. Amigo mío, pruébame la inercia de la materia y te concederé la existencia del creador, pruébame que la naturaleza no se basta a sí misma y te permitiré otorgarle un señor; hasta entonces no esperes nada de mí, no me rindo más que a la evidencia y a ésta la recibo únicamente de mis sentidos. Donde ellos se detienen mi fe queda sin fuerza. Creo en el sol porque lo veo, lo concibo como el centro de reunión de toda materia inflamable de la naturaleza; presencio su marcha periódica sin sorprenderme. Es un hecho físico acaso tan simple como la electricidad pero que nos está vedado comprender.

¿Qué necesidad tengo de ir más lejos? ¿Habré adelantado algo con que tú construyas tu dios por encima de todo aquello? ¿Y no precisaré entonces del mismo esfuerzo para comprender al obrero que para definir la obra? En consecuencia, no me has prestado ningún servicio con la edificación de tu quimera, has turbado mi espíritu, pero no me has aclarado nada, y en lugar de reconocimiento sólo te debo rencor. Tu dios es una máquina que has fabricado para servir a tus pasiones, y la haces funcionar a voluntad. Pero desde el momento en que esa máquina perturba mis pasiones debes encontrar normal que la haya tumbado.

Y justamente en el momento en que mi alma débil tiene necesidad de calma y de filosofía, no vengas a espantarla con tus sofismas, que la asustarían sin convencerla y la irritarían sin mejorarla. Amigo mío, mi alma es lo que ha querido la naturaleza que sea, es decir, el producto de órganos que ella se ha complacido en brindarme, conforme a sus designios y necesidades; y como tiene idéntica necesidad de vicios y de virtudes, cuando ha deseado llevarme hacia los primeros, lo ha hecho, cuando ha querido las segundas, me ha inspirado los deseos consiguientes, y me he entregado a ellas sin reparos. En esas leyes de la naturaleza que responden sólo a sus deseos y a sus necesidades debes buscar la causa única de la inconsecuencia humana.

SACERDOTE
De modo que todo es necesario en el mundo.

MORIBUNDO
Indudablemente.

SACERDOTE
Pero si todo es necesario, entonces todo está determinado.

MORIBUNDO
¿Quién te dice lo contrario?

SACERDOTE
¿Y quién puede regular todo lo que existe, sino una mano que todo lo puede y que todo lo sabe?

MORIBUNDO
¿No es acaso necesario que la pólvora se inflame cuando se le acerca fuego?

SACERDOTE
Sí.

MORIBUNDO
¿Y qué sabiduría encuentras en eso?

SACERDOTE
Ninguna.

MORIBUNDO
Entonces es posible que haya cosas necesarias sin sabiduría, y posible, en consecuencia, que todo derive de una causa originaria, sin que haya ni razón ni sabiduría en esta causa primera.

SACERDOTE
¿Adónde quieres llegar?

MORIBUNDO
A probarte que todo lo que es y lo que ves puede existir, sin que ninguna mano sabia y razonable lo conduzca. Efectos naturales deben tener causas naturales sin que haya necesidad de atribuirles orígenes antinaturales, tal como sería tu dios, quien, insisto, debería ser explicado sin proporcionar a su vez explicación alguna. En consecuencia, desde el momento en que tu dios no sirve para nada, es perfectamente inútil. Se supone que lo inútil es nulo y que todo lo que es nulo es nada. De modo que para convencerme de que tu dios es una quimera no necesito otro razonamiento que aquél que me proporciona la certeza de su inutilidad.

SACERDOTE
Conforme a esto, me parece superfluo hablarte de religión.

MORIBUNDO
¿Por qué no? Nada me divierte tanto como el exceso a que los hombres han podido llegar en materia de religión; el fanatismo y la imbecilidad son extravíos tan prodigiosos que su espectáculo, desde mi punto de vista, pese a ser horroroso es siempre interesante. Responde ahora con franqueza y sobre todo desecha tu egoísmo. Si fuera yo lo suficientemente débil como para dejarme sorprender por tus ridículos sistemas sobre la existencia fabulosa del ser que hace necesaria la religión, ¿bajo qué forma me aconsejarías que le rindiera culto? ¿Preferirías que adoptase los ensueños de Confucio antes que las extravagancias de Brahma? ¿Debo adorar la gran serpiente de los negros, el astro de los peruvianos o el dios de los ejércitos de Moisés? ¿A cuál de las sectas de Mahoma quisieras que me convirtiese? ¿O cuál de las herejías cristianas sería preferible para ti? Ten cuidado con tu respuesta.

SACERDOTE
¿Puede haber duda sobre cuál será?

MORIBUNDO
Lo que quiere decir que es egoísta.

SACERDOTE
Aconsejarte lo que creo equivale a amarte como a mí mismo.

MORIBUNDO
No; hacer caso a semejantes errores equivale a amarnos bien poco los dos.

SACERDOTE
¿Pero quién puede ser tan ciego ante los milagros de nuestro divino redentor?

MORIBUNDO
Aquél que no lo ve sino como el más ordinario de los bribones y el más vulgar de los impostores.

SACERDOTE
¡Oh dioses, lo escucháis y no tronáis!

MORIBUNDO
No, amigo mío, todo está en paz, porque tu dios — sea impotencia, sea razón, sea en fin lo que tú quieras, en un ser que admito sólo un instante, nada más que por condescendencia hacia ti, o si te place, para prestarme a tus pequeños designios— si existe, como tu locura lo pretende, no puede haber usado para convencernos medios tan ridículos como los que tu Jesús supone.

SACERDOTE
¿Cómo; acaso no son pruebas las profecías, los milagros, los mártires?

MORIBUNDO
¿Cómo puedes pretender razonablemente que acepte como prueba algo que no ha sido probado? Para que la profecía se convierta en prueba sería preciso que, antes, yo tuviera la completa certeza de que ha sido hecha; pero, he aquí que al estar consignada en la historia, no puede tener para mí más fuerza que la que tienen los demás hechos históricos, extremadamente dudosos en sus tres cuartas partes. Si a esto agregamos la más que verosímil sospecha de que nos son transmitidos por historiadores interesados, tendré, como ves, todo el derecho de dudar. ¿Quién me asegura, por otra parte, que esta profecía no ha sido hecha a posteriori; que no es sino el resultado de una muy simple política, como la que ve un reino feliz bajo el dominio de un rey justo o la helada en el invierno?

Con todo esto, ¿cómo quieres que la profecía, tan necesitada de prueba, pueda convertirse ella misma en prueba? En cuanto a tus milagros, ya no me engañan. Todos los pícaros los han hecho y todos los tontos han creído en ellos. Para persuadirme de la autenticidad de un milagro tendría que estar seguro de que el suceso así denominado fuese absolutamente contrario a las leyes de la naturaleza, pues sólo lo que le es extraño puede pasar por milagro. ¿Pero quién la conoce lo suficiente para atreverse a afirmar categóricamente cuál es el punto donde ella se detiene y cuál aquél otro en que ella es violada? No se necesitan más que dos cosas para acreditar un pretendido milagro: un volatinero y unas mujercitas; vamos, no pretendas encontrar otro origen a los tuyos, todos los sectarios novatos los han hecho y, lo que es más singular, todos han encontrado imbéciles que les han creído.

Tu Jesús no ha sido más original que Apolonio de Tiana, y sin embargo a nadie se le ocurre tomar a éste por un dios. Por otra parte, tu argumento más débil es, sin duda, el que se refiere a tus mártires; no es preciso más que entusiasmo y resistencia para serlo. En tanto que la causa opuesta me ofrezca tantos mártires como la tuya, no estaré jamás suficientemente autorizado para suponer a una mejor que la otra. Me siento en cambio muy inclinado a suponer a las dos dignas de lástima.

Ah, amigo mío, si el dios que predicas existiera realmente, ¿tendría necesidad de milagros, de mártires y de profecías para establecer su imperio? Y si, como dices, el corazón del hombre fuese su obra, ¿no sería ese el lugar que habría elegido como santuario para su ley? Esta ley justa, puesto que emanaría de un dios justo, se encontraría grabada de modo irresistible dentro de todos, y de un extremo al otro del mundo todos los hombres, igualándose por este órgano delicado y sensible, rendirían igual homenaje al dios de quien lo hubieran recibido; todos tendrían una sola manera de amarlo, una manera de adorarlo o de servirlo y se les haría tan imposible ignorar a este dios como resistirse a la íntima inclinación que sentirían por su culto.

¿Qué veo en el mundo en lugar de esto? Tantos dioses como países, tantas maneras de servir a esos dioses como diferentes mentes o diferentes imaginaciones; ¿y esta diversidad de opiniones en la que estoy prácticamente imposibilitado de elegir, sería para ti la obra de un dios justo? Vamos, predicante, ofendes a tu dios presentándomelo de esta suerte; déjame negarlo del todo, pues si existe, lo ofendo mucho menos yo con mí incredulidad que tú con tus blasfemias. Retorna a la razón, predicante, tu Jesús no vale más que Mahoma. Mahoma no más que Moisés, y los tres no más que Confucio, que en cambio dictó algunos buenos principios mientras los otros tres desvariaban; pero en general, todos estos personajes no son más que impostores, de los que el filósofo se ha mofado, en los que el populacho ha creído y que la justicia hubiera debido ahorcar.

SACERDOTE
Ay, esa justicia ha sido implacable sólo con uno de los cuatro.

MORIBUNDO
Con el que más lo merecía. Era sedicioso, turbulento, calumniador, pícaro, libertino, un farsante grosero y un malvado peligroso; poseía el arte de arrastrar al pueblo y se hacía en consecuencia digno de castigo en una situación como la que se encontraba Jerusalén entonces. Se demostró gran juicio al deshacerse de él, y es tal vez el único caso en que mis principios, extremadamente moderados y tolerantes por cierto, pueden admitir la severidad de Témis. Disculpo todos los errores, excepto aquellos que pueden tornarse peligrosos para el orden en que se vive; los reyes y sus majestades son las únicas cosas que se me imponen, las únicas que respeto. Quién no ama a su país y a su rey no es digno de vivir.

SACERDOTE
Pero, a pesar de todo, tienes que admitir alguna cosa después de esta vida; es imposible que tu espíritu no haya intentado alguna vez atravesar las tinieblas del destino que nos aguarda. ¿Y qué sistema puede haberlo satisfecho mejor que aquél que reserva una multitud de penas para el que vive en el mal y una recompensa eterna para el que vive en el bien?

MORIBUNDO
¿Cuál sistema? Pues el de la nada, amigo mío. Jamás me ha asustado, y no veo nada más consolador y simple. Todos los otros son obra del orgullo, éste solo lo es de la razón. De todas maneras, esa nada no es espantosa ni absoluta. ¿No tengo acaso bajo mis ojos el ejemplo de las perpetuas generaciones y regeneraciones de la naturaleza? Nada perece, amigo mío, nada se destruye en el mundo; hoy hombre, mañana gusano, pasado mañana mosca; ¿no es esto existir siempre? ¿Y por qué quieres que se me recompense por virtudes de las cuales no he hecho mérito, o castigado por crímenes que no he podido evitar? ¿Puedes conciliar la bondad de tu pretendido dios con este sistema; puede él haber querido crearme solamente para darse el gusto de castigarme, y ello únicamente a causa de una elección en la que no me deja alternativa?

SACERDOTE
Tienes alternativa.

MORIBUNDO
Sí, según tus prejuicios; pero la razón los destruye. El sistema de la libertad del hombre sólo fue inventado para sostener aquél otro de la gracia, que era tan favorable a vuestras ilusiones. ¿Dime qué hombre en el mundo, viendo frente a sí la imagen del cadalso, cometería un crimen si fuera libre de no hacerlo? Nos arrastra una fuerza irresistible y no somos ni por un instante dueños de decidirnos por otra cosa que aquella hacía la que nos sentimos inclinados. No hay virtud que no sea necesaria a la naturaleza y, análogamente, ni un sólo crimen del que ella no tenga necesidad. Justamente, en el perfecto equilibrio que mantiene entre unos y otros reside toda su ciencia. ¿Podemos, pues, ser culpables del camino al que nos arroja? No más que la avispa que clava su aguijón en tu piel.

SACERDOTE
¿De modo entonces, que el más grande de los crímenes no debe inspirarnos ningún horror?

MORIBUNDO
No es eso lo que digo; basta que la ley lo condene y que la espada de la justicia lo castigue para que deba inspirarnos aversión o terror. Pero cuando por desgracia ha sido cometido, es preciso afrontar los hechos y no entregarse a remordimientos estériles, que son totalmente inútiles pues no han podido preservarnos de él; y nulos, pues nada reparan. Es absurdo entonces librarse a ellos, pero más absurdo aún temer ser castigados en el otro mundo si hemos tenido la suerte de eludir el castigo
en éste.

Claro está que no quiero con esto incitar al crimen; es menester sin duda evitarlo tanto como sea posible, pero hay que saber huir de él por medio de la razón, y no por falsos temores que no conducen a nada y cuyos efectos son prontamente destruidos en un alma un poco firme. La razón, sí, amigo mío, solamente la razón debe advertirnos que dañar a nuestros semejantes nunca puede hacernos dichosos; y nuestro corazón indicarnos que contribuir a la felicidad ajena es el más grande goce que la naturaleza nos haya acordado sobre la tierra.

Toda la moral humana está contenida en esta sola frase: hacer tan felices a los demás como uno mismo desearía serlo y nunca causarles más daño del que uno mismo quisiera recibir.

He aquí, amigo mío, he aquí los únicos principios que debemos seguir, y no hay necesidad ni de religión ni de dios para apreciarlos y admitirlos, sólo hace falta un buen corazón. Pero siento que desfallezco; predicante, abandona tus prejuicios, sé hombre, sé humano, sin temor y sin esperanza; deja de lado tus dioses y tus religiones; todo eso no sirve más que para poner el hierro en la mano de los hombres y la sola mención de todos esos horrores ha hecho verter más sangre sobre la tierra, que todas las otras guerras y flagelos juntos. Renuncia a la idea de otro mundo, no lo hay, pero no renuncies al placer de ser feliz en éste y de hacer feliz a los demás.

Es la única posibilidad que la naturaleza te ofrece de duplicar tu existencia o de extenderla. Amigo mío, la voluptuosidad fue siempre el más querido de mis bienes, la he glorificado toda mi vida y he querido acabar en sus brazos. Mi fin se aproxima; seis mujeres más bellas que el día están en el gabinete vecino: las reservaba para este momento; toma tu parte, procura olvidar sobre sus senos, siguiendo mí ejemplo, todos los vanos sofismas de la superstición y todos los imbéciles errores de la hipocresía.

NOTA
El moribundo llama, las mujeres entran y el predicante se vuelve en sus brazos un hombre corrompido por la naturaleza, por no haber sabido explicar lo que era la naturaleza corrupta.

martes, enero 31, 2006

El Conjuro


Es increíble lo que sale de un sueño....

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«Siete negros conjuros hay: tres para los encantamientos o ensalmos ordinarios, y el mismo número para la impía aniquilación de todo enemigo. Pero del séptimo prevengo al curioso en todas estas consideraciones: no se recitará el séptimo conjuro a menos que se desee la aparición del más espantoso de los Demonios.

Aunque dicen que ese Demonio no aparece a menos que las palabras sean recitadas junto al Altar Sangriento de los Antiguos, no está de más precaverse. Pues sabido es que el mago sarraceno Mal Lazal recitó por capricho las palabras calamitosas y vino el Demonio y, no encontrando una ofrenda sangrienta, descargó su ira sobre el brujo y lo destrozó atrozmente. La sangre viva de un niño o de una doncella casta es la mejor, pero dicen que basta con una bestia: un buen buey o una oveja. Pero cuidaos de que la bestia no esté muerta cuando derraméis la sangre, pues entonces la furia del Demonio será terrible. Si la ofrenda es buena, el Demonio concederá un Poder Impío, de modo que el esclavo se hará rico y destacará sobre todos sus vecinos.»

Por tercera vez, y con creciente emoción, Damián leyó las desvaídas palabras. Estaban contenidas en un libro manuscrito, desvencijado, curioso y probablemente único, que había descubierto por pura casualidad unos días antes mientras curioseaba entre los polvorientos cajones de embalaje que guardaban la biblioteca de su difunto tío. El titulo del libro era simplemente Magia verdadera y el autor usaba la firma «Anubius». Era muy posible que el nombre fuese un seudónimo; desde luego, a juzgar por el contenido, el temerario autor debió tener razones para mantener secreta su identidad verdadera.

El libro era una auténtica enciclopedia de ciencia demoníaca. En todo lo que decía se manifestaba una erudición genuina que abarcaba una enorme variedad de temas esotéricos y prohibidos. Había discusiones detalladas sobre encantamientos y posesiones; párrafos sobre el vampirismo y las leyendas necrófagas; páginas
dedicadas a la demonología, al culto de las brujas, a los ídolos subterráneos; notas sobre los ritos del holocausto, deshonras innombrables y terroríficos sacrificios de luna llena a los poderes de la prístina oscuridad.

Evidentemente, el escritor había sido un nigromante notable. El estilo era en general arbitrario y confiado, con muestras de egoísmo y no poca arrogancia. No había la más mínima nota de humor. Anubius –o quien fuese el que escondía su verdadera identidad bajo ese nombre-- escribió con absoluta seriedad. De eso no cabía duda.

Para Damián, el personaje menos querido del pueblo, el amargo y misantrópico hijo de un padre infame y una madre que murió loca, el libro era como un tesoro inesperado, un almacén secreto de conocimientos y poder que le permitirían competir con sus más afortunados vecinos. Siempre había sido un marginado, no encajaba en la comunidad, era el blanco de críticas y maliciosos cotilleos. Siempre se había sentido más o menos aliado a las leyes y a los agentes de lo no humano. Su tío, el único pariente del que tenía algún recuerdo, había sido un viejo agrio, de corazón negro y obsesivo, que lo toleraba sólo porque le hacía los trabajos de la casa. Nunca dudó de que su tío lo habría repudiado sin contemplaciones de no haberle sido útil como sirviente. Los lazos de sangre no significaban nada para el viejo. De hecho, de no haber sido por su repentina y algo misteriosa muerte, el canalla probablemente se las hubiese arreglado para que el sobrino sólo heredase negras memorias. Pero como no se había hallado ningún testamento, Damián había tomado posesión de la laberíntica granja de su tío y los escasos enseres que contenía.


Pero mientras examinaba con ansia la caligrafía curiosa y desvaída del nigromante Anubius, el chico comenzó a creer que el manuscrito era con mucho el artículo más valioso que le había dejado, involuntariamente, su maligno pariente. Además, una serie de cuestiones que en el pasado le habían intrigado se volvieron menos desconcertantes. A menudo había deseado saber qué había detrás del extraño comportamiento de su tío: las largas ausencias, especialmente de noche, los murmullos que provenían con frecuencia de su habitación, la inexplicable fuente de sus ingresos.

Con una creciente sensación de incertidumbre y expectación, abrió la página en la que estaba apuntado el séptimo conjuro. Estaba escrito en una extraña tinta azul-grisácea que parecía ligeramente fosforescente. No se atrevió a leer las palabras; sólo las miró por encima, determinando que eran lo que parecía meramente una mezcolanza de sonidos vocales sin sentido, entre los que a menudo aparecía el nombre «Nyogtha». Sonriendo maliciosamente para sí, volvió las páginas y releyó el párrafo que servía de introducción y explicación de los conjuros.

¡Bien sabía en qué pensaba Anubius cuando se refería al «Altar Sangriento de los Antiguos»! Él, Damián, había visto un altar así. Aunque eso había sido muchos años antes, cuando el pantano no era tan intransitable como ahora, no dudaba que podría localizar el crómlech de los abominables sacrificios. ¡Con qué nitidez recordaba cómo había seguido penosamente el desdibujado sendero alzado que serpeaba por el pantano!

De repente un montículo, inesperado, oscuro incluso a la luz del sol de mediodía; el círculo de enormes monolitos; el túmulo en el centro, coronado por una losa grande y gruesa, manchada de un rojo herrumbroso, ¡una indecible mancha infernal que ni siquiera siglos de lluvia y viento habían podido borrar! Nunca había hablado de su descubrimiento con nadie. El pantano era un lugar prohibido, supuestamente por rumores de arenas movedizas y serpientes venenosas. Pero en más de una ocasión había visto a los viejos del pueblo santiguarse cuando se mencionaba esa zona. Y decían que hasta los perros de caza abandonaban la persecución de los animales que se escapaban en sus espesuras.

Anticipándose al poder que finalmente sería suyo, Damián comenzó a hacer planes. No cometería el error del mago sarraceno, Mal Lazal. Aunque no se atrevía a tomar las medidas necesarias para conseguir un sacrificio humano, «un niño o una doncella casta», sería bastante fácil obtener una oveja. De noche podría robarla de uno de los varios rebaños del pueblo. Conocía todos los bosques y caminos, y se pondría a salvo con su presa mucho antes de que la pérdida fuese descubierta.

La noche antes de la luna llena, entró en un campo cercano en el que pastaban ovejas y llevo a una bien gorda; la empujó y la arrastró por encima de un muro de piedra y luego la llevó a casa por caminos en desuso, siguiendo un itinerario indirecto.
Al día siguiente hizo una visita furtiva a los alrededores del pantano prohibido, y exploró la maloliente maleza hasta que dio con el principio del borroso sendero por el que había pasado años antes.

Aunque estaba parcialmente obstruido por apretados enredaderas y por hierbas de pantano, había señales de que los ciervos lo utilizaban de vez en cuando. Probablemente haría falta paciencia para abrirse camino. Tomó buena nota de donde estaba, volvió a casa y completó los preparativos para la noche. Poco antes de las once entró sigilosamente en el cobertizo en el que había atado a la oveja y la sacó a la luz de la luna.

El campo estaba bañado de una luz argentina y embrujadora. No tuvo problemas para llegar al pantano y tras buscar un poco encontró el estrecho sendero. Pero cuando quiso meterse en la maleza, que le llegaba por el hombro, sintió un tirón en la cuerda que sujetaba a la oveja. De repente el animal se resistía con ojos locos de miedo. Maldijo a la bestia, se volvió y le propinó unas patadas. Inexorable en su decisión, apretó la cuerda hasta que arrancó la lana y la piel de la oveja. Avanzó con gran dificultad. Tuvo que arrastrar y empujar a la oveja numerosas veces. Y según penetraban hacia el corazón del pantano, la altura y el espesor crecientes de la exuberante maleza hacían más difícil el paso.

La luz de la luna se filtraba misteriosamente entre los árboles y, en las sombras circundantes, las traicioneras charcas tenían un brillo negro y plateado. En ocasiones, ocultos observadores lo miraban desde las profundidades y, bastante a menudo, sapos enormes saltaban al sendero y le contemplaban con sus ambarinos ojos. Parecían no tener miedo alguno, casi como si se consideraran propietarios del pantano y le juzgasen incapaz de causarles daño.

Damián empezó a imaginar que tenían una cualidad vagamente maligna. Nunca los había visto tan grandes, ni tan numerosos. Pero eso era probablemente porque nadie los molestaba en el pantano y así se criaban y se desarrollaban sin los obstáculos artificiales que inevitablemente prevalecerán en una zona menos apartada. A medida que avanzaba hacia el corazón del pantano, el silencio se volvía más intenso y opresivo. Los sonidos normales de la noche cesaron del todo y solamente sus jadeos rompían el silencio. La oveja se obstinaba más que nunca; necesitó todas sus fuerzas para arrastrarla. Parecía adivinar el destino que la esperaba.

De repente, casi suelta un grito de asombro, la maleza acabó y se encontró al pie del impío montículo. Era justo como lo recordaba: enormes menhires formando un tosco círculo alrededor de un túmulo central sobre el cual había una losa grande y gruesa de un color oscuro que no era el de los monolitos circundantes. Parecía caer una sombra sobre el conjunto, pero cuando alzó la mirada vio que la luna llena estaba directamente encima.

Sacudiéndose la sensación de terror que le envolvía, comenzó a subir la cuesta cubierta de liquen. Pero ahora la oveja hincó las patas delanteras y tuvo que arrastrarla centímetro a centímetro hacia el círculo de mégalitos. Sin embargo, aceptó el esfuerzo con alivio, pues le distraía del temor sin nombre que le producía el crómlech.

Estaba casi exhausto cuando acabó de arrastrar a la oveja hasta el círculo de rocas, pero no se atrevía a descansar, pues sabía que la demora significaría su perdición. Ya sentía un deseo loco de dejar la oveja y volver corriendo por el pantano plagado de sapos al familiar mundo exterior. Rápidamente quitó la cuerda del cuello de la oveja, le ató las patas y con un tremendo esfuerzo la levantó hasta la losa de sacrificio cubierta de óxido.

Repeliendo un impulso de escapar casi incontrolable, desenvainó el cuchillo de caza que había traído y sacó del bolsillo el curioso libro manuscrito, Magia verdadera por Anubius. No tuvo problemas para encontrar el extrañamente siniestro séptimo conjuro, pues, a la luz de la brillante luna, la inusual tinta azul-grisácea en la que estaban escritas las letras parecía verdaderamente luminosa. Con el libro en una mano y el cuchillo preparado en la otra, comenzó a repetir la mezcolanza de sonidos ininteligibles.

Al leer las silabas, éstas parecían ejercer un influjo sobrenatural, de modo que su voz se alzó en un aullido salvaje, un alarido agudo, inhumano, que penetró en las partes más profundas del pantano. A intervalos, su voz produjo sordos sonidos guturales o silbidos de serpiente. Y entonces, al pronunciar por última vez la muy repetida palabra «Nyogtha», llegó a sus oídos, como desde una distancia inmensa, un sonido corno el avance de un viento potente, aunque no se movió ni una hoja de los árboles cercanos.

De repente el libro se volvió oscuro en su mano y vio que había caído una sombra sobre la página. Alzó los ojos y la locura aturdió su cerebro. Encaramada en el borde de la losa había una forma que vivía en la pesadilla, una cosa escamosa, con garras, como una gárgola monstruosa o un sapo deforme, que le miraba con penetrantes ojos rojos. Damián quedó helado de terror; una furia repentina llameó en los ojos de la cosa. Extendió el cuello y emitió un silbido de ira por su pico moteado.

Damián entró en acción. Sabía lo que quería esa cosa: sangre viva. Alzó el cuchillo, avanzó, y estaba a punto de clavarlo en la oveja cuando lo sobrecogió un nuevo terror. La oveja ya estaba muerta. La presencia atroz que se agazapaba a su lado ya la había reclamado. Había muerto de miedo. Sus ojos estaban vidriosos y no había ninguna señal de que respirase todavía.

Recordando la advertencia de Anubius, «cuidaos de que la bestia no esté muerta», Damián se quedó quieto como una estatua de piedra, con el cuchillo aún alzado en la mano. Entonces lo dejó caer y corrió. Lanzándose entre dos menhires, bajó el montículo corriendo hacia el sendero del pantano. Levantando el cuello escamoso, la presencia sobre la losa le siguió con la mirada y finalmente, silbando con furia, saltó de la piedra y se lanzó a la
caza.

Sonó un alarido terrible y poco después la cosa volvió a subir a la losa, sujetando en su pico sangriento una forma que colgaba sin vida, un sacrificio digno.